Irán: cuan­do el pre­jui­cio se con­vier­te en es­te­reo­ti­po

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Pre­jui­cio es, se­gún la RAE, una opi­nión pre­via y te­naz, por lo ge­ne­ral des­fa­vo­ra­ble, acer­ca de al­go que se co­no­ce mal. Po­dría­mos aña­dir que el pre­jui­cio im­pli­ca una ac­ti­tud sus­pi­caz y hos­til ha­cia una per­so­na o gru­po y que sue­le ori­gi­nar­se por mo­ti­vos ra­cia­les, sociales, re­li­gio­sos o de gé­ne­ro. Lo cu­rio­so del pre­jui­cio es que, co­mo las mo­ne­das de an­tes, tie­ne una ca­ra y una cruz. La ca­ra es, se­gún los es­pe­cia­lis­tas, que sur­ge co­mo pro­tec­ción del in­di­vi­duo o la co­mu­ni­dad, un me­ca­nis­mo atá­vi­co que nos per­mi­te iden­ti­fi­car po­ten­cia­les ame­na­zas; la cruz, por el con­tra­rio, es que sue­le de­ri­var en si­tua­cio­nes de in­jus­ti­cia y re­cha­zo.

Irán es un tí­pi­co ejem­plo de pre­jui­cio. Y no pre­ci­sa­men­te de las con­ta­das ex­cep­cio­nes fa­vo­ra­bles que apun­ta la RAE, sino de las que ter­mi­nan en in­jus­ti­cia y dis­cri­mi­na­ción, en es­tig­mas in­sal­va­bles. La vi­sión que nos ha lle­ga­do du­ran­te años a tra­vés de la pren­sa y la te­le­vi­sión ha ca­la­do en el ima­gi­na­rio co­lec­ti­vo con una fuer­za inusi­ta­da: Eje del Mal, te­rro­ris­ta nu­clear, enemi­go de Oc­ci­den­te... Irán, si me apu­ran, fue (y si­gue siendo) la en­car­na­ción del mal, de ahí que du­ran­te mu­cho tiem­po quien se plan­tea­ba la po­si­bi­li­dad de via­jar allí era ta­cha­do de te­me­ra­rio o in­sen­sa­to. Y sin em­bar­go, no co­noz­co una so­la per­so­na que ha­ya vi­si­ta­do es­te país (y co­noz­co unas cuan­tas) que me ha­ble mal de él. Más bien al con­tra­rio. So­lo es­cu­cho ala­ban­zas ha­cia un pue­blo ama­ble y en­tre­ga­do con el ex­tran­je­ro, cul­to y en­can­ta­dor, orgulloso de sus tra­di­cio­nes, de­seo­so de com­par­tir­las. ¡Ojo! Hablo de la per­cep­ción del via­je­ro, no de la reali­dad po­lí­ti­ca, que pue­de ser (y es) otra y po­co o na­da tie­ne que ver con aque­lla.

A mí, co­mo ima­gino que a us­ted, que­ri­do lec­tor, es­ta di­sin­cro­nía me ge­ne­ra cu­rio­si­dad. ¿De dón­de pro­ce­de tal dis­pa­ri­dad? Des­pués de re­fle­xio­nar, pien­so que del des­co­no­ci­mien­to, de la ig­no­ran­cia. Por­que la reali­dad ac­tual de la so­cie­dad ira­ní se pa­re­ce po­co a lo que fue en los años ochen­ta del si­glo pa­sa­do, cuan­do la sa­li­da del sha Re­za Pah­la­vi y su ré­gi­men me­ga­ló­mano dio pa­so a la Re­pú­bli­ca Is­lá­mi­ca abrien­do de par en par las puer­tas del in­fierno.

Es cier­to que el Irán de hoy si­gue te­nien­do se­rios cla­ros­cu­ros: es el se­gun­do país del mun­do don­de más se apli­ca la pe­na de muer­te, so­lo por de­trás de Chi­na; el Co­rán re­gu­la la vi­da dia­ria y la sha­ria se apli­ca co­mo có­di­go de con­duc­ta. También es cier­to que los de­re­chos hu­ma­nos y las li­ber­ta­des, en­tre ellas la de in­for­ma­ción, es­tán li­mi­ta­dos cuan­do no cer­ce­na­dos; que la se­pa­ra­ción de se­xos es evi­den­te en la vi­da pú­bli­ca; que el Es­ta­do cen­su­ra Fa­ce­book y Twit­ter, y con­tro­la en In­ter­net to­do lo que ten­ga que ver con po­lí­ti­ca, pren­sa in­ter­na­cio­nal y se­xo. Su­ma y si­gue. Pe­ro no es me­nos cier­to que las co­sas es­tán cam­bian­do en es­te país de ca­si 80 mi­llo­nes de per­so­nas don­de el 65% de la po­bla­ción tie­ne me­nos de 35 años y el 98% es­tá al­fa­be­ti­za­do. Que son el ter­cer país del mun­do en li­cen­cia­dos en In­ge­nie­ría. Que el con­su­mo de pro­duc­tos oc­ci­den­ta­les se dis­pa­ra ex­po­nen­cial­men­te. Que el 21% de la po­bla­ción es in­ter­nau­ta y el 75% dis­po­ne de un mó­vil. Que mien­tras las apa­rien­cias se guar­dan en las ca­lles, en las casas se be­be al­cohol y se es­cu­cha mú­si­ca prohi­bi­da; que se bai­la, se leen li­bros cen­su­ra­dos y se sin­to­ni­zan ca­na­les de te­le­vi­sión de to­do el mun­do; que los ve­los se des­li­zan, las mu­je­res se ma­qui­llan y se in­te­gran en la vi­da la­bo­ral, las ope­ra­cio­nes es­té­ti­cas se cuen­tan por mi­les; que vuel­ven a ver­se cor­ba­tas (po­cas) y se pa­sean los pe­rros (po­cos y por la no­che). En de­fi­ni­ti­va, que al­go es­tá cam­bian­do. Pa­ra me­jor. Se te­me lo que se des­co­no­ce. Con el re­por­ta­je in­te­rior que­re­mos arro­jar al­go de luz so­bre Irán, evi­tan­do así que lo que hoy es pre­jui­cio se con­vier­ta ma­ña­na en es­te­reo­ti­po, es de­cir, se­gún la RAE, en una ima­gen es­truc­tu­ra­da y acep­ta­da por la ma­yo­ría de las per­so­nas co­mo re­pre­sen­ta­ti­va de un de­ter­mi­na­do co­lec­ti­vo. JU­LIÁN DUE­ÑAS DI­REC­TOR DE GEO

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