Bien­ve­ni­do Mr. Driehaus

¿Qué em­pu­ja a un mi­llo­na­rio de Chica­go a crear un pre­mio a la res­tau­ra­ción de edi­fi­cios clá­si­cos y mo­nu­men­tos en Es­pa­ña?

GQ (Spain) - - Not Personal, Just Business -

Ha­ce 30 años em­pe­zó a in­tere­sar­me la ar­qui­tec­tu­ra gra­cias a un buen ami­go pro­pie­ta­rio de una de las más gran­des cons­truc­to­ras ame­ri­ca­nas. Me en­se­ñó a dis­tin­guir y va­lo­rar las sin­gu­la­ri­da­des de los edi­fi­cios más re­pre­sen­ta­ti­vos de Nor­tea­mé­ri­ca. Un buen día al­guien me pro­pu­so vi­si­tar a los alum­nos de la Es­cue­la de Ar­qui­tec­tu­ra de la Uni­ver­si­dad de No­tre Dame, en In­dia­na, y allí, de­fi­ni­ti­va­men­te, com­pren­dí la im­por­tan­cia de la ar­qui­tec­tu­ra clá­si­ca aplicada al mun­do de hoy". En las dis­tan­cias cor­tas, Ri­chard H. Driehaus (Chica­go, 1942), le­jos de in­ti­mi­dar por su cu­rrícu­lo de in­ver­sio­nes y éxi­tos mul­ti­mi­llo­na­rios, re­sul­ta un hom­bre tan afa­ble como in­fa­ti­ga­ble con­ver­sa­dor (li­te­ral­men­te, ca­da una de sus res­pues­tas sue­le pro­lon­gar­se una me­dia de 15 mi­nu­tos). "Así na­ció el pre­mio de ar­qui­tec­tu­ra que lle­va los nom­bres de es­ta uni­ver­si­dad y el de la fun­da­ción al­truis­ta que pre­si­do. En una de las edi­cio­nes, en la que com­pe­tían va­rios ar­qui­tec­tos españoles, to­dos con tra­ba­jos asom­bro­sos, sur­gió la idea de crear una ver­sión es­pa­ño­la del pre­mio… y aquí es­ta­mos. En­can­ta­dos".

Es­tas tres edi­cio­nes ma­de in Spain han dis­tin­gui­do los es­fuer­zos res­tau­ra­do­res de es­tu­dios como los de Javier Cenicacelaya e Íñi­go Sa­lo­ña (2014), por sus múl­ti­ples in­ter­ven­cio­nes en el ám­bi­to viz­caíno; Luis Fer­nan­do Gómez-stern e Ig­na­cio Me­di­na y Fdez. (2013), por re­su­ci­tar la an­ti­gua judería de Sevilla; y Leo­pol­do Gil Cor­net, por ha­cer lo pro­pio con la Real Co­le­gia­ta de Ron­ces­va­lles. Por ri­zar un po­co más el ri­zo, la edi­ción es­pa­ño­la del ga­lar­dón de Driehaus lle­va tam­bién el nom­bre del ar­qui­tec­to es­pa­ñol Ra­fael Man­zano Mar­tos, ga­na­dor del pre­mio nor­te­ame­ri­cano en 2010 (con una do­ta­ción de 200.000 dó­la­res, que vie­ne a ser el do­ble que la del Pritz­ker). "Es­pa­ña cuen­ta con una ma­ra­vi­llo­sa sen­si­bi­li­dad a la ho­ra de reha­bi­li­tar su pa­tri­mo­nio", aña­de es­te me­ce­nas al que la pren­sa es­pe­cia­li­za­da con­si­de­ra uno de los 25 fi­nan­cie­ros más in­flu­yen­tes del si­glo XX . GQ: Sus orí­ge­nes fue­ron real­men­te hu­mil­des. ¿Es us­ted otro cla­ro ejem­plo de que el sue­ño ame­ri­cano es po­si­ble? RI­CHARD H. DRIEHAUS: Fui el cha­val que ven­día pe­rió­di­cos por las ca­lles del sur de Chica­go. Me gus­ta­ba co­lec­cio­nar mo­ne­das del mun­do y leía to­do lo que po­día so­bre di­vi­sas en las pá­gi­nas eco­nó­mi­cas. Es­ta­ba al día del pre­cio de com­pra y ven­ta del di­ne­ro. En la uni­ver­si­dad con­ti­nué con esos in­tere­ses y em­pe­cé a in­ver­tir. Leía a los co­lum­nis­tas más pres­ti­gio­sos, ob­ser­va­ba los mo­vi­mien­tos de las gran­des em­pre­sas, y los de las pe­que­ñas, y apren­dí a sa­car mis pro­pias con­clu­sio­nes. Con las pri­me­ras ac­cio­nes que com­pré per­dí to­da la in­ver­sión. Una gran lec­ción. GQ: ¿Cuál es en­ton­ces su fi­lo­so­fía? R. H. D.: La cons­tan­cia en el apren­di­za­je y el sen­ti­do de la res­pon­sa­bi­li­dad. GQ: ¿Le in­co­mo­da apa­re­cer en las lis­tas de los fi­lán­tro­pos más in­flu­yen­tes? R. H. D.: Me gus­ta. Em­pe­cé mi fun­da­ción en 1983 con una con­tri­bu­ción de un mi­llón de dó­la­res. Me gus­ta ha­cer co­sas por los de­más. La fa­mi­lia, los ami­gos y la so­cie­dad son par­te im­pres­cin­di­ble de la sa­lud emo­cio­nal. Ellos dan fe­li­ci­dad, el di­ne­ro no.

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