AVE DIOS Y LA SER­PIEN­TE ES­ME­RAL­DA.

Geo - - SUAZILANDIA -

ca­mi­na­tas noc­tur­nas por me­dio de la sel­va con guías na­tu­ra­lis­tas. El so­ni­do no pa­re­ce na­tu­ral. Es más bien me­tá­li­co, sin­té­ti­co. Así es co­mo sue­na el can­to del pá­ja­ro cam­pa­na, ave ca­si in­vi­si­ble –se deja ver en muy con­ta­das ve­ces– que ha­bi­ta la par­te más al­ta de los enor­mes ár­bo­les de la re­ser­va de Mon­te­ver­de. Mu­chos vie­nen aquí so­lo pa­ra po­der ob­ser­var­lo y oír­lo. Al lle­gar la no­che ce­san los tri­nos de las aves y los au­lli­dos de los monos, pe­ro co­mien­za el turno de los ha­bi­tan­tes noc­tur­nos. Ra­ni­tas y es­tá­ti­cas es­pe­ran­zas –unos be­llos in­sec­tos– ha­cen su apa­ri­ción en­tre be­llas e im­po­nen­tes ta­rán­tu­las o rep­ti­les es­cu­rri­di­zos, co­mo los anolis. Pe­ro de en­tre to­das esas es­pe­cies una im­po­ne su res­pe­to con so­lo mi­rar­la. Es pe­que­ña y delgada pe­ro su to­na­li­dad de ver­de es­me­ral­da fos­fo­res­cen­te avi­sa de su pe­li­gro­so mor­dis­co, mor­tal en al­gu­nos ca­sos. Es la en apa­rien­cia frá­gil lo­ra – Both­rie­chis la­te­ra­lis–, una de las serpientes más be­llas y pe­li­gro­sas que exis­ten, que de­tec­ta a sus po­si­bles pre­sas por las emi­sio­nes in­fra­rro­jas que emi­ten.

No muy le­jos, cuan­do las es­pe­cies noc­tur­nas se re­ti­ran a sus es­con­di­tes se­cre­tos y el sol se­ca la hu­me­dad de las ho­jas en la Re­ser­va del Bos­que Nu­bo­so, el mi­la­gro de la vi­da y la na­tu­ra­le­za con­ti­núa su ca­mino en es­pi­ral, co­mo ca­da día. El ave-dios vuel­ve a em­pren­der el vue­lo, a cor­te­jar a sus da­mas y a lan­zar al vien­to su me­lo­día, que pa­re­ce sil­ba­da ba­jo la ba­tu­ta de un ex­per­to di­rec­tor de or­ques­ta. Es, ya se lo ima­gi­nan, el quet­zal, que con su apa­ri­ción premia la te­na­ci­dad y pa­cien­cia de aque­llos que lo es­pe­ran en si­len­cio pa­ra po­der ve­ne­rar­la co­mo me­re­ce.

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