Que­ri­do lec­tor:

Hu­bo un tiem­po en que las car­tas lle­ga­ban a nues­tros bu­zo­nes de metal ma­nus­cri­tas y no in­cluían emo­ti­co­nos; te­nían tin­ta que a ve­ces se co­rría y los se­llos se ma­ta­ban. Era cuan­do la vi­da nos la con­tá­ba­mos en cuar ti­llas.

GQ (Spain) - - Gq Eventos -

En el se­gun­do ca­jón de mi ha­bi­ta­ción con­ser­vo una ca­ja de plás­ti­co ama­ri­llo lle­na de car­tas ma­nus­cri­tas. Se­gu­ra­men­te tú tam­bién ten­gas una de esas. La ma­yo­ría de las car­tas son com­ple­ta­men­te irre­le­van­tes, co­ti­lleos de pu­pi­tre. Se su­ce­den fo­lios de co­lo­res y ho­jas cua­dri­cu­la­das. Un ca­jón más aba­jo, en otro co­fre, es­tán guar­da­das las car­tas que me in­ter­cam­bia­ba con el pri­mer chi­co con el que me be­sé. En­ton­ces te­nía 14 años y aquel in­ter­cam­bio de mi­si­vas me pa­re­cía más pro­pio de una no­ve­la de Ja­ne Aus­ten que de dos ado­les­cen­tes. En esa co­rres­pon­den­cia in­fan­til es­ta­ba mi Sr. Darcy. Y yo era Eli­sa­beth aso­ma­da a la ven­ta­na mal­di­cien­do mi acia­go des­tino fru­to de la se­pa­ra­ción. "Oh, Sr. Gon­zá­lez, ¡Mi vi­da es un tor­men­to!". En el apar­ta­do de car­tas amo­ro­sas to­dos he­mos si­do bas­tan­te pró­di­gos y fan­ta­sio­sos.

Hay car­tas que son au­tén­ti­cas no­ve­las. Uno de los ejem­plos más cla­ros es la co­rres­pon­den­cia que man­tu­vie­ron Fran­cis Scott Fitz­ge­rald y Zel­da Say­re. "Que­ri­do Scott", "que­ri­da Zel­da". Par­tien­do de ese ini­cio, amor y re­pro­ches en una épo­ca en la que am­bos com­ba­tían con sus pro­pios de­mo­nios. Cuan­do Zel­da fue in­gre­sa­da en el psi­quiá­tri­co de High­land es­cri­bió una fra­se de­mo­le­do­ra: "Me gus­ta­ría ver­te, ca­si he ol­vi­da­do lo que es es­tar vi­vo con una in­te­li­gen­cia que fun­cio­na".

Las car­tas son el ejer­ci­cio más ín­ti­mo de es­cri­tu­ra que exis­te. In­clu­so más que en­viar emo­ti­co­nos de be­ren­je­nas por What­sapp. Una de las co­sas más fan­tás­ti­cas de la co­rres­pon­den­cia son las le­tras. La gra­fo­lo­gía ama­teur que ini­cia­mos en aque­llos cor­te­jos era dig­na de es­tu­dio. Pue­des apren­der mu­chí­si­mo de có­mo es­cri­be una per­so­na. Los ra­bi­llos al fi­nal de sus pa­la­bras, el ta­ma­ño, la for­ma de tra­zar las erres. Yo no po­dría es­tar con nin­gu­na per­so­na adul­ta que pu­sie­se un cir­cu­li­to en­ci­ma de la 'i', co­mo una bo­la de Na­vi­dad. Es­cri­bir una car­ta la ha­ce tu­ya. Es­cri­bir sin la po­si­bi­li­dad de dar­le al bo­tón de su­pri­mir y vol­ver a em­pe­zar. De­jar­se lle­var. De­jar que tu mano sea po­seí­da por el es­pí­ri­tu de un es­cri­tor del si­glo XIX. La ac­triz Ca­rey Mu­lli­gan y Mar­cus Mum­ford, el can­tan­te de Mum­ford & Sons, se es­cri­bían car­tas de ni­ños. Am­bos fue­ron pen pals mien­tras vi­vían en Lon­dres, ami­gos por co­rres­pon­den­cia. Aho­ra tie­nen un hi­jo en co­mún. Con el pa­so de los años he­mos per­di­do un po­co aquel ro­man­ti­cis­mo. Ca­si he­mos ol­vi­da­do el in­con­fun­di­ble sa­bor de los se­llos. El res­pin­go de sol­tar la car­ta en la ra­nu­ra. El éx­ta­sis de abrir el bu­zón y en­con­trar­se con un so­bre con el des­ti­na­ta­rio es­cri­to a mano. En to­das las eta­pas de mi vi­da han es­ta­do pre­sen­tes las car­tas de una ma­ne­ra u otra. Aho­ra, por ejem­plo, man­ten­go una flo­ri­da re­la­ción epis­to­lar con mi com­pa­ñía de la luz.

'RE­TURN TO SEN­DER' A El­vis Pres­ley le de­vol­vían las car­tas. Y la po­bre Ra­chel Mca­dams (en El dia­rio de Noa) nun­ca pu­do leer­las. Co­sas del co­rreo pos­tal...

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