RUDYARD KIPLING,

Geo - - CUANDO LA META ES EL PROPIO CAMINO -

Un ge­nio. Uno de esos ra­ros es­pe­cí­me­nes que de vez en cuan­do la na­tu­ra­le­za tie­ne a bien en­tre­gar­nos. Así lo con­si­de­ró Jor­ge Luis Bor­ges –"un mu­cha­cho ge­nial", de­cía de él en El in­for­me de Bro­die– y así lo con­si­de­ró la aca­de­mia sue­ca, que en 1907 le dis­tin­guió con el pre­mio No­bel de Li­te­ra­tu­ra. Has­ta hoy ha si­do el au­tor más jo­ven en re­ci­bir­lo.

La his­to­ria per­so­nal de Rudyard Kipling (18651936), co­mo su obra, tu­vo una for­tu­na va­ria­da a lo lar­go de los años. Na­ci­do en la ciu­dad in­dia de Bom­bay, de un pa­dre que era di­rec­tor de la es­cue­la de ar­te mu­ni­ci­pal y una ma­dre cu­yo li­na­je es­ta­ba pla­ga­do de es­cri­to­res y ar­tis­tas, Kipling dis­fru­tó de una li­ber­tad sin res­tric­cio­nes du­ran­te los pri­me­ros años de su vi­da. El pri­mer idio­ma que ma­ne­jó no fue el in­glés, sino el in­dos­ta­ní, lo que le per­mi­tió des­cu­brir co­mo un na­ti­vo el mun­do má­gi­co de la In­dia co­lo­nial que tan bri­llan­te­men­te mos­tra­ría en sus obras. A es­ta corta eta­pa se­gui­ría otra de edu­ca­ción es­tric­ta y des­gra­cia­da en In­gla­te­rra, des­de don­de re­gre­sa­ría a la In­dia en 1882 pa­ra tra­ba­jar co­mo pe­rio­dis­ta. El éxi­to de sus es­cri­tos pro­pi­ció su vuel­ta a In­gla­te­rra una vez más, en es­ta oca­sión co­mo corresponsal del Pio­neer de Allaha­bad, pa­ra no re­gre­sar nun­ca más a la tie­rra que lo vio na­cer. A par­tir de aquí su ca­rre­ra es me­teó­ri­ca, sal­pi­ca­da tan­to de éxi­tos li­te­ra­rios co­mo de des­gra­cias per­so­na­les: con so­lo 23 años es ya una ce­le­bri­dad en In­gla­te­rra, con­trae ma­tri­mo­nio, es­cri­be El li­bro de la sel­va y poe­mas tan acla­ma­dos co­mo Re­ces­sio­nal e If, así co­mo va­rios de los cuen­tos más per­fec­tos es­cri­tos en len­gua in­gle­sa. Pe­ro la ad­ver­si­dad se ce­ba con su fa­mi­lia: afron­ta la muer­te de su hi­ja por gri­pe y de su hi­jo en la gue­rra.

Pe­se a la con­ce­sión del pre­mio No­bel, que cul­mi­na una ca­rre­ra li­te­ra­ria sin igual, su obra ha si­do cri­ti­ca­da por su ca­rac­ter im­pe­ria­lis­ta. Pe­ro sus tex­tos no ha­cen más que re­fle­jar los pre­jui­cios de una épo­ca.

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