Li­cor ca­fé

Por Ma­nuel Ja­bois -

GQ (Spain) - - Gq Pirmas -

de las po­lu­cio­nes noc­tur­nas de los hom­bres en­gen­dran­do hi­jos.

Uno qui­sie­ra ha­ber te­ni­do, cuan­do creía, los tra­tos con Dios que te­nía el pa­dre de Emi­lio Bo­tín. Con­ta­ba José Gar­cía Abad que el buen hom­bre se en­con­tra­ba a un mendigo ca­da ma­ña­na que le pe­día una li­mos­na "por el amor de Dios", y nun­ca se la da­ba. Un día el po­bre, de­ses­pe­ra­do, le pi­dió di­ne­ro "por el amor de Dios y de la Vir­gen san­tí­si­ma". Y sa­can­do una pe­se­ta del bol­si­llo Bo­tín di­jo: "Con dos ava­les, sí".

Ha­ce me­ses un na­cio­na­lis­ta ga­lle­go me di­jo cuan­do su­po que yo com­par­tía mis amo­res con él y Ma­rio Con­de: "Vos­te­de sem­pre an­da po­ñén­do­lle un­ha ve­la a deus e ou­tra ao dia­ño". Yo no sé si es­to es­tá bien o mal, pe­ro pue­do de­cir, con co­no­ci­mien­to de cau­sa, que el fo­lio se ve más ilu­mi­na­do, so­bre to­do cuan­do la ve­la ar­de en el in­fierno, que al fin y al ca­bo es un si­tio lleno de ve­las, la ma­yo­ría de ellas puestas a Dios, que tie­ne tan­tos fans allí co­mo el Ma­drid en Ca­ta­lu­ña.

En Vi­go Ra­fa nos pa­ra un car­tel pi­dién­do­nos un re­zo a las tres. Dios no cam­bia la ho­ra en ren­glo­nes tor­ci­dos.

Ja­bois pue­de po­ner una ve­la a Dios y otra al dia­blo, pe­ro tie­ne cla­ro que la mu­sa le vi­si­ta cuan­do el ci­rio ar­de en el in­fierno.

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