El vino hon­ra­do

EM­PRE­SA­RIO BO­DE­GUE­RO Las re­vis­tas y guías es­pe­cia­li­za­das, y los crí­ti­cos in­so­bor­na­bles, si­túan sus bo­de­gas en­tre las me­jo­res del mun­do. Bas­ta con des­cor­char un Mar­qués de Murrieta pa­ra en­ten­der los por­qués.

GQ (Spain) - - Not Personal, Just Business -

Vi­cen­te Ce­brián-sa­ga­rri­ga, con­de de Crei­xell, po­dría ha­ber­se de­di­ca­do per­fec­ta­men­te a vi­vir la vi­da y a dis­fru­tar de la he­ren­cia fa­mi­liar. Sin em­bar­go, pre­fi­rió tra­ba­jar. Mu­cho. Mu­chí­si­mo. Hoy, a sus 45 años, es­te sol­te­ro de oro –ha­bi­tual de las lis­tas de Va­nity Fair– re­co­ge la co­se­cha de los es­fuer­zos que han con­ver­ti­do su ca­sa, Mar­qués de Murrieta, en una de las me­jo­res bo­de­gas del mun­do. To­do em­pe­zó en un día tris­te, el más tris­te de su vi­da. GQ: Tu pa­dre, Vi­cen­te, fa­lle­ció ines­pe­ra­da­men­te con 48 años, lo que, con ape­nas 25, te si­tuó al fren­te de to­dos sus ne­go­cios. ¿Có­mo lo afron­tas­te? VI­CEN­TE CE­BRIÁN - SA­GA­RRI­GA: Con ab­so­lu­to ho­rror, y no por las im­pli­ca­cio­nes pro­fe­sio­na­les, sino por el va­cío te­rro­rí­fi­co que nos que­dó; él era ese ti­po de per­so­na que en­tra­ba en un si­tio y lle­na­ba to­do el es­pa­cio. Nos quedamos ab­so­lu­ta­men­te so­los… mi ma­dre, mis her­ma­nas pe­que­ñas y yo. Aun me cues­ta re­cor­dar­lo. GQ: ¿Y los ne­go­cios? V. C.: Me ob­se­sio­né con es­tar a la al­tu­ra, no de las cir­cuns­tan­cias, a la al­tu­ra de mi pa­dre. Me re­pe­tía to­do el tiem­po: "Pue­do ser igual que él, pue­do ser igual que él". Qui­tar­me esa pre­sión me cos­tó mu­chí­si­mo. Mi pa­dre mue­re un sá­ba­do y el lu­nes me reúno con los tra­ba­ja­do­res. Ade­más de las bo­de­gas [Mar­qués de Murrieta, en Rio­ja, y Pa­zo Ba­rran­tes, en Rías Bai­xas], era so­cio fun­da­dor de An­te­na 3 Ra­dio, te­nía el pe­rió­di­co Ya, ne­go­cios in­mo­bi­lia­rios… Aquel lu­nes les lan­cé un men­sa­je que no me creía ni yo. Re­cé un Pa­dre nues­tro y di­je: "Tran­qui­los, no os preo­cu­péis, yo es­toy aquí". No fue fá­cil, co­mo tam­po­co lo fue con los ban­cos. GQ: ¿A qué te afe­rras­te? V. C.: Me di cuen­ta de que mi pa­dre me ha­bía de­ja­do otra he­ren­cia que yo no sos- pe­cha­ba, una for­ma de ser que cree en el es­fuer­zo dia­rio, la se­rie­dad, la éti­ca pro­fe­sio­nal, la hon­ra­dez… el tra­ba­jo du­ro. GQ: Va­lo­res que no abun­dan… V. C.: Me cen­tré en el vino y me fui des­vin­cu­lan­do del res­to de em­pre­sas. En Murrieta y Ba­rran­tes cree­mos en el lar­go pla­zo. Al mar­gen de la ca­li­dad, en el vino lo que im­por­ta es la hon­ra­dez; el vino hon­ra­do es el que pro­ce­de de uvas que tú mis­mo has aca­ri­cia­do y lle­va­do a ba­rri­cas no­bles, sin ar­ti­fi­cios, usan­do lo que la na­tu­ra­le­za te da. Me sien­to muy or­gu­llo­so de ha­cer­lo así. GQ: ¿Qué em­pu­jó a tu pa­dre a com­prar Mar­qués de Murrieta, fun­da­da en 1852? V. C.: Era un apa­sio­na­do del mun­do del vino y un tre­men­do em­pren­de­dor. Una no­che, en un res­tau­ran­te de Ma­drid, coin­ci­dió con la fa­mi­lia Murrieta y, en­tre vi­nos, le ofre­cie­ron la bo­de­ga. La com­pró, tal cual. Pe­ro lo que pa­re­cía un im­pul­so lo­co le atra­pó de ver­dad, se enamo­ró de aque­llo y nos con­ta­gió la idea de una fa­mi­lia uni­da en torno a un pro­yec­to de vi­da. GQ: ¿Pe­ro tú qué que­rías ser? V. C.: Me en­can­ta­ba la ar­qui­tec­tu­ra, pe­ro por amor a mi pa­dre, por pe­lear por sus sue­ños, no me dio tiem­po a so­ñar. Con 25 años, cuan­do tus ami­gos es­ta­ban ha­cien­do co­sas de esa edad, yo ya co­no­cía 40 paí­ses en los que íba­mos abrien­do mercado, y to­do sin de­jar de es­tu­diar [es li­cen­cia­do en Eco­nó­mi­cas, Em­pre­sa­ria­les y De­re­cho por la Uni­ver­si­dad de Na­va­rra]. GQ: ¿Cuál es tu apor­ta­ción a la fir­ma? V. C.: Yo soy un es­la­bón en la his­to­ria de una bo­de­ga mí­ti­ca, la pri­me­ra de La Rio­ja. Murrieta es­tá por en­ci­ma de mí. Mi co­me­ti­do es po­ner­la al día res­pe­tan­do el pa­sa­do. He traí­do ideas jó­ve­nes y el mercado, afor­tu­na­da­men­te, nos es­tá dan­do la ra­zón. GQ: ¿Có­mo ha­béis afron­ta­do la cri­sis? V. C.: Me pa­re­ce­ría una chu­le­ría de­cir que muy bien, pe­ro gra­cias a Dios no la he­mos vivido co­mo otras bo­de­gas, ya que ex­por­ta­mos el 70%. Nues­tros ries­gos es­tán muy di­ver­si­fi­ca­dos. En pre­cios no es­ta­mos al ni­vel de Fran­cia… pe­ro to­do lle­ga­rá. GQ: ¿Có­mo afec­tan las mo­das al vino? V. C.: Pre­fie­ro se­guir en mi lí­nea por­que si te apun­tas a una mo­da co­mo, por ejem­plo, la de los vi­nos po­ten­tes de no ha­ce mu­cho, ma­ña­na es­tás arri­ba pe­ro pa­sa­do aba­jo. GQ: ¿Y el boom de los mil bo­de­gue­ros? V. C.: La di­ver­si­dad es bue­na pa­ra la ri­que­za vi­ní­co­la de un país. Si bien es cier­to que vi­vi­mos un mo­men­to en el que to­do cons­truc­tor, fut­bo­lis­ta o fa­mo­so qui­so te­ner su pro­pio vino. Ca­si to­dos fra­ca­sa­ron por­que no en­ten­die­ron el con­cep­to del lar­go pla­zo. El pro­ble­ma es que ese boom ma­cha­có par­te, so­lo par­te, de la mar­ca Es­pa­ña en el mun­do. GQ: Por­que no to­do va­le… V. C.: No­so­tros he­mos vivido mo­men­tos com­pli­ca­dí­si­mos, co­mo te­ner que de­mo­rar la sa­li­da al mercado de una aña­da por no es­tar en con­di­cio­nes… Y pa­ra ha­cer eso hay que ser muy pro­fe­sio­nal. Tu clien­te no se pue­de en­fa­dar nun­ca, ja­más. GQ: ¿Có­mo lle­vas los pre­mios? V. C.: Los agra­dez­co de co­ra­zón, pe­ro no me ha­cen per­der el Nor­te. Lo que ha­go me apa­sio­na, por eso me le­van­to fe­liz to­dos los días. Ese es mi pre­mio. Co­mo tam­bién lo fue la pre­sen­cia de don Juan Car­los tras su ab­di­ca­ción en la rei­nau­gu­ra­ción de Castillo de Ygay, nues­tra se­de… eso y los 190 pe­rio­dis­tas que le se­guían [ri­sas]. GQ: ¿Qué crees que te di­ría hoy tu pa­dre si es­tu­vie­se en­tre no­so­tros? V. C.: Uf. ¡Qué di­fí­cil! Creo que se sen­ti­ría or­gu­llo­so, fe­liz de ver­nos fe­li­ces a no­so­tros. El úni­co sue­ño que me he per­mi­ti­do es que mi ma­dre y mis her­ma­nas vol­vie­ran a son­reír, a es­tar tran­qui­las. Creo que lo he con­se­gui­do.he­pues­to­mi­vi­dae­ne­lem­pe­ño.

"Creo en el es­fuer­zo dia­rio, en la se­rie­dad, en la éti­ca pro­fe­sio­nal, en la hon­ra­dez… en el tra­ba­jo du­ro"

En Li­ma, las va­llas pu­bli­ci­ta­rias fil­tran tan­ta con­ta­mi­na­ción co­mo 1.200 ár­bo­les. utec.edu.pe La com­pa­ñía por­tu­gue­sa Ve­niam con­vier­te los co­ches en pun­tos de ac­ce­so a in­ter­net. ve­niam.com

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Los au­to­bu­ses eléc­tri­cos de Pro­te­rra re­pos­tan su com­bus­ti­ble a tra­vés de un pun­to de car­ga co­lo­ca­do so­bre la carrocería. pro­te­rra.com El sis­te­ma de con­trol de trá­fi­co sin­cro­ni­za­do de Los Án­ge­les aho­rra has­ta un 12% del tiem­po de­di­ca­do a ca­da tra­yec­to. le­gin­fo.ca.gov

Ja­guar ul­ti­ma co­ches que mues­tran da­tos del trá­fi­co en el pa­ra­bri­sas. El mo­no­rraíl de Sh­weeb, que ya es­tá en mar­cha en el cuar­tel ge­ne­ral de Goo­gle en Ca­li­for­nia, fun­cio­na con ener­gía so­lar. sh­weeb.com En Nue­va Jer­sey ya se trans­por­tan en te­le­fé­ri­cos im­pul­sa­dos por ener­gía so­lar. jpods.com Sca­nia pro­ba­rá en Suecia el pri­mer bus car­ga­do de for­ma inalám­bri­ca. sca­nia.com

ver­des

Es­cá­ne­res si­tua­dos en el al­can­ta­ri­lla­do de Bos­ton de­tec­tan bro­tes de en­fer­me­da­des an­tes de que se ex­tien­dan. sen­sea­ble.mit.edu En Lon­dres se han crea­do ca­rri­les pro­gra­ma­dos pa­ra dar prio­ri­dad a las bi­cis so­bre cual­quier otro vehícu­lo. tfl.gov.uk

Di­na­mar­ca dis­tri­bu­ye GPS en­tre per­so­nas sin ho­gar pa­ra que lo­ca­li­cen los al­ber­gues cer­ca­nos. oden­se.dk Las ca­bi­nas te­le­fó­ni­cas de Nue­va York se­rán re­em­pla­za­das pron­to por pun­tos de ac­ce­so a Wi-fi. link.nyc El pre­cio del par­king en Ma­drid po­dría ajus­tar­se a la can­ti­dad de CO2 que emi­ta ca­da vehícu­lo. ma­drid.es

1. Pu­ri­fi­ca­do­res 4. 5. As­cen­sor pa­ra bi­ci­cle­tas 6. Sin tar­je­ta 2. El Wi-fi se mue­ve 3. Obras mo­ni­to­ri­za­das

13. Vías rá­pi­das 14. 8. Via­je por el sol 12. Bu­ses que se en­chu­fan por 10. Au­to­bu­ses eléc­tri­cos 20. Pro­yec­to LIN­KNYC 15. ¡Aler­ta, ci­clis­tas! 16. GPS pa­ra to­dos 9. Par­quí­me­tros 11. Aná­li­sis de re­si­duos 17. Ca­rri­les so­la­res 18. ¡Un si­tio li­bre! 1

7. Co­mo en

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