Cho­lo Si­meo­ne

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GQ (Spain) - - Especial 40 Tones - En­tre­na­dor, gu­rú del par­ti­doa­par­ti­do MA­NUEL JABOIS

UNA DE LAS ME­JO­RES pre­gun­tas que le hi­cie­ron nun­ca a Die­go Si­meo­ne fue obra de Pablo Bro­tóns, en Mar­ca: "¿Qué ha­ría si sus hi­jos qui­sie­ran ser árbitros?". So­lo se lee la res­pues­ta del Cho­lo, así que hay vía li­bre pa­ra sos­pe­char su mi­ra­da alu­ci­na­da, la mi­ra­da del can­che­ro , del ga­na­dor im­pe­ni­ten­te si su des­cen­den­cia op­ta­ra por fun­dar una sa­ga de árbitros. Se oye pe­se a to­do el re­chi­nar de dien­tes de Si­meo­ne: "¿Árbitros? Si son fe­li­ces, que ha­gan lo que quie­ran. Es una pro­fe­sión di­fí­cil, du­ra, por­que es­tán con­ti­nua­men­te ex­pues­tos, pe­ro bueno, al­guien lo tie­ne que ha­cer por­que, si no, no hay fút­bol". Como sa­lir los lu­nes, bá­si­ca­men­te.

Hay una ima­gen re­pre­sen­ta­ti­va de Si­meo­ne en el fút­bol es­pa­ñol. Su­ce­dió ha­ce po­co, en Lis­boa, cuan­do el Ma­drid le em­pa­tó en la ca­ra una Co­pa de Eu­ro­pa que te­nía ga­na­da. Mien­tras los ju­ga­do­res caían aba­ti­dos como víc­ti­mas de un ti­ro­teo, Si­meo­ne se arran­có como un león re­cién sa­li­do de la jau­la en di­rec­ción a los mi­les de fa­ná­ti­cos del Atlé­ti­co ha­cien­do as­pa­vien­tos, re­cla­man­do nuevos ru­gi­dos de apa­rea­mien­to con el tí­tu­lo. Le sal­vó al Ma­drid es­tar ce­le­bran­do el gol de Ser­gio Ra­mos y no ver la ex­plo­sión del Cho­lo, que pa­sa­ba en aquel mo­men­to por el tran­ce de Ste­ve Jobs: con los pies le­jos del sue­lo, re­cla­ma­ba pa­ra sí lo im­po­si­ble por­que na­die le de­cía que lo era. Lo fue, sin em­bar­go, y su equi­po per­dió el tí­tu­lo. Su­til­men­te el Ma­drid se ha­bía ven­ci­do a sí mis­mo, al es­pí­ri­tu com­ba­tien­te que ha­bía ino­cu­la­do Mou­rin­ho en los úl­ti­mos tiem­pos: to­do pa­ra ga­nar y na­da pa­ra per­der.

Pe­ro Si­meo­ne no se re­con­du­jo. Ins­ta­ló en 2011 una pro­fun­da co­rrien­te de pen­sa­mien­to fut­bo­lís­ti­co que te­nía que ver con la in­ten­si­dad y la psi­co­lo­gía. El Atlé­ti­co de Ma­drid, más que de un equi­po, siem­pre tu­vo con­si­de­ra­ción de pa­cien­te: cuan­do se le­van­ta­ba de la ca­mi­lla ace­le­ra­ba su pro­ce­so his­tó­ri­co con zar­pa­zos de con­si­de­ra­ción, como el do­ble­te, y al vol­ver a de­po­si­tar­se en el di­ván re­co­gía to­da la elec­tri­ci­dad de su afi­ción, que nun­ca fue tan­ta ni tan emo­cio­nan­te como cuan­do ba­jó a Se­gun­da. Si­meo­ne bá­si­ca­men­te hi­zo al­go co­mún en los ti­pos que creen en sí mis­mos: que lo que aman se les pa­rez­ca. Se exi­ge al­tos ni­ve­les de con­fian­za y un dis­cur­so có­mo­do en el que no chi­rríe esa pa­sión que tie­ne él por el horóscopo. De re­pen­te, en sus vi­gas maes­tras apa­re­ce una ex­cen­tri­ci­dad y se le da por bue­na con el mis­mo en­tu­sias­mo con el que Krus­chev es­pe­tó que ha­bía li­ber­tad de ex­pre­sión por­que tam­bién se po­día de­cir, como en EE UU, que Ni­xon era un mal pre­si­den­te. To­do ca­be en el fút­bol cuan­do se tra­ta de la vic­to­ria; to­do ca­be en la vida cuan­do se tie­ne es­ti­lo. Los tres hi­jos de Si­meo­ne son fut­bo­lis­tas. Y al­go aun más di­fí­cil: des­pués de años con­ver­ti­dos en sím­bo­los de fa­ta­li­dad y de­sen­can­to, los ju­ga­do­res del Atlé­ti­co tam­bién lo son.

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"Si­meo­ne hi­zo al­go co­mún en los ti­pos que creen en sí mis­mos: que lo que aman se les pa­rez­ca"

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