Adiós a un enor­me di­vul­ga­dor

Geo - - NEWS -

Ju­lio, ju­lio –gri­ta­ba la voz al otro la­do del te­lé­fono–. Ju­lio, Ju­lio –re­pe­tía una vez más–. Pa­ra en­ton­ces era del to­do in­ne­ce­sa­rio que la voz se in­den­ti­fi­ca­ra. Aun así lo hi­zo. Soy Miguel –di­jo–. Por su­pues­to yo ya sa­bía que la voz al otro la­do del te­lé­fono era la de Miguel. Lo sa­bía por­que na­die sal­vo él me ha lla­ma­do Ju­lio en to­da mi vi­da; tam­bién por­que uno nun­ca se acos­tum­bra a que le lla­me un mi­to. Miguel era Miguel de la Qua­dra Sal­ce­do, que de vez en cuan­do des­col­ga­ba el te­lé­fono y me lla­ma­ba a la redacción. Ju­lio, Ju­lio –me di­jo en aque­lla oca­sión; en­ton­ces su voz aún era fir­me y la ener­gía vi­tal que de­rra­ma­ba a bor­bo­to­nes lu­cha­ba por adap­tar­se a la edad–, ten­go un ami­go que aca­ba de re­gre­sar de Pe­rú y trae un ma­te­rial grá­fi­co mag­ní­fi­co. Co­mo siem­pre, le es­cu­ché con aten­ción. No re­cuer­do aho­ra la ra­zón, pe­ro quie­ro pen­sar que la lí­nea edi­to­rial de GEO ca­mi­na­ba en­ton­ces por otros de­rro­te­ros. El ca­so es que el ofre­ci­mien­to que Miguel vehe­men­te­men­te me ha­cía al fi­nal no cua­jó.

Tiem­po des­pués otra voz mo­du­la­da, pro­fun­da, de lo­cu­tor de ra­dio, me lla­mó a la redacción. Soy Jo­sé Manuel No­voa –se pre­sen­tó–. Aca­bo de vol­ver de uno de mis via­jes y ten­go un ma­te­rial que qui­zá te po­dría in­tere­sar. De Jo­sé Manuel sa­bía por la lla­ma­da de Miguel, pe­ro so­bre to­do por su pre­sen­cia ha­bi­tual en el pro­gra­ma ra­dio­fó­ni­co Gen­te Via­je­ra.

VIA­JE­RO DEL CO­NO­CI­MIEN­TO

Era un via­je­ro a lo Hum­boldt, un via­je­ro del co­no­ci­mien­to, un es­tu­dio­so atraí­do por la cu­rio­si­dad de lo per­di­do y lo po­co co­no­ci­do. Ci­neas­ta y pe­rio­dis­ta es­pe­cia­li­za­do en an­tro­po­lo­gía y ar­queo­lo­gía, Jo­sé Manuel No­voa fue siem­pre un di­vul­ga­dor. Re­co­rrió el mun­do en in­fi­ni­dad de via­jes, des­de Gui­nea has­ta el Ama­zo­nas, con la sen­ci­lla idea de con­tar­los. De to­dos ellos na­cie­ron mil anéc­do­tas, y tam­bién los más de160 do­cu­men­ta­les que fil­mó y di­ri­gió du­ran­te más de tres dé­ca­das. En­tre las cin­tas más des­ta­ca­das fi­gu­ran Eyen­gui, el dios del sue­ño, El se­ñor de Si­pán, La jo­ya y los gue­rre­ros de la nie­bla, La Da­ma de Cao, La ru­ta Mo­che y El tea­tro del más allá. Tam­bién fue res­pon­sa­ble de va­rias se­ries do­cu­men­ta­les co­mo Mundos per­di­dos, Los úl­ti­mos nó­ma­das y Los guar­dia­nes del pla­ne­ta que se han emi­ti­do en ca­de­nas tan­to na­cio­na­les co­mo in­ter­na­cio­na­les. Le es­cu­ché con aten­ción. Su pro­pues­ta me in­tere­só. Me ofre­cía un te­ma so­bre los úl­ti­mos ha­llaz­gos de la cul­tu­ra co­clé en la zo­na del ist­mo de Pa­na­má, más con­cre­ta­men­te en la ne­cró­po­lis de El Ca­ño. Era un ex­per­to en la ma­te­ria. Ha­bía cu­bier­to las dos úl­ti­mas cam­pa­ñas ar­queo­ló­gi­cas. El re­por­ta­je se pu­bli­có fi­nal­men­te en el nú­me­ro 351 de GEO (agos­to de 2016), y no so­lo me per­mi­tió apren­der so­bre los mis­te­rios de aque­lla so­cie­dad per­di­da, sino co­no­cer per­so­nal­men­te a Jo­sé Manuel. Re­sul­tó que, ca­sua­li­da­des de la vi­da, éra­mos ve­ci­nos.

Una ma­ña­na de sá­ba­do me acer­qué a su ca­sa. Pa­sa­mos ho­ras vi­sio­nan­do y se­lec­cio­nan­do el ma­te­rial grá­fi­co pa­ra el re­por­ta­je. Me ha­bló de sus tra­ba­jos en Pe­rú, de sus ges­tio­nes pa­ra sa­car ade­lan­te un nue­vo pro­yec­to, de los re­tra­sos que ge­ne­ra­ba la au­sen­cia de un pre­si­den­te en TVE, de dro­nes, de vino, de pá­del... An­tes de mar­char­me me re­ga­ló una cin­ta de El Tea­tro del Más Allá, po­si­ble­men­te su me­jor do­cu­men­tal, ro­da­do en el Cha­vín de Huán­tar, en Pe­rú. Que­da­mos en vol­ver a ha­blar.

Ha­ce ape­nas unos me­ses vol­vi­mos a coin­ci­dir en el fu­ne­ral de Miguel de la Qua­dra Sal­ce­do. Le con­té la anéc­do­ta de su lla­ma­da re­co­men­dán­do­me­lo. Reí­mos. Pro­me­ti­mos ver­nos. No lo hi­ci­mos.

Co­mo to­dos los días, la ma­ña­na del 15 de sep­tiem­bre pa­sé fren­te a su ca­sa ca­mino del tra­ba­jo. Me sor­pren­dió ver a la po­li­cía. No le di im­por­tan­cia, has­ta que una lla­ma­da me en­fren­tó con la no­ti­cia: Jo­sé Manuel ha­bía fa­lle­ci­do. Ami­gos co­mu­nes me cuen­tan que arras­tra­ba una li­ge­ra fie­bre. Na­da se­rio.

Ayer mis­mo vol­ví a pa­sar fren­te a su ca­sa sin vi­da. Las lu­ces apa­ga­das, la puer­ta del jar­dín ven­ci­da. El olor del oto­ño emer­gien­do de la hie­dra que cu­bre la fa­cha­da. El se­to jun­to a la va­lla ha co­men­za­do a secarse. Sen­tí pe­na. Des­can­sa en paz.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.