¿Pro­fun­da­men­te equi­vo­ca­do?

El pio­ne­ro del sub­ma­ri­nis­mo Jac­ques Pic­card y el pez im­po­si­ble

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En 1960, Jac­ques Pic­card se su­mer­gió en las aguas del océano Pa­cí­fi­co con su batiscafo Tries­te has­ta el fon­do de la fo­sa de las Ma­ria­nas, a 11.000 me­tros, una pro­fun­di­dad nun­ca an­tes al­can­za­da por el ser hu­mano. Y allí ocu­rrió al­go in­creí­ble: Pic­card des­cu­brió un pez: “Pa­re­cía una sue­la de za­pa­to“, es­cri­bió más tar­de. Pe­ro es­ta ob­ser­va­ción de Pic­card re­sul­ta aún más in­creí­ble aho­ra, cuan­do con­ta­mos con las fil­ma­cio­nes en esas aguas abi­sa­les de un ro­bot du­ran­te cien­tos de ho­ras. ¿Re­sul­ta­do? Ni un so­lo pez, al me­nos no por de­ba­jo de los 7.700 me­tros. El bió­lo­go ma­rino es­ta­dou­ni­den­se Paul Yan­cey po­dría ha­ber de­mos­tra­do que no es po­si­ble que exis­tan pe­ces más abajo de los 8.000 me­tros, ni si­quie­ra des­de un pun­to de vis­ta teó­ri­co. A par­tir de ese lí­mi­te las pro­teí­nas de las cé­lu­las de to­das las es­pe­cies co­no­ci­das se de­for­ma­rían por la in­men­sa pre­sión del agua. ¿La cau­sa? La tri­me­ti­la­mi­na N-óxi­do (TMAO), sus­tan­cia que es­ta­bi­li­za las pro­teí­nas en el or­ga­nis­mo de los pe­ces. Yan­cey ana­li­zó las cé­lu­las de un pez ba­bo­so ( Li­pa­ri­dae), va­rie­dad que tie­ne una can­ti­dad muy al­ta de TMAO en su or­ga­nis­mo. Su con­cen­tra­ción so­lo bas­ta­ba pa­ra estabilizar las pro­teí­nas has­ta un lí­mi­te má­xi­mo teó­ri­co de 8.200 me­tros. A par­tir de cier­ta con­cen­tra­ción ya no se pue­de ge­ne­rar más TMAO adi­cio­nal. Pe­ro que­da una pre­gun­ta sin res­pon­der: ¿qué vio Pic­card allí abajo?

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