En un se­gun­do la luz po­dría dar 7,5 vuel­tas a la Tie­rra por la lí­nea del ecua­dor.

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Du­ran­te mu­cho tiem­po, los se­res hu­ma­nos pen­sa­ron que la velocidad de la luz era in­fi­ni­ta. Y nues­tras ex­pe­rien­cias co­ti­dia­nas pa­re­cen con­fir­mar­lo: cuan­do en­cien­des una lám­pa­ra, to­da la ha­bi­ta­ción se ilumina al ins­tan­te. Pe­ro ya en el si­glo XVII, al­gu­nos in­ves­ti­ga­do­res, co­mo el as­tró­no­mo da­nés Ole Rø­mer, re­co­no­cie­ron que la luz tie­ne una velocidad in­men­sa­men­te al­ta, pe­ro fi­ni­ta. Un he­cho que hoy en día se pue­de de­mos­trar fá­cil­men­te: va­lién­do­nos de los re­flec­to­res que los as­tro­nau­tas es­ta­dou­ni­den­ses co­lo­ca­ron en la Lu­na. Si se les apun­ta con un fuer­te lá­ser des­de la Tie­rra, el ra­yo tar­da cer­ca de 2,5 se­gun­dos en re­fle­jar­se y re­gre­sar al pun­to de ori­gen.

Los fí­si­cos han cal­cu­la­do con pre­ci­sión cuál es la velocidad de la luz: en el va­cío, un ra­yo se des­pla­za a 299.792,458 ki­ló­me­tros por se­gun­do. En un se­gun­do le da­ría tiem­po a vo­lar y dar 7,5 vuel­tas al­re­de­dor de la Tie­rra si­guien­do siem­pre la lí­nea del ecua­dor. No hay na­da más rá­pi­do en el uni­ver­so.

Es más, na­da pue­de ser más rá­pi­do. Al me­nos así lo afir­mó Albert Eins­tein en su fa­mo­sa teo­ría de la re­la­ti­vi­dad es­pe­cial. De sus fór­mu­las se de­ri­va que en la na­tu­ra­le­za de­be exis­tir siem­pre una velocidad má­xi­ma.

Es­to tie­ne que ver con la ma­sa de las co­sas: se­gún Eins­tein, ca­da ob­je­to tie­ne más ma­sa cuan­do se des­pla­za con gran ra­pi­dez. Sin em­bar­go, es­te fe­nó­meno se no­ta so­lo a ve­lo­ci­da­des inima­gi­na­ble­men­te al­tas: si fue­ra po­si­ble lan­zar al es­pa­cio una pe­lo­ta de te­nis de 55 gra­mos y ace­le­rar­la a 500 mi­llo­nes de ki­ló­me­tros por ho­ra, su ma­sa ya se­ría de 62 gra­mos. A 1.079 mi­llo­nes de ki­ló­me­tros por ho­ra –lo que co­rres­pon­de, apro­xi­ma­da­men­te, al 99,98% de la velocidad de la luz– ya ron­da­ría los 2,5 ki­los. Ca­da acer­ca­mien­to adi­cio­nal a la velocidad de la luz ha­ría que la ma­sa cre­cie­ra aún más ver­ti­gi­no­sa­men­te: al 99,9999999% se­rían 1,2 to­ne­la­das.

Si se qui­sie­ra au­men­tar la velocidad aún más, eso re­que­ri­ría una fuer­za enor­me. Pues pa­ra ace­le­rar una ma­sa gran­de se re­quie­re más em­pu­je que pa­ra ace­le­rar una ma­sa pe­que­ña. Y cuan­to más se ace­le­ra­ra la pe­lo­ta, más ma­sa ten­dría y más es­fuer­zo re­que­ri­ría la ace­le­ra­ción. Al final, cual­quier au­men­to adi­cio­nal de la velocidad ne­ce­si­ta­ría una can­ti­dad in­con­men­su­ra­ble de ener­gía, más de la que exis­te en to­do el cos­mos. Por eso hay un lí­mi­te pa­ra la velocidad que un cuer­po ma­te­rial pue­de al­can­zar.

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