GRAN RE­POR­TA­JE

Geo - - SUMARIO - POR GWENAËLLE LENOIR TEX­TO Y PAS­CAL MAITRE FO­TOS

Preciosa lu­mi­no­si­dad Con más de 1.200 mi­llo­nes de ha­bi­tan­tes, África es un continente a os­cu­ras. Tan so­lo pro­du­ce el 1,8% de la elec­tri­ci­dad del mun­do. Sin em­bar­go, su po­ten­cial en ener­gías re­no­va­bles es enor­me. Se­ne­gal ha acep­ta­do el desafío.

Cuan­do cae la no­che en África, to­do se vuel­ve más com­pli­ca­do: tra­ba­jar, co­ci­nar, des­pla­zar­se... La au­sen­cia de elec­tri­ci­dad es una de las pla­gas del continente. En Se­ne­gal, han apos­ta­do por la ener­gía so­lar pa­ra que la vi­da si­ga su cur­so a pe­sar de la oscuridad. ¿Es el ejem­plo a se­guir?

Son cer­ca de las sie­te de la tar­de. Las cam­pe­si­nas aban­do­nan los arro­za­les, los pes­ca­do­res re­ti­ran las re­des, los niños sa­len de las ma­ris­mas don­de han es­ta­do sal­pi­cán­do­se y dan­do gri­tos. Las va­cas se meten en los co­rra­les. La no­che cae len­ta­men­te en Nio­mou­ne. Ya se ex­tien­de por las ca­sas de tie­rra, en­som­bre­ce el fo­lla­je de los gran­des bao­babs y las enor­mes cei­bas; los man­gla­res se su­mer­gen en la oscuridad. De re­pen­te unas lu­ces per­fo­ran la oscuridad, una, dos, tres, vein­te, cincuenta… El alum­bra­do pú­bli­co ha­ce re­tro­ce­der las ti­nie­blas. Si ha­ce ape­nas dos años al­guien les hu­bie­ra di­cho es­to a los 2.000 ha­bi­tan­tes de la is­la no le ha­brían creí­do.

Si­tua­do a unos po­cos cien­tos de me­tros de la desembocadura del río Ca­sa­man­za, en Se­ne­gal, Nio­mou­ne po­dría fi­gu­rar en el anua­rio de los lu­ga­res más ais­la­dos del mun­do. Pa­ra ac­ce­der al pue­blo d es deZi­gu in chor, la ca­pi­tal de la re­gión en la Ba­ja Ca­sa­man­za, se ne­ce­si­tan de tres a cin­co ho­ras en pi­ra­gua, en fun­ción de la ma­rea. Aquí vi­ven del arroz, la pes­ca y el di­ne­ro en­via­do por los pa­rien­tes que han emi­gra­do a las gran­des ciu­da­des co­mo Dakar, Saint Lo uis,Zi­gu in cho­re in­clu­so más le­jos, allen­de el mar. La is­la no es­tá co­nec­ta­da a Se­ne­lec, la com­pa­ñía eléc­tri­ca se­ne­ga­le­sa: las obras cos­ta­rían una for­tu­na. So­lo hu­bo pro­me­sas, co­mo lo de­mues­tran los pos­tes de ma­de­ra ins­ta­la­dos en me­dio de un ca­mino y que no han su­je­ta­do nun­ca nin­gún ca­ble eléc­tri­co. “Fue ha­ce sie­te u ocho años”, re­cuer­da Elie-Paul Die­me, un an­ti­guo pes­ca­dor que re­si­de en la is­la. “Una em­pre­sa pri­va­da nos pro­me­tió la elec­tri­ci­dad. Co­gie­ron el di­ne­ro, hi­cie­ron es­tas obras y des­apa­re­cie­ron.” Fue una gran de­cep­ción pa­ra la po­bla­ción.

Pe­ro hoy en día, con sus fa­ro­las, los ha­bi­tan­tes de Nio­mou­ne po­drían pa­sar por pri­vi­le­gia­dos en Se­ne­gal: el 90% de los ha­bi­tan­tes de las zo­nas ur­ba­nas es­tán co­nec­ta­dos a la red, pe­ro ape­nas un ter­cio de los ha­bi­tan­tes de las zo­nas ru­ra­les dis­po­ne de elec­tri­ci­dad. En 2016, el con­su­mo ape­nas al­can­za­ba 243 kWh por ha­bi­tan­te, por los 5.497 kWh de pro­me­dio en Es­pa­ña. En to­da África, el desafío es enor­me.

Un in­for­me pu­bli­ca­do por el Pa­nel pa­ra el Pro­gre­so de África, un think tank di­ri­gi­do por el an­ti- guo Se­cre­ta­rio Ge­ne­ral de la ONU, Ko­fi An­nan, se­ña­la que 621 mi­llo­nes de afri­ca­nos, es de­cir las dos ter­ce­ras par­tes de la po­bla­ción del África sub­saha­ria­na (ex­cep­tuan­do Su­dá­fri­ca) ca­re­cen de ac­ce­so a la elec­tri­ci­dad. Y pa­ra los que la tie­nen, es muy ca­ra, mu­cho más que en los paí­ses ricos: los eco­no­mis­tas del think tank dan co­mo ejem­plo el de una cam­pe­si­na de Ni­ge­ria que, se­gún sus cálcu­los, pa­ga la ta­ri­fa de elec­tri­ci­dad más ca­ra del mun­do: ¡en­tre 60 y 80 ve­ces más que un neo­yor­quino!

Ca­da año, las averías y las pe­nu­rias de elec­tri­ci­dad ha­cen per­der al África sub­saha­ria­na el equi­va­len­te del PIB de la Re­pú­bli­ca De­mo­crá­ti­ca del Con­go. “El su­mi­nis­tro de ener­gía tie­ne un im­pac­to di­rec­to so­bre las ren­tas, la po­bre­za y otros as­pec­tos del desa­rro­llo hu­mano, so­bre to­do la sa­lud y la edu­ca­ción”, afir­man los au­to­res del in­for­me. Y

El man­glar es­tá som­brío. De re­pen­te, unas lu­ces per­fo­ran la oscuridad: son dos, tres, cincuenta... En Nia­mou­ne, is­la si­tua­da en el del­ta del río Ca­sa­man­za, los niños jue­gan a las car­tas ba­jo la luz de un Na­no­grid. Es­tas fa­ro­las, crea­das por una PY­ME fran­ce­sa, su­mi­nis­tran co­rrien­te al 95% de los ho­ga­res des­de 2017.

los pro­gre­sos son len­tos: al rit­mo ac­tual de elec­tri­fi­ca­ción y cre­ci­mien­to de­mo­grá­fi­co, ha­bría que es­pe­rar has­ta 2080 pa­ra que to­dos los afri­ca­nos tu­vie­ran ac­ce­so a la elec­tri­ci­dad.

Las au­to­ri­da­des se­ne­ga­le­sas es­tán fo­men­tan­do la ini­cia­ti­va pri­va­da. En Nio­mou­ne, los is­le­ños vuel­ven a te­ner es­pe­ran­za tras la ins­ta­la­ción de la pri­me­ra fa­ro­la so­lar, en no­viem­bre de 2015. El ar­tí­fi­ce de es­ta in­no­va­ción es el in­ge­nie­ro fran­cés Tho­mas Sa­muel, de 35 años. El jo­ven, que hi­zo es­ca­la en Nio­mou­ne du­ran­te unas va­ca­cio­nes ha­ce diez años, les pro­pu­so a los ha­bi­tan­tes po­ner a prue­ba el úl­ti­mo pro­to­ti­po de su pe­que­ña em­pre­sa, Sun­na De­sign, con se­de cer­ca de Bur­deos. La star­tup ya se hi­zo no­tar al ins­ta­lar un alum­bra­do pú­bli­co so­lar en el cam­po de re­fu­gia­dos de Zaa­ta­ri, en Jor­da­nia. Pe­ro aquí pi­só el ace­le­ra­dor, da­do que las fa­ro­las, fa­bri­ca­das en Fran- cia, no se li­mi­tan a alum­brar las vías pú­bli­cas. “Es­te sis­te­ma lo lla­ma­mos Na­no­grid por­que es el ni­vel más pe­que­ño de una cen­tral so­lar”, nos ex­pli­ca An­toi­ne Sé­bas­tia­nut­ti, un jo­ven in­ge­nie­ro de Sun­na De­sign que re­si­de en Zi­guin­chor des­de ha­ce dos años. El pos­te, de tres me­tros de al­to, es­tá a su vez co­ro­na­do por un pa­nel so­lar. In­cor­po­ra una ba­te­ría y una tar­je­ta in­te­li­gen­te. Unos ca­bles eléc­tri­cos lo co­nec­tan a cua­tro ca­sas. En ca­da ca­sa una car­ca­sa su­mi­nis­tra co­rrien­te a cin­co bom­bi­llas LED de úl­ti­ma ge­ne­ra­ción y a una to­ma USB que per­mi­te car­gar una lám­pa­ra por­tá­til y los te­lé­fo­nos mó­vi­les que tie­nen to­dos los afri­ca­nos, ya que no hay te­le­fo­nía fi­ja.

Con­se­guir el be­ne­plá­ci­to de los al­dea­nos no fue ta­rea fá­cil: se ne­ce­si­tó un año de ne­go­cia­cio­nes pa­ra que la co­mu­ni­dad acep­ta­se un pri­mer in­ten­to. De­cep­cio­na­dos por el fra­ca­so de una

En Se­le­ki, un pue­blo de la Ba­ja Ca­sa­man­za, en el sur de Se­ne­gal, la no­che ya no su­po­ne la in­te­rrup­ción de to­das las ac­ti­vi­da­des, gra­cias a los pa­ne­les so­la­res in­di­vi­dua­les.

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