GQPEDIA

Beau Brum­mell, el primer hom­bre GQ de la his­to­ria.

GQ (Spain) - - Sumario -

El be­llo Brum­mell, como se ha­cía lla­mar, no hi­zo de­ma­sia­das co­sas úti­les en su vida ni tam­po­co de­mos­tró nin­gún ta­len­to es­pe­cí­fi­co más allá de ser un cam­peón em­pi­nan­do el co­do o gas­tán­do­se mi­les de li­bras en ro­pa. El mé­ri­to de es­te ár­bi­tro de la vida so­cial bri­tá­ni­ca del si­glo xix con­sis­te en ha­ber ejer­ci­do de sí mis­mo has­ta el día de su muer­te y ser ad­mi­ra­do por ello. Él y su cir­cuns­tan­cia cons­ti­tu­yen al­go di­fí­cil de cuan­ti­fi­car y tam­po­co re­sul­ta sen­ci­llo ca­te­go­ri­zar­lo en nin­gu­na ac­ti­vi­dad pro­fe­sio­nal. Pe­ro sin mie­do a pi­llar­nos los de­dos po­de­mos afir­mar que se tra­ta de un per­so­na­je úni­co, de esos que na­cen ca­da mil años –como Je­su­cris­to o Francisco Ni­co­lás Gómez Igle­sias–, que nos re­con­ci­lian con el la­do ama­ble de la vida y con­si­guen ins­pi­rar­nos de ver­dad.

Al in­ven­tor del dan­dis­mo le atri­bu­yen tan­tas le­yen­das y de­li­tos que cues­ta se­pa­rar el grano de la pa­ja. Pe­ro an­tes de ex­pli­car quién fue de­be­mos acla­rar quién no fue. Pe­se a lo que se di­ce, ni in­ven­tó el es­mo­quin tal y como lo co­no­ce­mos hoy ni es­tu­vo en la cár­cel por ha­ber ma­ta­do a na­die. Sí creó el tra­je mo­derno y po­pu­la­ri­zó el uso del cor­ba­tón –la cor­ba­ta ac­tual la creó Jes­se Langs­dorf en el si­glo xx –, y sí, tam­bién es­tu­vo en pri­sión, pe­ro por cul­pa de los pu­fos que fue de­jan­do en za­pa­te­rías, sas­tre­rías, som­bre­re­rías y otros tem­plos del buen ves­tir. Él, que creía es­tar por en­ci­ma del bien y del mal, aca­bó sus úl­ti­mos días exi­lia­do en Fran­cia, don­de mu­rió si­fi­lí­ti­co per­di­do y más lo­co que un so­na­je­ro.

Pe­ro an­tes de su ce­le­bra­da caí­da –so­bre to­do por sus acree­do­res–, Beau Brum­mell hi­zo lo que qui­so, cuan­do qui­so y como qui­so. Se for­mó en Eton y Ox­ford , don­de co­no­ció a su má­xi­mo va­le­dor y ami­go, el prín­ci­pe de Ga­les y fu­tu­ro rey Jor­ge IV. Allí se co­deó con lo más gra­na­do de la al­ta so­cie­dad in­gle­sa y con­quis­tó a to­dos gra­cias a su len­gua afi­la­da. Pro­bó suer­te en el ejér­ci­to –al­can­zó el gra­do de ca­pi­tán– y pron­to se con­vir­tió en el pe­re­jil de to­das las sal­sas pu­dien­tes. Su pa­dre, se­cre­ta­rio pri­va­do de lord North y go­ber­na­dor de Berks­hi­re, fue quien ama­só la pe­que­ña for­tu­na que nues­tro pro­ta­go­nis­ta he­re­da­ría a los 21 años. En ese mo­men­to el per­so­na­je al­can­zó un ful­gor ce­ga­dor: ves­ti­do como un dios y sin ne­ce­si­dad de ga­nar­se la vida, se de­di­có en cuer­po y al­ma a la ex­hi­bi­ción y el ca­chon­deo.

La amis­tad que for­jó con quien más tar­de se con­ver­ti­ría en Jor­ge IV de Reino Uni­do y Han­no­ver le abrió las puer­tas de sun­tuo­sos sa­lo­nes y soi­rées de lu­jo. Brum­mell acon­se­ja­ba a su ami­go en ma­te­ria de es­ti­lo y jun­tos for­ma­ron el bro­man­ce más co­men­ta­do e hi­per­bó­li­co de la épo­ca. Di­cen que el en­ton­ces prín­ci­pe de Ga­les, que a me­nu­do ves­tía de sa­tén rosa con cha­que­tas ador­na­das con len­te­jue­las, se gas­ta­ba cien mi­les li­bras al mes en tra­pos. Su ami­go tra­tó de equi­li­brar el ex­ce­so y lo me­tió en cin­tu­ra: pu­so de mo­da el con­jun­to de ca­sa­ca, cha­le­co y pan­ta­lón. Así em­pe­zó a ga­nar­se el res­pe­to –y tam­bién las an­ti­pa­tías– de su en­torno. Se con­ser­va­ba en cham­pán y ha­bla­ba de lo abs­trac­to y lo con­cre­to como si co­no­cie­ra la ver­dad es­con­di­da de to­das las co­sas.

Sin una tra­di­ción fa­mi­liar glo­rio­sa ni ga­lo­nes en su ha­ber, la úni­ca ma­ne­ra que Brum­mell en­con­tró pa­ra im­pre­sio­nar al per­so­nal fue la sa­li­da de tono con­ti­nua y el ejer­ci­cio del cons­pi­cuously in­cons­pi­cuous, como él bau­ti­zó su téc­ni­ca, al­go así como tra­tar de pa­sar no­to­ria­men­te des­aper­ci­bi­do (im­po­si­ble si te­ne­mos en cuen­ta el ca­rác­ter ex­ce­si­vo e irre­ve­ren­te de es­te dan­di). Pe­se a su apa­ren­te ele­gan­cia, a la ho­ra de sa­car la car­te­ra de pa­seo de­mos­tró te­ner me­nos gen­ti­le­za. Ase­dia­do por las deu­das, en 1816 se vio obli­ga­do a huir a Fran­cia. Lo nom­bra­ron cón­sul en Caen, ca­pi­tal de la re­gión de Baja Nor­man­día.

La tran­qui­li­dad le du­ró dos años, lo que tar­dó en vol­ver a ha­cer de las su­yas con los ar­te­sa­nos lo­ca­les. Se que­dó sin blan­ca e in­gre­só en una pri­sión ga­la. Sus úl­ti­mos días los pa­só en un sa­na­to­rio men­tal, con la mi­ra­da pues­ta en un pa­sa­do de fan­ta­sía. To­tal­men­te en­lo­que­ci­do, si­guió or­ga­ni­zan­do ce­nas fic­ti­cias en su dor­mi­to­rio con in­vi­ta­dos in­vi­si­bles. Dan­di y fi­gu­ra has­ta la se­pul­tu­ra.

GQ UOTES

• "Pa­ra te­ner éxi­to con las mu­je­res hay que tra­tar a las ver­du­le­ras como du­que­sas y a las du­que­sas como ver­du­le­ras".

• "Si la gen­te te mi­ra cuan­do ca­mi­nas por la ca­lle pue­de sig­ni­fi­car va­rias co­sas: vas mal ves­ti­do, ca­mi­nas muy rí­gi­do o quie­ren ser como tú".

• "Nun­ca ve­rás a un hom­bre acom­pa­ña­do de una mu­jer cal­va o que ten­ga ba­rri­ga. Si lo ves, ma­la suer­te".

• "Fí­ja­te en lo mal que es­ta­rá el mun­do que la gen­te se vuel­ve lo­ca con mis ab­sur­di­da­des. Fran­ca­men­te, no lo en­tien­do".

• "No hay na­da más vul­gar que co­mer co­sas ver­des. Una vez pro­bé un gui­san­te y fue ho­rri­ble".

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