Es­te año us­ted cum­pli­rá 92 años. ¿Có­mo se ha vis­to su vi­da li­ga­da a los mo­men­tos cla­ve de la his­to­ria cu­ba­na con­tem­po­rá­nea? Ga­llo:

Geo - - EN PORTADA -

A ve­ces me di­go a mí mis­mo que mi exis­ten­cia ha si­do una su­ce­sión de sor­pre­sas y mi­la­gros. El pri­me­ro ocu­rrió en 1924. Fue el sim­ple he­cho de mi nacimiento: ¡mi ma­dre me tu­vo a los 47 años! En esa épo­ca vi­vía­mos en Cam­po Florido, un pue­blo cer­cano a La Habana, don­de era al­cal­de mi pa­dre, an­ti­guo com­pa­ñe­ro de la in­de­pen­den­cia cer­cano a José Mar­tí. Pe­ro en 1936 fue apar­ta­do de la al­cal­día y nos en­con­tra­mos de la no­che a la ma­ña­na sin re­cur­sos. Con do­ce años, me vi obli­ga­do a bus­car tra­ba­jo.

Du­ran­te va­rios años es­tu­ve tra­ba­jan­do en la bar­be­ría de mi her­mano, que se ha­bía con­ver­ti­do ya en lu­gar de reunión de los mi­li­tan­tes so­cia­lis­tas de la re­gión. Des­pués abrí mi pro­pia bar­be­ría, al tiem­po que con­ti­nua­ba con las ac­ti­vi­da­des clan­des­ti­nas, como la trans­mi­sión de in­for­ma­cio­nes y men­sa­jes a los re­bel­des. En 1959, triun­fa la re­vo­lu­ción, sos­te­ni­da por la ma­yo­ría de los cu­ba­nos, en­tre ellos yo mis­mo. Va­rios me­ses des­pués, me con­vo­can a La Habana. Allí un ca­ma­ra­da me di­ce: “Se aca­bó la bar­be­ría. A par­tir de aho­ra, us­ted se­rá di­plo­má­ti­co”. Sa­bía­mos que la se­gu­ri­dad del país es­ta­ba ame­na­za­da, y de­bía­mos or­ga­ni­zar un ser­vi­cio de in­for­ma­cio­nes ex­te­rio­res. Así que do­ce días des­pués, es­ta­ba ya de mi­sión en Pa­ra­guay, un país del que lo ig­no­ra­ba to­do. No se ol­vi­de de que tu­ve que de­jar la es­cue­la a los do­ce años. A pe­sar de to­do, mi ca­rre­ra me con­du­ci­ría a una vein­te­na de paí­ses; en nue­ve de ellos es­tu­ve como agre­ga­do de em­ba­ja­da, en Amé­ri­ca La­ti­na pe­ro tam­bién en Ar­ge­lia, Be­nín,

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