FAS­CI­NAN­TE, ES­PAN­TO­SO Y GE­NIAL

"La pre­gun­ta es: ¿por qué Mar­co mien­te de for­ma mons­truo­sa so­bre el cri­men más mons­truo­so de la his­to­ria? Y ¿qué tie­ne que ver ese hom­bre con­mi­go?"

Geo - - GEOENTREVISTA - Ju­lián Due­ñas

nor­mal: to­dos te­ne­mos al­go de él. Es de­cir, Mar­co es como so­mos to­dos, so­lo que él lo es de for­ma mons­truo­sa­men­te hi­per­bó­li­ca. Así fun­cio­na siem­pre la li­te­ra­tu­ra, como una hi­pér­bo­le, como una exa­ge­ra­ción de lo que so­mos. Mar­co es una hi­pér­bo­le de la im­pos­tu­ra. To­dos te­ne­mos al­go de él, y es me­jor sa­ber­lo.

¿Quién es, quién fue En­ric Mar­co?

–Mu­chas co­sas, como cual­quie­ra. Pe­ro so­bre to­do es el Ma­ra­do­na o el Pi­cas­so de la im­pos­tu­ra.

¿Ha­blar de Mar­co es ha­blar de la men­ti­ra?

–Es ha­blar de la men­ti­ra pe­ro tam­bién de la ver­dad, de la im­pos­tu­ra pe­ro tam­bién de la au­ten­ti­ci­dad, de la co­bar­día pe­ro tam­bién del co­ra­je, del pa­sa­do pe­ro tam­bién del pre­sen­te. Y así has­ta el in­fi­ni­to. O ca­si. Es lo que in­ten­to ha­cer en El im­pos­tor.

¿Y de la en­fer­me­dad?

–De eso no mu­cho, pre­ci­sa­men­te. Mar­co, si se re­fie­re a eso, no es un lo­co, o no lo es más que us­ted y que yo. Su úni­ca en­fer­me­dad es el nar­ci­sis­mo, que no es, como la gen­te cree, el amor exa­ge­ra­do a uno mis­mo, sino el des­pre­cio a uno mis­mo. Por eso Mar­co se in­ven­tó una vida: pa­ra es­con­der su vida real. Es al­go que, en ma­yor o me­nor me­di­da, ha­ce mu­cha gen­te. Ca­si le di­ría que, en pe­que­ñas do­sis, lo ha­ce­mos ca­si to­dos.

¿Por qué es­cri­bió es­te li­bro en pri­me­ra per­so­na?

–Por­que yo soy tan pro­ta­go­nis­ta del li­bro como lo es Mar­co y por­que creo que es la me­jor for­ma de es­cri­bir­lo.

¿Por qué cree que Mar­co no so­lo le ata­ñe a us­ted sino a to­da la so­cie­dad?

–Por­que to­dos te­ne­mos un po­qui­to de Mar­co y por­que él es un es­pe­jo en el que to­dos nos re­fle­ja­mos. En par­ti­cu­lar, los españoles: una de las co­sas ex­tra­or­di­na­rias de Mar­co es que su his­to­ria fic­ti­cia es mu­cho me­nos in­tere­san­te que su ver­da­de­ra his­to­ria, por­que su his­to­ria ver­da­de­ra es la his­to­ria de nues­tro país a lo lar­go del úl­ti­mo si­glo.

¿Qué pre­gun­tas quie­re for­mu­lar

–La pre­gun­ta que me hi­ce en cuan­to es­ta­lló el ca­so Mar­co y que es el de­to­nan­te del li­bro es do­ble y sen­ci­lla: ¿por qué un hom­bre mien­te de ma­ne­ra mons­truo­sa so­bre el cri­men más mons­truo­so de la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad? Y ¿qué tie­ne que ver ese hom­bre con­mi­go? De esas dos pre­gun­tas pen­de una cas­ca­da de pre­gun­tas.

¿De ver­dad pien­sa que la reali­dad ma­ta?

–Sí, por­que no nos bas­ta con ella. Por­que es abu­rri­da y me­dio­cre y no nos sa­tis­fa­ce. Por­que que­re­mos vi­vir una reali­dad dis­tin­ta de la que nos ha to­ca­do en suer­te. Por mil ra­zo­nes más.

¿Es hoy la me­mo­ria una ame­na­za pa­ra la his­to­ria?

–En ab­so­lu­to. La me­mo­ria es in­dis­pen­sa­ble pa­ra to­do; es­ta­mos he­chos de me­mo­ria. Y ade­más la me­mo­ria es fun­da­men­tal pa­ra la cons­truc­ción de la his­to­ria. Pe­ro no de­be sus­ti­tuir a la his­to­ria, ni es­ta a la me­mo­ria. Una y otra se com­ple­men­tan.

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