LA GQPEDIA

GQ (Spain) - - Sumario -

Roy Batty, un

re­pli­can­te con mie­do a mo­rir.

Roy Batty ve có­mo se acer­ca su cuar­to cum­plea­ños, el lí­mi­te de to­do re­pli­can­te Ne­xus 6 . Ca­da día que pa­sa es una cuen­ta atrás pa­ra él y pa­ra los su­yos, fu­ga­dos de las co­lo­nias ga­lác­ti­cas en bus­ca de unos mi­nu­tos más de vi­da, al­go que pro­lon­gue su fe­cha de ca­du­ci­dad. Po­dría­mos de­cir que Batty tie­ne mie­do a mo­rir pe­ro más que mie­do es una ho­rri­ble sen­sa­ción de des­per­di­cio. To­do pa­ra es­to: las co­sas que na­die cree­ría, las na­ves ar­dien­do más allá de Orión , los ra­yos en Tann­häu­ser…

El pro­ble­ma de Batty es su vir­tud: lo han he­cho per­fec­to. Tan per­fec­to que no pue­de con­ce­bir que esa per­fec­ción se des­ha­ga, sus úl­ti­mos días con­ver­ti­dos en una hui­da ha­cia ade­lan­te en el im­per­so­nal y me­cá­ni­co Los Án­ge­les de 2019 , una eva­sión sin vic­to­ria. Batty sa­be que va a mo­rir y eso le en­tris­te­ce, pe­ro al me­nos sa­be lo que es y lo que le es­pe­ra. En el uni­ver­so de Bla­de Run­ner, la adap­ta­ción al ci­ne de ¿Sue­ñan los an­droi­des con ove­jas eléc­tri­cas?, del es­cri­tor Phi­lip K. Dick , es de los po­cos que lo tie­nen cla­ro. Ni si­quie­ra Dec­kard , el am­bi­guo ca­za­dor de re­pli­can­tes in­ter­pre­ta­do por Ha­rri­son Ford , pue­de po­ner la mano en el fue­go.

Dec­kard y Batty es­tán con­de­na­dos a en­fren­tar­se, aun­que los dos pre­fe­ri­rían no ha­cer­lo. An­te la evi­den­te fra­gi­li­dad del po­li­cía, con su ten­den­cia al al­coho­lis­mo y a la au­to­des­truc­ción , que­da la exu­be­ran­te arro­gan­cia del re­pli­can­te, los múscu­los que le pres­tó el ac­tor Rut­ger Hauer pa­ra la pe­lí­cu­la, ese pe­lo blan­co ra­diac­ti­vo, los ojos azu­les ca­si trans­pa­ren­tes y la dic­ción tran­qui­la, mar­can­do las pa­la­bras con un tono me­siá­ni­co mien­tras aca­ri­cia su pa­lo­ma blan­ca y un neón de TDK ilu­mi­na el enor­me ba­rrio chino de don­de na­die pa­re­ce po­der sa­lir.

Hay al­go ro­bó­ti­co en Batty, co­mo no po­dría ser de otra ma­ne­ra, y hay al­go hu­mano en Dec­kard, pe­ro eso no quie­re de­cir mu­cho. El ima­gi­na­rio de Phi­lip K. Dick es un ima­gi­na­rio de es­qui­zo­fré­ni­cos , de me­mo­rias in­du­ci­das, de dis­tin­ción im­po­si­ble en­tre la reali­dad y lo que ca­da uno cree que es la reali­dad. Un mun­do de gen­te so­li­ta­ria: el in­ge­nie­ro J. F. Sebastian, la re­pli­can­te Ra­chel, el pro­pio mul­ti­mi­llo­na­rio Ty­rell con sus par­ti­das de aje­drez . Co­ches que ate­rri­zan en ba­rrios hú­me­dos don­de los se­má­fo­ros re­pi­ten:"cru­cen, cru­cen, cru­cen…"; o lo con­tra­rio: "Quie­tos, quie­tos, quie­tos…".

A la vez, hay al­go ro­bó­ti­co en Dec­kard, in­ca­paz de es­ca­par de su des­tino ca­si fun­cio­na­rial, y hay al­go hu­mano en Batty, que se ape­ga a la vi­da y al amor por Pris , la re­pli­can­te de pi­rue­tas y mus­los prie­tos. Un nue­vo jue­go de es­pe­jos. Qui­zás a Rid­ley Scott y a Hauer se les fue un po­co la mano con ese úl­ti­mo mo­nó­lo­go –de he­cho, el ac­tor re­for­mu­ló so­bre la mar­cha bue­na par­te de lo que ha­bía es­cri­to el guio­nis­ta–, pe­ro sin esas úl­ti­mas pa­la­bras, sin ese ren­dir­se ele­gan­te y de­ca­den­te a la vez, Batty no ha­bría pa­sa­do a la his­to­ria: la pri­me­ra má­qui­na me­lan­có­li­ca, el vi­llano que ayu­da al hé­roe, que le per­do­na la vi­da en el úl­ti­mo mo­men­to, qui­zá por­que aca­ba re­co­no­cién­do­lo co­mo un igual.

Batty, con el pe­cho des­cu­bier­to en me­dio de una llu­via to­rren­cial, apu­ran­do sus úl­ti­mos se­gun­dos de vi­da in­mer­so en un de­li­rio ; o lo que in­tui­mos que es un de­li­rio por­que, ya que­dó di­cho, es di­fí­cil sa­ber na­da a cien­cia cier­ta. Ha­brá quien lo vea co­mo una ame­na­za y quien lo vea co­mo un Es­par­ta­co ci­ber­né­ti­co. "Es to­da una ex­pe­rien­cia vi­vir muer­to de mie­do, ¿ver­dad? Bueno, pues en eso con­sis­te ser un es­cla­vo", le di­ce a Dec­kard mien­tras es­te se aga­rra con una mano del hie­rro que le se­pa­ra del abis­mo, los re­cuer­dos bo­rra­dos en el tiem­po co­mo las lá­gri­mas en la llu­via. El hom­bre sin pa­sa­do que no de­ja de re­pa­sar fo­tos pa­ra ase­gu­rar­se de que son su­yas, de que él es él y no la re­cons­truc­ción de otro, cual­quier otro, ro­dea­do de pan­ta­llas gi­gan­tes que no ven­den es­pe­ran­za sino que se li­mi­tan, co­mo él, a cum­plir ór­de­nes.

GQ UOTES

• "He vis­to co­sas que vo­so­tros no cree­ríais. Des­truc­to­res en lla­mas más allá de Orión, Ra­yos-c bri­llar en la os­cu­ri­dad cer­ca de la Puer­ta

de Tann­häu­ser… To­dos esos mo­men­tos se per­de­rán en el tiem­po, co­mo las lá­gri­mas en la llu­via. Es ho­ra de mo­rir".

• "No es fá­cil pa­ra na­die co­no­cer a su crea­dor. Quie­ro más vi­da, pa­dre".

• "He he­cho al­gu­nas co­sas muy cues­tio­na­bles".

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