TRO­TA­MUN­DOS A LA AN­TI­GUA USAN­ZA

"Per­so­na­jes co­mo Pa­trick Leigh Fer­mor o Fre­ya Stark me sir­ven de mo­de­lo a la ho­ra de via­jar. Su luz es­tá ahí, son fi­gu­ras a las que uno pue­de mi­rar"

Geo - - GEOENTREVISTA - Ju­lián Due­ñas

uno pue­de mi­rar. Hay otra, es­pe­cial­men­te pa­ra mi ge­ne­ra­ción e in­clu­so pa­ra otras más jó­ve­nes, que ha­cen de Ro­bert By­ron y su Via­je a Oxia­na una es­pe­cie de bi­blia. Ahí la mi­ra­da es dis­tin­ta, se di­cen co­sas po­co ama­bles de la po­bla­ción lo­cal... Es una vi­sión, di­ga­mos, co­lo­nial. Y eso a mí no me gus­ta, es ho­rri­ble. Sé que es di­fí­cil juz­gar, por­que son tiem­pos dis­tin­tos, pe­ro yo pre­fie­ro el res­pe­to, la tra­di­ción del mu­tuo in­ter­cam­bio.

Se le define co­mo un es­cri­tor de pai­sa­jes. ¿Cuál es su re­la­ción con él?

–Me afec­tan mu­cho los pai­sa­jes, el entorno fí­si­co es al­go que me en­can­ta. Ten­go una per­cep­ción muy ro­mán­ti­ca, muy cul­tu­ral del pai­sa­je, es­pe­cial­men­te en lu­ga­res co­mo Chi­na o Asia Cen- tral, don­de es muy cho­can­te, muy do­mi­nan­te, y afec­ta a la vi­da de la gen­te. Y sí, me con­di­cio­na a la ho­ra de es­cri­bir, pe­ro siem­pre en el sen­ti­do de apor­te de co­no­ci­mien­to.

¿Es po­si­ble en­ten­der un país so­lo via­jan­do allí?

–Sí, por su­pues­to que se pue­de. Si te com­por­tas co­mo de­bes, si eres ca­paz de in­ter­pre­tar las si­tua­cio­nes de ma­ne­ra co­rrec­ta. Cuan­do lle­gas por pri­me­ra vez a un país, tie­nes esa fres­cu­ra, re­ci­bes mu­chos in­puts, y aun­que pue­de que no con­si­gas cap­tar lo que per­ci­be al­guien que vi­ve allí, sí pue­des sen­tir y ex­pe­ri­men­tar. En cier­to mo­do se tra­ta de un co­no­ci­mien­to su­per­fi­cial, pe­ro el via­je ofre­ce dis­tin­tas for­mas de co­no­cer.

¿Ha si­do el via­je en su

A Jour­ney th­rough Chi­na,

ca­so una es­pe­cie de re­me­dio?

–El via­je es pa­ra mí una for­ma de ali­men­tar la cu­rio­si­dad. Mi úl­ti­mo li­bro fue es­cri­to des­pués de la muer­te de mi ma­dre, que era la úni­ca fa­mi­lia que me que­da­ba. En es­te ca­so, más que una cu­ra, fue un li­bro que abor­dé qui­zá co­mo un due­lo, co­mo una es­pe­cie de pe­re­gri­na­ción se­cu­lar.

¿A qué te­me al via­jar?

–En reali­dad, es un po­co sor­pren­den­te, pe­ro mi te­mor cuan­do via­jo pa­ra es­cri­bir un li­bro es no lle­gar a co­mu­ni­car­me con la gen­te del lu­gar.

¿Cúan­to tiem­po tar­da en es­cri­bir sus li­bros?

–Unos tres años co­mo me­dia. Es­te úl­ti­mo no, es­te fue al­go más cor­to. Mis via­jes sue­len co­men­zar un año des­pués de ini­ciar la in­ves­ti­ga­ción, que su­po­ne tam-

Behind the Wall: bién tra­tar de en­ten­der el len­gua­je de la zo­na –el ru­so en mi ca­so–. El via­je pue­de du­rar de tres a seis me­ses, en una oca­sión nue­ve, pe­ro no es lo ha­bi­tual. Y al me­nos un año pa­ra es­cri­bir­lo.

¿Se sien­te ma­yor en re­la­ción a las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes?

–Qui­zá no de for­ma ex­ce­si­va, pe­ro sí, me te­mo que sí. El mo­do en que es­cri­bo, el ma­te­rial so­bre el que lo ha­go, la can­ti­dad de his­to­rias que in­clu­yo, la ar­qui­tec­tu­ra del li­bro... creo que son me­nos im­por­tan­tes pa­ra las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes. Sus prio­ri­da­des son dis­tin­tas. No di­go que sean me­jo­res o peo­res, so­lo di­fe­ren­tes. Mi in­te­rés se di­ri­ge ha­cia la es­cri­tu­ra de via­jes clá­si­ca, la vie­ja es­cue­la, in­clu­so en los lu­ga­res a los que voy.

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