Los tres pe­ca­dos ca­pi­ta­les del Co­lo­ra­do

Geo - - EDITORIAL -

Un error. Sí se­ñor, un error de cálcu­lo. Pa­ra que lue­go di­gan de las ma­te­má­ti­cas. Esa es una de las ex­pli­ca­cio­nes que hoy se es­gri­me pa­ra ex­pli­car el cal­va­rio que pa­de­ce uno de los ríos más co­no­ci­dos y ci­ne­ma­to­grá­fi­cos del mun­do: el Co­lo­ra­do.

¿Un error? No di­go yo que no, pe­ro de­be ha­ber al­go más. Por­que em­pe­ci­nar­se en un mal cálcu­lo du­ran­te un si­glo y no co­rre­gir­lo tie­ne sus con­se­cuen­cias, pe­ro ¿qué hay de la ig­no­ran­cia, la de­sidia y la ava­ri­cia que han pre­si­di­do du­ran­te años es­te pro­ce­so? No lo du­de, de eso se tra­ta cuan­do ha­bla­mos de la si­tua­ción de so­bre­ex­plo­ta­ción que vi­ve el río Co­lo­ra­do. Sin du­da, la se­quía per­ti­naz que su­fre la zo­na co­mo con­se­cuen­cia del cam­bio cli­má­ti­co ha in­flui­do de ma­ne­ra de­ci­si­va en la re­duc­ción de su cau­dal, pe­ro si echa­mos un vis­ta­zo a las cifras y las ac­ti­tu­des com­pro­ba­re­mos que el ver­da­de­ro pro­ble­ma no ra­di­ca ahí –o no so­lo ahí–, sino en una de­fi­cien­te y po­co sos­te­ni­ble ges­tión de los re­cur­sos hídricos y en los abu­sos con­sen­ti­dos en aras de un cre­ci­mien­to ili­mi­ta­do y una economía fe­roz. Tres pe­ca­dos ca­pi­ta­les, tres pa­ti­na­zos ma­yúscu­los, que ame­na­zan la su­per­vi­ven­cia de los 60 mi­llo­nes de per­so­nas que ha­bi­ta­rán el Su­roes­te de Es­ta­dos Uni­dos en 2050. Vea­mos:

Ig­no­ran­cia. Fue en 1922 cuan­do los re­pre­sen­tan­tes de los sie­te Es­ta­dos atra­ve­sa­dos por el río –Co­lo­ra­do, Utah, Wyo­ming, Nuevo Mé­xi­co, Ca­li­for­nia, Ne­va­da y Ari­zo­na– al­can­za­ron un acuer­do pa­ra el re­par­to equi­ta­ti­vo de sus aguas. Fi­ja­ron su cau­dal en 21.000 mi­llo­nes de me­tros cú­bi­cos (hoy ape­nas al­can­za los 15.000) y la es­pe­ran­za de una me­teo­ro­lo­gía fa­vo­ra­ble sin que me­dia­ra nin­gún es­tu­dio cien­tí­fi­co fia­ble en la de­ci­sión. Las vo­ces di­so­nan­tes que ad­ver­tían del dis­pa­ra­te y sus po­si­bles con­se­cuen­cias fue­ron ig­no­ra­das. Es­ta­dos Uni­dos vi­vía en­ton­ces en pleno New Deal roo­se­veltliano – uno de cu­yos pi­la­res se ba­sa­ba en la cons­truc­ción de gran­des obras hi­dráu­li­cas, co­mo la pre­sa Hoo­ver–, y to­do freno a es­te avan­ce que­da­ba pros­cri­to. En jue­go es­ta­ban el na­ci­mien­to de ciu­da­des co­mo Las Ve­gas, Den­ver o Phoe­nix y el cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co del Oes­te. Lo de­más no im­por­ta­ba. De­sidia. Las Ve­gas, con una po­bla­ción de dos mi­llo­nes de per­so­nas y 40 mi­llo­nes de vi­si­tan­tes al año, con­su­me por tér­mino me­dio 1.000 li­tros de agua por ha­bi­tan­te y día, uno de los con­su­mos más ele­va­dos de to­do Es­ta­dos Uni­dos (498 li­tros en Phoe­nix y 100 en Bar­ce­lo­na, una de las ciu­da­des eu­ro­peas con me­nor con­su­mo jun­to con Bru­se­las). Y eso a pe­sar de es­tar si­tua­da en el de­sier­to de Mo­ja­ve, don­de las pre­ci­pi­ta­cio­nes ape­nas al­can­zan los 100 mm anua­les. El 60% del agua de la ciudad se de­di­ca al man­te­ni­mien­to de zo­nas de re­creo ex­te­rio­res, y eso a pe­sar de los anun­cios de es­tric­tos pla­nes de rie­go cu­ya im­ple­men­ta­ción en los úl­ti­mos años, aún con bue­nos re­sul­ta­dos, dis­ta de ser sig­ni­fi­ca­ti­vo.

Ava­ri­cia. El 80% del agua del Co­lo­ra­do se em­plea en ac­ti­vi­da­des agrí­co­las, ga­na­de­ras y mi­ne­ras. En Ca­li­for­nia, el Es­ta­do que más agua to­ma del río se­gún las cuo­tas de re­par­to del Ac­ta 319 –fir­ma­da en 2012 y pen­dien­te de re­no­va­ción en 2017–, 180.000 agri­cul­to­res del Va­lle Im­pe­rial cul­ti­van 191.000 hec­tá­reas, con­su­mien­do el 86% de los re­cur­sos hídricos asig­na­dos. Los 20 mi­llo­nes de per­so­nas que vi­ven en el sur del Es­ta­do con­su­men ¡dos ve­ces me­nos can­ti­dad de agua que es­tos agri­cul­to­res! Si se re­du­je­se un 6% la can­ti­dad de agua uti­li­za­da en el rie­go de plan­tas fo­rra­je­ras sub­ven­cio­na­das, co­mo la al­fal­fa, las ciu­da­des de la cuen­ca del Co­lo­ra­do po­drían per­mi­tir­se una can­ti­dad dos ve­ces ma­yor de agua po­ta­ble de la que aho­ra dis­po­nen. Pe­ro cla­ro, en jue­go es­tán los 2.000 mi­llo­nes de dó­la­res anua­les en los que se cifra el ne­go­cio agrí­co­la de la zo­na, sin men­cio­nar los ga­na­de­ros o mi­ne­ros. Po­co im­por­ta que de las 12 es­pe­cies de pe­ces que po­bla­ban la zo­na an­ti­gua­men­te, por ejem­plo, ya so­lo que­de una, o que el tra­mo fi­nal del Co­lo­ra­do (150 ki­ló­me­tros de un del­ta hoy inexis­ten­te) se vea afec­ta­do por la sa­li­ni­za­ción y con­ta­mi­na­ción pro­vo­ca­da por el uso de fer­ti­li­zan­tes. JU­LIÁN DUE­ÑAS DIRECTOR DE GEO

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