EL DOL­MEN DE ARRI­ZAL, ¿UNA CA­SA DE BRUJAS?

Geo - - GRAN SE­RIE 2018 -

En la co­mar­ca de la Lla­na­da Ala­ve­sa, una ex­pla­na­da ver­de ro­dea­da de sie­rras y montes, la ca­rre­te­ra sur­ca el valle co­mo una enor­me ci­ca­triz en su afán de co­nec­tar los cen­tros pro­duc­ti­vos del nor­te y el sur. Hay que ale­jar­se de ella pa­ra con­tem­plar có­mo la naturaleza de es­te en­torno sin­gu­lar co­bra nueva vi­da, re­ga­lan­do unos pai­sa­jes únicos donde el mun­do ru­ral si­gue a su rit­mo. A unos po­cos ki­ló­me­tros de Salvatierra/ Agu­rain, jun­to al pue­blo de Arri­za­la, la ca­sa de las brujas ( Sor­gi­net­xe) ate­so­ra en su in­te­rior unas cuan­tas le­yen­das. Tes­ti­go de un mun­do de fá­bu­las y cuen­tos an­ti­guos, ya los his­to­ria­do­res del si­glo XIX, co­mo Fe­de­ri­co Ba­rai­bar, re­co­gie­ron es­tas his­to­rias de boca de los al­dea­nos que vi­vían en la zo­na. Fue­ron ellos los pri­me­ros en con­tar que aque­llas cin­co piedras, cu­ya al­tu­ra al­can­za los 2,3 me­tros en su punto más al­to, las pu­sie­ron allí las brujas que ba­ja­ban des­de la pe­ña de En­tzia, con la idea de crear un re­fu­gio pa­ra ce­le­brar sus ri­tua­les. En reali­dad, la es­truc­tu­ra tu­vo una fun­ción me­ra­men­te fu­ne­ra­ria, aun­que en épo­cas más recientes po­dría ha­ber te­ni­do otras fun­cio­nes, in­clui­da la de ca­sa pa­ra las brujas lo­ca­les. Du­ran­te las ex­ca­va­cio­nes que se rea­li­za­ron se en­con­tra­ron hue­sos y al­gu­na punta de sí­lex, ele­men­tos que la ciencia pre­sen­ta co­mo prue­ba de su fun­ción pri­mi­ge­nia. Pe­ro se sa­be que las tra­di­cio­nes arrai­gan con más fuer­za que la sim­ple ex­pli­ca­ción cien­tí­fi­ca de un he­cho. El Dol­men de la Sor­gi­net­xe, si­tua­do en el con­jun­to de la Lla­na­da, fue des­cu­bier­to en 1831 y ex­ca­va­do en 1890. Es uno de los me­jor con­ser­va­dos de las tie­rras de Eus­ka­di.

El sol po­nien­te de­ja unas pin­ce­la­das de to­nos vi­vos en el cie­lo. La os­cu­ri­dad se echa so­bre los cam­pos y las piedras de la Ca­sa de las Brujas se tor­nan os­cu­ras. Es en ese mo­men­to cuan­do un es­pa­cio co­mo es­te trans­mi­te to­do su po­ten­cial. La os­cu­ri­dad ayu­da a en­ten­der me­jor la del­ga­da lí­nea que se­pa­ra la ciencia de la fá­bu­la. To­do de­pen­de, una vez más, de los ojos con los que se mi­ra.

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