LA DÉ­CA

(2005 - 2015) Pe­né­lo­pe

GQ (Spain) - - Travelling -

Su­dá­fri­ca

Ca­si­llas

R. N.: Yo siem­pre he si­do una per­so­na de gru­po. No dis­fru­to na­da es­tan­do so­lo. Me gus­ta es­tar con la gen­te. Creo que las vic­to­rias sa­ben mu­cho me­jor cuan­do las ce­le­bras en gru­po. Evi­den­te­men­te, en la foto, siem­pre sal­go so­lo… con la co­pa, en mi­tad de la pis­ta… pe­ro eso es más bien un ac­to so­lem­ne. Al­go bo­ni­to y que se vi­ve de un mo­do es­pe­cial, pe­ro que pa­sa. Yo siem­pre in­ten­to vi­vir y ce­le­brar en gru­po. GQ: ¿Y las de­rro­tas? R. N.: Tam­bién son me­nos com­pli­ca­das si las vi­ves acom­pa­ña­do. Aun­que hay al­go de ver­dad en lo que di­ces. El te­nis es un de­por­te in­di­vi­dual en mu­cho sen­ti­dos y a ve­ces re­sul­ta com­pli­ca­do. GQ: Leí ha­ce po­co, en una en­tre­vis­ta, unas de­cla­ra­cio­nes tu­yas que me lla­ma­ron la aten­ción. De­cías: "Mi ca­rre­ra ya es­tá he­cha". Aho­ra mis­mo, es­tás muy le­jos del top 5 en la lis­ta de la ATP; ló­gi­ca­men­te, vas a lu­char por vol­ver a lo más al­to, pe­ro me pre­gun­to: ¿te ves com­pi­tien­do en un fu­tu­ro no muy le­jano sin po­si­bi­li­da­des reales de ga­nar? ¿Po­drías dis­fru­tar del cir­cui­to dos o tres años más sa­bien­do que ya no es­tás en­tre los fa­vo­ri­tos? R. N.: [Na­dal se que­da ca­lla­do du­ran­te un buen ra­to, pen­san­do]. Mi­ra, es un te­ma que me re­sul­ta muy com­pli­ca­do res­pon­der. Qui­zá por­que to­da­vía no me en­cuen­tro en esa si­tua­ción. Ja­más la he vivido y, sin­ce­ra­men­te… no sé qué con­tes­tar. Me gus­ta lle­var la vi­da que lle­vo. Me sien­to có­mo­do via­jan­do y en­tre­nan­do ca­da día. Creo que es­te es­ti­lo de vi­da me gus­ta por­que en­cuen­tro en él una mo­ti­va­ción. El día que sien­ta que ya no pue­do con­se­guir ese al­go que real­men­te me mo­ti­va, qui­zá ha­ya lle­ga­do el mo­men­to de dar un pa­so ade­lan­te y bus­car otra co­sa. Pe­ro, sin­ce­ra­men­te, no creo que ese día es­te tan pró­xi­mo co­mo pa­ra plan­teár­me­lo. GQ: Cuan­do uno lle­ga a un cier­to ni­vel en su pro­fe­sión, a un ni­vel tan al­to co­mo el tu­yo, es inevi­ta­ble dis­po­ner de un gran equi­po a su al­re­de­dor pa­ra fa­ci­li­tar­le las co­sas: un je­fe de prensa, un en­tre­na­dor, un re­pre­sen­tan­te… ¿No sien­tes al final cier­ta des­co­ne­xión con la reali­dad, un ex­ce­so de pro­tec­ción? R. N.: Es ver­dad que uno ne­ce­si­ta, en cier­tos mo­men­tos, una pro­tec­ción res­pec­to al entorno, pe­ro nun­ca una que te ale­je del mun­do real. Hay gen­te den­tro del de­por­te o del es­pec­tácu­lo que ado­ra esa sen­sa­ción de ais­la­mien­to. La ne­ce­si­ta. A mí no me gus­ta na­da. Evi­den­te­men­te, ten­go mi equi­po. No pue­do es­tar to­do el día de un la­do pa­ra otro y ges­tio­nan­do asun­tos de prensa o de ne­go­cios. Ne­ce­si­to gen­te que me fa­ci­li­te cier­tas co­sas, pe­ro tam­bién gen­te que me di­ga no a otras. GQ: ¿Que te di­gan que no…? R. N.: Yo ten­go mu­cha suer­te en ese sen­ti­do. Creo que de pe­que­ño re­ci­bí la educación ade­cua­da. Soy de Ma­llor­ca, vi­vo en una is­la pe­que­ña; en cier­to mo­do, si­go vi­vien­do con mis pa­dres. Ten­go un equi­po que tra­ba­ja pa­ra mí; sí, cla­ro, pe­ro siem­pre han te­ni­do to­tal li­ber­tad pa­ra de­cir­me las co­sas a la ca­ra. Cuan­do las ha­go bien y cuan­do las ha­go mal. Si no fue­ra así, sen­ti­ría una gran de­cep­ción. Soy una per­so­na que siem­pre ha creí­do en la con­ti­nui­dad, en el día a día. Ja­más he des­pe­di­do a na­die de mi equi­po de con­fian­za. So­la­men­te hay dos op­cio­nes: o soy un fe­nó­meno eli­gien­do a las per­so­nas, co­sa que no con­si­de­ro, o soy muy au­to­crí­ti­co; al­guien que asu­me que cuan­do las co­sas van bien soy yo más la ayu­da de los de­más; y que cuan­do van mal si­go sien­do soy yo, pe­ro al me­nos sé que ade­más cuen­to con su ayu­da. La au­to­crí­ti­ca es vi­tal a la ho­ra de po­der man­te­ner un gru­po de tra­ba­jo al­re­de­dor de ti. Creo que soy una per­so­na bas­tan­te fá­cil en ge­ne­ral y que no ten­go gran­des pro­ble­mas con na­da. GQ: ¿Tie­nes bue­nos ami­gos den­tro del cir­cui­to o al final ca­da te­nis­ta va a lo su­yo? R. N.: Sí que es po­si­ble te­ner ami­gos den­tro del te­nis. Pe­ro hay un pro­ble­ma. Pa­ra te­ner una amis­tad ver­da­de­ra con al­guien tie­nes que te­ner una re­la­ción du­ra­de­ra en el tiem­po con esa per­so­na; y el tra­to den­tro del cir­cui­to es muy es­po­rá­di­co. Ca­da uno tie­ne sus ho­ra­rios, sus prio­ri­da­des. Nun­ca coin­ci­des el tiem­po su­fi­cien­te con otro ju­ga­dor co­mo pa­ra con­so­li­dar una re­la­ción nor­mal has­ta el pun­to de con­si­de­rar­la amis­tad. ¿Com­pa­ñe­ris­mo? ¿Lle­var­se bien? Por su­pues­to. Sin pro­ble­mas. ¿Otra co­sa…? Mi­ra, mis ami­gos de ver­dad, los de to­da la vi­da, los ten­go en Ma­na­cor. Es ver­dad que den­tro del mun­do de la ra­que­ta ten­go muy bue­na re­la­ción con com­pa­ñe­ros, pe­ro es por­que con ellos sí que he po­di­do pa­sar mu­cho tiem­po jun­tos fue­ra del te­nis. Car­los Mo­yà, por ejem­plo, o Juan Mó­na­co. Marc Ló­pez, Da­vid Fe­rrer, Fe­li­ciano Ló­pez… GQ: ¿No es un pro­ble­ma de ri­va­li­dad en­ton­ces? R. N.: ¡No! Pa­ra na­da. No ten­dría nin­gún pro­ble­ma en ser ami­go de Djo­ko­vic. O de Fe­de­rer. O de cual­quier otro de mis ri­va­les di­rec­tos en la pis­ta. Pe­ro lo que yo en­tien­do por amis­tad va más allá de coin­ci­dir de vez en cuan­do en los tor­neos. GQ: ¿Có­mo es tu vi­da fue­ra de la ra­que­ta? R. N.: Cuan­do vuel­vo a Ma­llor­ca lle­vo una vi­da to­tal­men­te nor­mal. De ver­dad. Ha­go exac­ta­men­te lo mis­mo que ha­ría cual­quier ami­go mío. Con­vi­vo con ellos, de he­cho, sin nin­gún pro­ble­ma; de una ma­ne­ra com­ple­ta­men­te ló­gi­ca y na­tu­ral. GQ: ¿No has te­ni­do que re­nun­ciar a na­da? R. N.: Te voy a ser muy sin­ce­ro. A mí el te­nis no me ha qui­ta­do ab­so­lu­ta­men­te na­da. Hay gen­te que ha­ce mu­chos sa­cri­fi­cios pa­ra triun­far; o ellos con­si­de­ran que los ha­cen. Mi tra­ba­jo es una de las co­sas que más me gus­ta en el mun­do. Ten­go esa suer­te. Lue­go, pri­me­ro: no es un sa­cri­fi­cio. Se­gun­do: to­das las co­sas que he he­cho en mi vi­da las he he­cho por­que he que­ri­do; na­die me ha obli­ga­do a ha­cer­las. Y ter­ce­ro: mi vi­da no so­lo es el te­nis. GQ: ¿Pue­des to­mar­te una co­pa de vez en cuan­do? R. N.: Si sal­go con mis ami­gos, sal­go con mis ami­gos. Si me ten­go que to­mar dos co­pas, me to­mo dos co­pas. Si quie­ro ju­gar una pa­chan­ga al fút­bol, pues la jue­go. Y si de pos­tre hay cho­co­la­te, pues me lo co­mo. Lue­go, cuan­do re­gre­so a la pis­ta de te­nis a entrenar y ju­gar lo ha­go con la má­xi­ma con­cen­tra­ción e in­ten­si­dad. ¿Que si echo de me­nos co­sas que ha­cen mis ami­gos? Qui­zá sí en la fre­cuen­cia o en el cuán­do, pe­ro des­de lue­go no en el qué. He he­cho y pro­ba­do ca­si to­das las co­sas que ha­ce la gen­te de mi edad. No sal­dré de fies­ta ca­da fin de se­ma­na, pe­ro sé lo que es. GQ: No es mal final pa­ra una en­tre­vis­ta. R. N.: Pues te di­ré una úl­ti­ma co­sa: siem­pre he he­cho lo que he que­ri­do ha­cer.

2005 Jawed Ka­rim sube el pri­mer ví­deo de la his­to­ria a You­tu­be, El Con­gre­so aprue­ba la ley del Na­dal con­si­gue le­van­tar su pri­mer tro­feo de con tan so­lo 19 años y dos días de edad (y eso que era la pri­me­ra vez que par­ti­ci­pa­ba en es­te tor­neo). se procl

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