EN 1943, LA CRE­CIEN­TE AFLUEN­CIA DE ES­PEC­TA­DO­RES

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SDel fon­do del es­ta­dio emer­ge una atro­na­dor so­ni­do de bo­ci­nas que se mez­cla con los pri­me­ros acor­des del Car­mi­na Bu­ra­na, la can­ta­ta com­pues­ta por Carl Off en 1935. El ner­vio­sis­mo re­co­rre la gra­da. Una cor­ti­na de hu­mo se ele­va ha­cia lo al­to del es­ta­dio Are­na Mé­xi­co mien­tras los fo­cos apun­tan al pa­si­llo cen­tral del ring. So­bre la lo­na des­fi­lan los gla­dia­do­res del si­glo XXI acom­pa­ña­dos por es­cul­tu­ra­les mu­je­res. Fren­te a ellos, el cuadrilátero y el es­ta­lli­do de­li­ran­te de mi­les de me­xi­ca­nos que ce­le­bran la apa­ri­ción de sus ído­los. El hé­roe y el vi­llano –el bien y el mal–, una lu­cha an­ces­tral que des­de tiem­pos in­me­mo­ria­les ri­ge el el mundo. Na­die como los az­te­cas co­no­cía el equi­li­brio del cos­mos. Aho­ra son sus des­cen­dien­tes los que ce­le­bran es­te éx­ta­sis ri­tual en el sa­gra­do de la lu­cha.

Ángel abre una pe­que­ña ca­ji­ta de plás­ti­co que lle­va­ba en su vie­ja mo­chi­la, ofre­ce su con­te­ni­do a los ve­ci­nos de la gra­da: pe­que­ños tro­zos de ca­mo­te poblano. Las bo­ta­nas, como lla­man a los ape­ri­ti­vos en Mé­xi­co, son muy bien re­ci­bi­das por dos ni­ños que es­tán sen­ta­dos so­bre las ro­di­llas de sus pro­ge­ni­to­res. Juan, el pa­dre de los pe­que­ños, les ex­pli­ca lo que ocu­rre en el cuadrilátero don­de hom­bres en­mas­ca­ra­dos co­mien­zan a dar sal­tos y pa­ta­das. Mien­tras los hé­roes se en­fren­tan allá aba­jo, la ma­dre de los her­ma­nos gri­ta fue­ra de sí, in­sul­tan­do a uno de los com­ba­tien­tes por ha­ber pa­tea­do a su ído­lo: “Pon­te a lu­char y dé­ja­te de ma­ma­das”, es­pe­ta enoja­da. Sus hi­jos se vuel­ven ha­cia ella y ríen com­par­tien­do su emo­ción.

Unos es­ca­lo­nes más aba­jo, en los lu­ga­res “pre­fe­ren­tes”, una mu­jer de unos 70 años no pa­ra de gri­tar a Dra­gón Rojo, uno de los lu­cha­do­res, que ha apa­re­ci­do en la es­ce­na. La se­ño­ra quie­re más ac­ción, le re­cla­ma que se mue­va, que gol­pee, quie­re ver san­gre. El lu­cha­dor la mi­ra, le gui­ña un ojo y co­mien­za una fre­né­ti­ca ca­rre­ra has­ta el fi­nal de las cuer­das, se apo­ya en ellas y se lan­za vo­lan­do so­bre el pe­cho de su con­trin­can­te al que de­rri­ba en el sue­lo. La mu­jer se le­van­ta de un sal­to, lan­za be­sos a su gla­dia­dor. És­te, apro­ve­chan­do la se­mi­in­cons­cien­cia de su con­trin­can­te, da una acro­bá­ti­ca vol­te­re­ta y se si­túa a los pies de la da­ma, re­ga­lán­do­le un lar­go y pro­fun­do be­so. El pú­bli­co aplau­de de­li­ran­te. La mu­jer le des­pi­de con lá­gri­mas en los ojos. Dra­gón Rojo re­gre­sa al círcu­lo ri­tual, el equi­li­brio vuel­ve al cuadrilátero. Es aho­ra su con­trin­can­te, lla­ma­do El Ca­ver­ní­co­la, el que se su­be a su es­pal­da, le muer­de, le es­tran­gu­la, le ha­ce san­grar. Los abu­cheos atro­nan en el es­ta­dio. El Ca­ver­ní­co­la son­ríe de for­ma obs­ce­na mien­tras mi­ra desafian­te a los es­pec­ta­do­res.

Los ni­ños de la gra­da su­pe­rior mi­ran asus­ta­dos a sus pa­dres. El pa­dre, pa­cien­te, les ex­pli­ca que es so­lo fic­ción, que aquí na­da es real. Otro es­pec­ta­dor que es­cu­cha a Juan le in­cre­pa enoja­do: “¿Qué es fic­ción? ¡La lu­cha li­bre es real!”, aña­de el hom­bre al que co­no­cen como Chen­te, se­ña­lan­do al cuadrilátero. Cual­quier gol­pe, to­das las caí­das. Si al­guien lo du­da le ex­ten­de­mos una in­vi­ta­ción a entrenar en al­gún gim­na­sio de la ciu­dad, pa­ra que com­prue­be la ‘fal­se­dad’ de un gol­pe en un cuadrilátero”, agre­ga. Y es que Chen­te es en­tre­na­dor. Fue lu­cha­dor y aho­ra es­tá re­ti­ra­do. Su ofi­cio es for­mar nue­vas pro­me­sas pa­ra el ring. “Es cier­to que las lu­chas se pac­tan, pe­ro ya os ase­gu­ro yo que la san­gre es san­gre y el do­lor es muy, muy real”, aña­de.

Hay es­tu­dios que da­tan el ini­cio de es­ta tra­di­ción, el ver­da­de­ro es­pec­tácu­lo de la cul­tu­ra po­pu­lar me­xi­ca­na, ha­ce 3.000 años, cuan­do los gue­rre­ros ol­me­cas em­plea­ban más­ca­ras en ce­re­mo­nias, ba­ta­llas y ritos fu­ne­ra­rios. Hoy en día nu­me­ro­sos lu­cha­do­res re­pre­sen­tan ani­ma­les y se­res mi­to­ló­gi­cos como Mr. Águi­la, Blue Pant­her. Se­res de la os­cu­ri­dad como Averno. Hé­roes de la luz como El Mís­ti­co o El San­to, unos de los más fa­mo­sos lu­cha­do­res de todos los tiem­pos. Los an­te­ce­den­tes mo­der­nos de la lu­cha me­xi­ca­na se re­mon­tan a 1863, cuan­do En­ri­que Ugar­te­chea, co­no­ci­do como el pri­mer lu­cha­dor me­xi­cano, desa­rro­lló la lu­cha li­bre me­xi­ca­na a par­tir de la gre­co­rro­ma­na. Sin em­bar­go, no se­rá has­ta los años trein­ta del si­glo pa­sa­do, cuan­do el es­pec­tácu­lo se asien­te de for­ma re­gu­lar en Ciu­dad de Mé­xi­co. Lo ha­rá de la mano de Salvador Lut­te­roth. En 1933 se crea la Em­pre­sa Mun­dial de Lu­cha Li­bre (EMLL), que se ins­ta­la en un an­ti­gua se­de de com­ba­tes de bo­xeo aban­do­na­da. El lu­gar fue re­mo­de­la­do y re­bau­ti­za­do con el nom­bre de Are­na Mé­xi­co. La lle­ga­da a la ca­pi­tal de la in­mi­gra­ción in­te­rior y la con­se­cuen­te con­for­ma­ción de una cla­se po­pu­lar ur­ba­na en bus­ca de nue­vas op­cio­nes de ocio fa­vo­re­ció el cre­cien­te au­ge po­pu­lar de la lu­cha li­bre. lle­vó a la cons­truc­ción del Are­na Coliseo, el otro gran es­ta­dio de Mé­xi­co DF, con ca­pa­ci­dad pa­ra 6.000 per­so­nas. En los años cin­cuen­ta, la po­pu­la­ri­dad de la lu­cha li­bre se dis­pa­ró con la lle­ga­da de la te­le­vi­sión. La re­trans­mi­sión de los even­tos con­lle­va­ría la apa­ri­ción de las pri­me­ras fi­gu­ras me­diá­ti­cas. Aún se re­cuer­da hoy la lu­cha en­tre El San­to y Black Sha­dow, que en 1952 apos­ta­ron sus más­ca­ras, he­cho que aba­rro­tó la Are­na Coliseo y de­jó co­las de gen­te en la ca­lle a pe­sar de ser te­le­vi­sa­da. Es­to lle­vó a la cons­truc­ción de un nue­vo es­ta­dio en el mis­mo lu­gar del Are­na Mé­xi­co. Se inau­gu­ró en 1956, sien­do el re­cin­to de lu­cha li­bre más gran­de del mundo, con ca­pa­ci­dad pa­ra más de 17.000 es­pec­ta­do­res.

La dé­ca­da de los cin­cuen­ta pre­sen­ció tam­bién el ini­cio del gé­ne­ro lu­chís­ti­co en el ci­ne, lo que lle­vó el fe­nó­meno de es­te ti­po de com­ba­tes a todos los rin­co­nes del país. Gran­des y pe­que­ños po­dían con­tem­plar a sus su­per­hé­roes de car­ne y hue­so en la gran pan­ta­lla, pe­leán­do­se con los más in­ve­ro­sí­mi­les enemi­gos, y lue­go acer­car­se a ver­los en per­so­na com­pi­tien­do en las dos are­nas.

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