En de­fen­sa de la soltería

¿Que no eres de la sec­ta de los em­pa­re­ja­dos? Per­dón, de su club guay…

GQ (Spain) - - GQ Listas - POR AL­FRE­DO MU­RI­LLO

1.

Va­mos a po­ner­nos de acuer­do an­tes de en­trar en fae­na por­que, si que­re­mos triun­far, te­ne­mos que es­tar en el mis­mo bar­co.

2. Las pa­re­jas son una sec­ta.

3.

Si le pre­gun­tas a al­gu­na pa­re­ja si es cier­to, di­rán que no.

4.

No te van a de­cir la ver­dad. Que son una sec­ta, no son ton­tos.

5.

Por nor­ma ge­ne­ral, la gen­te no quie­re en­trar en una sec­ta.

6.

Ni si­quie­ra la gen­te que es­tá muy abu­rri­da.

7.

Como ha­ces con cual­quier sec­ta, lo me­jor es pre­pa­rar­se men­tal­men­te pa­ra que no pue­dan con­tro­lar­te y con­ver­tir­te en una de esas per­so­nas que llo­ra co­mien­do he­la­do el día de San Va­len­tín.

8.

Por­que eso es lo que quie­ren ellos. Les en­can­ta ha­cer­te sen­tir mal pa­ra que no te que­de otra op­ción que unir­te a su club.

9.

O qui­zá son fa­bri­can­tes de he­la­dos.

10.

Cual­quie­ra de las dos op­cio­nes sue­na bas­tan­te ló­gi­ca.

11.

Con es­to cla­ro, te pre­pa­ras pa­ra ir a ce­nar con to­dos tus ami­gos em­pa­re­ja­dos. Es­tás tú so­lo an­te el pe­li­gro.

12.

An­tes de sa­lir, bus­ca tu re­fu­gio men­tal. Uno en el que te sien­tas se­gu­ro y al que re­cu­rrir cuan­do la co­sa se pon­ga fea.

13.

Aquel día que li­gas­te por par­ti­da tri­ple pue­de ser un can­di­da­to per­fec­to a re­fu­gio.

14.

La in­du­men­ta­ria con la que acu­das al en­cuen­tro es fun­da­men­tal pa­ra so­bre­vi­vir: vís­te­te como si tu­vie­ras 18 años.

15.

Una su­da­de­ra, una go­rra y unas de­por­ti­vas se­rán tu es­cu­do en es­ta mi­sión. Con eso de­be­ría bas­tar pa­ra es­can­da­li­zar un po­co.

16.

Por­que el primer pa­so es des­con­cer­tar­los to­do lo po­si­ble pa­ra neu­tra­li­zar sus su­per­po­de­res.

17.

Se han sen­ti­do in­có­mo­dos na­da más ver­te apa­re­cer, así que ten­sa los múscu­los por­que el primer "¿cuán­do pien­sas sen­tar la ca­be­za?" va a lle­gar an­tes de pe­dir los en­tran­tes.

18.

Ha lle­ga­do el mo­men­to de ha­blar del te­ma que de­fi­ne a to­das las pa­re­jas mo­der­nas: las se­ries que ven jun­tos.

19.

Te en­car­gas de de­jar bien cla­ro que aho­ra lo que lo peta es Theaf­fair.

20.

Pa­sas los si­guien­tes 40 mi­nu­tos ex­pli­cán­do­les el ar­gu­men­to y lo tre­men­da­men­te real que es. Por­que esas co­sas pa­san, cla­ro. Es­to úl­ti­mo su­brá­ya­lo al fi­nal de ca­da fra­se.

21.

Es­tán in­se­gu­ros, así que aho­ra to­ca es­cu­char las his­to­rias de có­mo se co­no­cie­ron y de los flechazos ins­tan­tá­neos.

22.

Aun­que tú se­pas que tu ami­go Raúl es­tu­vo ma­ri­po­sean­do (en el más he­te­ro­se­xual de los sen­ti­dos) du­ran­te tres me­ses an­tes de "de­fi­nir su re­la­ción" con Lu­cía.

23.

Y por "de­fi­nir su re­la­ción" con ella se re­fe­ría a asimilar que su com­pa­ñe­ra de pi­so no le ha­ría ca­so en la vida.

24.

"¿Y no te lla­ma la aten­ción for­mar una fa­mi­lia? Te es­tás ha­cien­do ma­yor".

25.

¡Rá­pi­do! ¡Al re­fu­gio!

26.

Mien­tras si­gues re­cor­dan­do có­mo fue aque­lla no­che en la que te eri­gis­te como el ma­yor triun­fa­dor de tu Eras­mus –sí, el tri­ple­te fue de Eras­mus y eso cuen­ta la mi­tad, pe­ro me­jor no de­cir­lo–, Iña­ki y Carlos se que­dan sin ojos por cul­pa de la ca­ma­re­ra.

27.

Aho­ra pue­des sa­lir de tu re­fu­gio. Ha lle­ga­do el mo­men­to del con­tra­ata­que.

28.

Es­ta­ble­ces con­tac­to vi­sual con ella. Con sus ojos, a po­der ser. Tie­nes que de­mos­trar­le a tus co­men­sa­les que eres un se­duc­tor, no un ob­se­so.

29.

Le pi­des su nú­me­ro y ella te lo da, al fin y al ca­bo eres el úni­co de esa me­sa al que la vida en pa­re­ja no le ha he­cho per­der el pe­lo ni desa­rro­llar un li­ge­ro –no tan li­ge­ro– abul­ta­mien­to en la zo­na es­to­ma­cal.

30.

Ya tie­nes a la mi­tad mas­cu­li­na de tu me­sa en el bo­te. Eres su hé­roe. Te odian y te ad­mi­ran a par­tes igua­les.

31.

Laura, no­via de Iña­ki y lí­der de es­ta sec­ta, in­ten­ta su úl­ti­ma em­bes­ti­da a la de­ses­pe­ra­da.

32.

"¿E hi­jos? ¿No que­rrás? Por­que si los quie­res, no mo­la eso de ser un pa­dre abue­lo", di­cen ape­lan­do a la san­ta ma­dre Bio­lo­gía.

33.

Es en­ton­ces cuan­do cie­rran los ojos mi­ran­do ha­cia el te­cho, so­lo que no ven el te­cho por­que han ce­rra­do­los ojos de fin­gi­da in­dig­na­ción. Ade­más, chas­can la len­gua y mue­ven la ca­be­za como Ste­vie Won­der por­que sa­ben lo que te con­vie­ne y a ti no.

34.

Lle­ga­dos a es­te pun­to, in­cons­cien­te de ti –pues ig­no­ras to­do lo que pa­sa a tu al­re­de­dor– apro­ve­chas la ce­gue­ra mo­men­tá­nea de tus co­men­sa­les pa­ra le­van­tar­te y po­ner­te la ame­ri­ca­na en un úni­co y piz­pi­re­to mo­vi­mien­to que in­clu­ye aga­rrar de la cin­tu­ra a la ca­ma­re­ra gua­pa, que ca­sual­men­te aca­ba de ter­mi­nar su turno.

35.

La pos­tal fi­nal de es­te ma­ni­fies­to com­pren­de a tus ami­gos in­vi­den­tes en­to­nan­do su sor­da le­ta­nía (a quie­nes tam­po­co tú pue­des ver, pe­ro te ima­gi­nas) por­que es la mis­ma que pro­nun­cia­ron ha­ce seis me­ses y que ten­drá su bis en otra ce­na a la que no acu­di­rás con esa chi­ca que hoy has co­no­ci­do por­que no quie­res dar­le ce­los a la ca­ma­re­ra que os atien­da ese día.

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