Sois tan sá­ba­do

GQ (Spain) - - Gq Pirmas -

Se lo de­cía Uxío No­vo­ney­ra a Te­re­le Pá­vez, de la que an­da­ba enamo­ris­ca­do en el Gi­jón: –Eres tan sá­ba­do. An­dan aho­ra los ateos de­trás de los ca­tó­li­cos pa­ra de­cir­les: –Sois tan jue­ves. No sé si es­te año se or­ga­ni­za­rá una Na­vi­dad atea, pe­ro ha­ce años ya qui­so or­ga­ni­zar­se en Se­ma­na San­ta una ma­ni­fes­ta­ción atea, o sea, un sin­diós, y el Go­bierno no es­tá por la la­bor de dar per­mi­sos. La ocu­pa­ción de la ca­lle es­tá ca­ra, so­bre to­do en Jue­ves San­to, que es día de sa­lir con la cruz a cues­tas. Los que creí­mos en Dios lo ob­ser­va­mos to­do con un pun­to de pa­sión, co­mo si se me­tie­sen con una ex­no­via. No es lo mis­mo ser ateo que des­creí­do. Quie­ro de­cír­se­lo al ar­zo­bis­po de Santiago, pe­ro lo no­to in­có­mo­do.

–Us­ted me con­fir­mó, Pa­dre –le di­go–, y me sien­to el hi­jo bas­tar­do de un ga­chu­pín ve­ne­zo­lano.

–¿Ah, sí? –de nue­vo la son­ri­sa de bon­dad de mon­se­ñor, los dos en ese des­pa- aus­te­ro de la má­xi­ma au­to­ri­dad de Dios en la ciu­dad del cuer­po san­to.

–Sí, en la igle­sia de Cam­po­lon­go. A prin­ci­pios de los 90.

Lo re­cuer­do per­fec­ta­men­te por­que te­nía un po­lo Lacoste de ra­yas verdes y ro­jas, que pa­re­cía de Freddy Krue­ger, y fue la pri­me­ra vez que fui cons­cien­te de que en mi na­riz no iba to­do bien. Es­ta­ba co­mo agre­di­da. Aca­so ha­bía si­do mi pri­me­ra fo­to de per­fil. Su­pu­se que has­ta en­ton­ces mis pa­dres, co­mo los de Ju­lio Igle­sias, no ha­bían de­ja­do que me fo­to­gra­fia­sen de la­do. Me te­nían en­ga­ña­do. Me ha­cían pa­sar por gua­po.

–¡Qué es es­to! –y agi­ta­ba la fo­to por el pa­si­llo en­vuel­to en un llan­to des­con­so­la­do, pues en lu­gar de ca­tó­li­co, de lo úni­co que me ha­bía con­fir­ma­do era de na­ri­gón.

–La ra­que­ta, que le pe­ga­bas a la na­riz, en vez de a la bo­la.

Cuan­do lle­go a ca­sa y veo la fo­to com­prue­bo que no me ha con­fir­ma­do Ju­lián Ba­rrio, sino Rou­co Va­re­la. "Ya no se me es­ca­pa la ver­dad, ni a los ar­zo­bis­pos", pien­so de­sola­do. Es­toy por lla­mar­le y con­fe­sar­me, pe­ro tan­to tie­ne: Dios es com­pren­si­ble, o lo era cuan­do creía en él. Mi ami­ga Ta­rei­xa di­jo una vez que no le preo­cu­pa­ba si no­so­tros creía­mos en Dios, sino si Dios creía en no­so­tros.

Le pe­dí con­se­jo a Xa­co­be, que es el ami­go al que siem­pre vuel­vo cuan­do quie­ro un po­co de ai­re, y me con­tes­tó que Dios se mue­re de en­vi­dia co­mo el se­gu­ra­ta de una fiesta. Me gus­ta ima­gi­nár­me­lo apar­tan­do gen­te en la pis­ta mien­tras se di­ri­ge al ba­ño a sa­car por las so­la­pas a los án­ge­les ex­pul­sa­dos del pa­raí­so y a la pri­me­ra mu­jer, que no fue Eva sino Li­lith, pri­me­ra es­po­sa de Adán que se fue del Edén por de­ci­sión pro­pia. Fue pe­li­rro­ja, na­tu­ral­men­te, y ro­ba­ba el

"Mi ami­ga Ta­rei­xa di­jo una vez que no le preo­cu­pa­ba si no­so­tros creía­mos en Dios, sino si Dios creía en no­so­tros"

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