FE­NÓ­MENO FAN

GQ (Spain) - - Salir - por Al­ber­to Rey , au­tor del blog Ase­sino en se­rie.

es­ta se­rie de qué va?

– De gen­te muy hi­ja de pu­ta. True story, que di­ría Ari Gold, de Entourage. Las pro­ta­go­nis­tas del diá­lo­go, dos se­ño­ras de unos 70 años. El lu­gar, la sec­ción de DVD de esa ma­cro­tien­da ma­dri­le­ña de Ca­llao.la­se­rie, Jue­go­det­ro­nos. Evi­den­te­men­te. ¿De ver­dad ne­ce­si­to más es­pa­cio pa­ra ex­pli­car por qué el fa­na­tis­mo por es­ta se­rie es­tá com­ple­ta­men­te fue­ra de con­trol? Re­pi­to: dos se­ño­ras de unos 70 años. Es­pa­ño­las. Que se com­pra­ron la se­rie. Tem­po­ra­das uno, dos y tres. Si hay una se­rie que ha vo­la­ti­li­za­do eso que en mar­ke­ting se lla­ma tar­get, esa es Jue­go de tro­nos. Sus fans es­tán en to­dos los si­tios: en la ado­les­cen­cia y bai­lan­do en Be­ni­dorm, en las tien­das­de­có­micsy­ha­cien­do­cro­que­tas­ca­se­ras. O po­de­mos ver­lo de otra ma­ne­ra: como los fans de Jue­go de tro­nos es­tán en to­dos los si­tios, los más fans lle­gan don­de muy po­cos han lle­ga­do. De cual­quier mo­do, si el he­cho de­queu­na­se­ño­ra­se­re­fie­raa­su­cu­ña­da­co­mo "esa, que va de Kha­lee­si por la vida" no es el fa­na­tis­mo su­pre­mo, ya me di­rán us­te­des. La fan­ta­sía me­die­va­loi­de y el uni­ver­so de Car­mi­na (y amén) con­flu­yen­do. El fu­tu­ro era es­to.

¿Se ima­gi­na­ba Geor­ge R. R. Mar­tin al­go así mien­tras es­cri­bía la pri­me­ra no­ve­la de la sa­ga Can­ción de hie­go y fue­go? Es po­co pro­ba­ble. Pe­ro igual­men­te mar­cia­na era en su mo­men­to la idea de lle­var a la pan­ta­lla aque­llos to­chos lle­nos de se­xo, odio (ver: "gen­te muy hi­ja de pu­ta") y es­ce­nas épi­cas des­pro­por­cio­na­das. Cuen­ta la le­yen­da que Mar­tin, har­to­de­las­li­mi­ta­cio­nes­con­las­que­tra­ba­ja­ba como guio­nis­ta de te­le­vi­sión, se pu­so a es­cri­bir al­go sin pre­sio­nes del ti­po "es­ta es­ce­na no po­de­mos ro­dar­la, es de­ma­sia­do ca­ra" y le sa­lió lo que le sa­lió. Y lue­go le sa­lió un con­tra­to con HBO. Y lue­go el gru­po de Fa­ce­book: Se­ño­ras que se com­pran la nue­va no­ve­la de los Lan­nis­ter y los Stark en cuan­to sa­le, por­que no pue­den más.

CUES­TION TRANS­GE­NE­RA­CIO­NAL

¿Exis­ti­rán ya esas se­ño­ras? ¿Se­rá tam­bién trans­ge­ne­ra­cio­nal el gru­po de fans que ve­ne­ra tan­to la ver­sión te­le­vi­si­va de Jue­go de tro­nos como la li­te­ra­ria? Los que van en el tren di­cien­do: "No pue­de ser, no pue­de ser, no pue­de ser…", mien­tras pa­san las pá­gi­nas de Tor­men­ta de es­pa­das ( trues­tory tam­bién). Esos que a ve­ces ol­vi­dan que los li­bros y la se­rie –sus li­bros, su se­rie– son fic­cio­nes y que su au­tor pue­de ha­cer con ellas lo que le dé la realí­si­ma ga­na. Pe­ro pa­re­ce que es un buen ti­po y no lo ha­ce. O sí. Como si lo vie­ra: Se­ño­ras que se plan­tan en la ca­sa de Mar­tin pa­ra pe­dir ex­pli­ca­cio­nes por la muer­te de otro Stark. Se­ño­ras que, por otro la­do, en el fon­do que­rrían ser Cer­sei Lan­nis­ter por­que sa­ben que cuan­do una es­tá así de bue­na pue­de per­mi­tir­se ser así de ma­la. No­ta: to­dos so­mos esas se­ño­ras.

An­tes de ha­ber es­tre­na­do la se­rie, HBO sa­bía que con Jue­go de tro­nos te­nía al­go muy gran­de en­tre las ma­nos… y en la cuen­ta de re­sul­ta­dos. Pri­me­ro so­lo en la par­te de gas­tos, por cier­to. Aho­ra ya es evi­den­te que Jue­go de tro­nos, la se­rie, se­rá una má­qui­na de ha­cer di­ne­ro a lar­go pla­zo. Se­ño­ras que se van a com­prar el pack de la se­rie com­ple­ta en cuan­to sal­ga, y lo van a po­ner en el sa­lón en­tre la fo­to de su bo­da y la del bau­ti­zo de su nie­to. Y quién no. Jue­go de tro­nos ha re­con­ci­lia­do a mu­chí­si­ma gen­te con la cul­tu­ra po­pu­lar. Ojo con es­to. Cuan­do aque­llo del ci­ne in­de­pen­dien­te, el neo-folk y las ga­fas de pas­ta se nos es­ta­ba yen­do de las ma­nos, lle­gó un pro­duc­to te­le­vi­si­vo (es de­cir, po­pu­lar por de­fi­ni­ción) y con­quis­tó a la vez los sa­lo­nes de los pi­sos com­par­ti­dos de Ma­la­sa­ña y los de los ado­sa­dos de Po­zue­lo. To­dos fren­te a la pan­ta­lla re­ci­tan­do al uní­sono: "No pue­de ser, no pue­de ser, no pue­de ser…". Y al día si­guien­te el di­se­ña­dor grá­fi­co bar­bu­do co­men­tan­do el epi­so­dio por te­lé­fono con su ma­dre. "For­tí­si­mo lo de la Bo­da Ro­ja. Po­bre mu­jer, con lo que ha su­fri­do. Qué dis­gus­to. Y por cier­to, hi­jo, pá­sa­te lue­go por ca­sa y te lle­vas unas cro­que­tas".

Na­die se es­pe­ra­ba que la co­sa al­can­za­se es­tas pro­por­cio­nes cuan­do Can­ción de hie­lo y fue­go noe­ra­más­queun­cul­to un­der­ground. Uno de los más po­ten­tes, sí, pe­ro sin es­pe­ran­za de al­can­zar la su­per­fi­cie cul­tu­ral, de sa­lir de su ni­cho. Sa­lió, va­ya si sa­lió, y aho­ra se nos ol­vi­da có­mo ha­ce unos años esas mu­je­res nos de­cían "Pe­ro chico, ¿no eres de­ma­sia­do ma­yor pa­ra leer co­sas de gue­rre­ros y dra­go­nes?". Mí­ra­las aho­ra. Ellas es­tán igual o peor. Vi­vien­do sin vi­vir en sí en lo que lle­gan más li­bros, más tem­po­ra­das o más lo que sea.

– ¿Oye, sa­bes que la Kha­lee­si en reali­dad es mo­re­na?

– A ver, mu­jer, esas ce­jas…

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