SEAL

GQ (Spain) - - Cine & Series - Died JAN WEL­TERS

• VUEL­VE LA CA­RA MÁS RO­TA DE LA MÚ­SI­CA. Seal, el­bri­tá­ni­co­deo­ri­gen­ni­ge­ria­noy­bra­si­le­ño,aca­ba­de­pu­bli­car su no­veno ál­bum, al que ha lla­ma­do 7. Echa­mos cuen­tas. GQ: Aca­bas de sa­car tu no­veno ál­bum de es­tu­dio, ¿te in­quie­ta el éxi­to a es­tas al­tu­ras de tu ca­rre­ra? SEAL.: Ob­via­men­te me gus­ta­ría que fun­cio­na­ra bien, aun­que es­te dis­co ya me tie­ne muy sa­tis­fe­cho. Co­mo can­tan­te tie­nes que ex­pre­sar­te en un me­dio que lle­ga a un mon­tón de gen­te. Es un po­co co­mo ir a te­ra­pia… ¿Conoces el di­cho ese de las pe­nas com­par­ti­das son me­nos pe­nas? Aquí pue­des ex­pre­sar to­do lo que sien­tes pe­ro a un ni­vel ma­si­vo. Y com­par­tién­do­lo te sien­tes más li­ge­ro. ¿Y se pue­de de­cir que tu can­ción The Big Lo­ve has se re­fie­re a los años que com­par­tis­te con Hei­di Klum? S.: Yo no di­ría tan­to. Ade­más, yo pro­cu­ro no ex­pli­car las can­cio­nes, por­que pier­den la gra­cia. Me gus­ta­ría que ca­da uno las re­la­cio­na­se con sus pro­pias ex­pe­rien­cias. Por eso nun­ca en­con­tra­rás las le­tras con mis dis­cos. Soy de los que cree que a la gen­te le im­por­ta po­co mi vi­da, y que quien es­cu­cha mis can­cio­nes se for­man sus pro­pias opi­nio­nes. A mí, por ejem­plo, siem­pre me han gus­ta­do las co­sas que cuen­ta Jo­ni Mit­chell. Pe­ro ¿son au­to­bio­grá­fi­cas? Tal vez lo eran, pe­ro en reali­dad no me im­por­ta. GQ: ¿Y qué hay de Kiss from a Ro­se de Bat­man Fo­re­ver? Pro­ba­ble­men­te tú seas la úni­ca per­so­na cu­ya ca­rre­ra se ha be­ne­fi­cia­do por apa­re­cer en esa pe­lí­cu­la. S.: La can­ción fue an­te­rior a la pe­lí­cu­la. De he­cho, ya es­ta­ba fun­cio­nan­do bien. Yo es­ta­ba en el es­tu­dio cuan­do Joel [Schu­ma­cher, el di­rec­tor] lla­mó y di­jo que ne­ce­si­ta­ba una can­ción. Mi re­pre­sen­tan­te se la en­vió. Él lla­mó al día si­guien­te y di­jo: "No me en­ca­ja pa­ra la es­ce­na de amor en­tre Ni­co­le Kid­man y Val Kil­mer, pe­ro me gus­ta mu­cho, así que voy a in­cluir­la en los cré­di­tos". Des­pués hi­ci­mos un ví­deo. Y lo si­guien­te, ya sa­bes… los tres Grammy y más de 8 mi­llo­nes de ál­bu­mes ven­di­dos. En aque­lla épo­ca los ni­ños pen­sa­ban que yo era Bat­man. Pe­ro me en­se­ñó mu­cho so­bre el ne­go­cio. La gen­te me de­cía que ya sa­bían que iba a ser un éxi­to. Pe­ro na­die sa­be una mier­da. Siem­pre fue una bue­na can­ción. GQ: ¿Te abu­rre que 20 años des­pués los fans si­gan pi­dién­do­te­la en ca­da con­cier­to? S.: ¡Dios, no! Eso no abu­rre en ab­so­lu­to. A mí me sue­na de ma­ra­vi­lla cuan­do me la pi­den. Creo que pa­ra un ar­tis­ta es una suer­te enor­me te­ner al me­nos una can­ción que to­do el mun­do quie­re se­guir es­cu­chan­do. GQ: El ne­go­cio se ha vuel­to mu­cho más com­pli­ca­do des­de que lan­zas­te tu pri­mer ál­bum en 1991. Si vol­vie­ses atrás, ¿ele­gi­rías de nue­vo de­di­car­te a la mú­si­ca? S.: No pue­do ima­gi­nar­me ha­cien­do otra co­sa. Pe­ro aho­ra el ne­go­cio es dis­tin­to, y no so­lo des­de el pun­to de vis­ta eco­nó­mi­co. In­ven­tos co­mo itu­nes o Spo­tify han cam­bia­do por com­ple­to la ex­pe­rien­cia pa­ra los fans. Cuan­do éra­mos pe­que­ños no so­lo com­prá­ba­mos los dis­cos, sino que sus­cri­bía­mos to­do lo que ro­dea­ba a un ar­tis­ta, des­de su fi­lo­so­fía a có­mo veía el mun­do. Las dis­co­grá­fi­cas no es­ta­ban tan ago­bia­das con las ven­tas, y po­día­mos per­mi­tir­nos el lu­jo de fa­llar. Aho­ra es más jo­di­do. Y en su ma­yo­ría las lis­tas de ven­tas es­tán lle­nas de te­mas que sue­nan co­mo anun­cios. A mí­mei­rri­taes­cu­char­le­tras­ti­po: "The­rei­sa­mes­sa­geonmy,te­le-te­le­te­le-pho­ne-pho­ne-pho­ne-ph-pho­ne…". ¡Es el col­mo de la va­gue­ría! GQ: de Rihan­na, sue­na exac­ta­men­te así… S.: Esa es una ex­cep­ción. Es una bue­na can­ción [ri­sas]. GQ: Tú cre­cis­te en dis­tin­tos ho­ga­res de acogida en Lon­dres e in­clu­so lle­gas­te a ser ho­me­less un tiem­po. ¿Có­mo re­cuer­das aque­llo? S.: No fue peor que otras si­tua­cio­nes co­mu­nes. Y fui ho­me­less por elec­ción. Ocu­pé una ca­sa aban­do­na­da que eché aba­jo y re­cons­truí con mis pro­pias ma­nos. Dor­mía en una col­cho­ne­ta so­bre pa­lés de obra. Y tam­bién co­bré el pa­ro un tiem­po. Pe­ro mi pri­mer tra­ba­jo fue en un Mcdo­nald's en Ken­tish Town [ha­ce una década era uno de los barrios más pe­li­gro­so de Lon­dres], que im­pri­me ca­rác­ter. GQ: Tam­bién pa­sas­te un año via­jan­do por Asia… S.: Es uno de los via­jes que me­jo­res re­cuer­dos me trae. Una no­che, en Tai­lan­dia, de­ci­dí unir­me a can­tar con una ban­da de blues que es­ta­ba en Bang­kok. Re­cuer­do que ellos to­ca­ban al­go de Hen­drix y que yo es­ta­ba bo­rra­cho. Pe­ro me fue bas­tan­te bien, así que el due­ño del lo­cal me pi­dió que vol­vie­ra. Me di­jo: "Te pa­ga­ré 1.100 baths –que eran co­mo unos 30 dó­la­res–, lo que que­ría de­cir que po­dría vi­vir otro par de me­ses… Mi ha­bi­ta­ción me sa­lía por 30 baths –me­nos de un do­lar– la no­che. GQ: Re­cien­te­men­te se ha pu­bli­ca­do que tú y la mo­de­lo aus­tra­lia­na Eri­ca Pac­ker es­táis es­pe­ran­do un hi­jo. ¿Te­ne­mos que fe­li­ci­tar­te? S.: Ah, ¿has oí­do los ru­mo­res? Mi­ra, no me gus­ta ser bor­de… pe­ro el he­cho de que a la gen­te le in­tere­se mi vi­da pri­va­da o si soy o no pa­dre me pa­re­ce ab­sur­do. GQ: ¿Y tie­nes idea de los ni­ños que han si­do con­ce­bi­dos con tus can­cio­nes? S.: Es­pe­ro que mu­chos. Al ca­bo la mú­si­ca sir­ve pa­ra eso.

DA­VID HOCH­MAN

Um­bre­lla,

A sus 52 años, ha so­bre­vi­vi­do a la lo­cu­ra de la in­dus­tria dis­co­grá­fi­ca, a su di­vor­cio con Hei­di Klum o al co­ti­lleo; y to­do gra­cias a un pu­ña­do de can­cio­nes de amor.

• es co­mo de­cir que el ca­viar es muy ri­co en pro­teí­nas. Téc­ni­ca­men­te es cier­to, pe­ro in­su­fi­cien­te a la ho­ra de cap­tu­rar su he­te­ro­do­xa per­fec­ción. Pa­ra em­pe­zar, Am­ber es una de las po­cas mu­je­res en la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad que se ha atre­vi­do a ca­mi­nar por el mun­do con la ca­be­za afei­ta­da. Sin ma­qui­lla­je, su look es in­clu­so más su­rrea­lis­ta, co­mo si fue­ra un per­so­na­je de un jue­go de reali­dad vir­tual que se ali­men­ta de san­gre de hom­bre y cris­ta­les de Swa­rovs­ki. Pe­ro aun así, por al­gu­na ra­zón, su crá­neo pe­la­do si­gue re­sul­tan­do al­ta­men­te desea­ble. Lo era, des­de lue­go, pa­ra Kan­ye West, que no pu­do re­sis­tir­se a la­mer­lo con in­di­si­mu­la­da lu­ju­ria en una de las imá­ge­nes más icó­ni­cas que nos ha de­ja­do el fo­tó­gra­fo Terry Ri­chard­son.

No es co­mo que a Am­ber Ro­se le gus­te ha­blar de West, al que se re­fie­re sim­ple­men­te co­mo "mi ex", pe­ro no ha­ce fal­ta que la ex-strip­per pro­nun­cie el nom­bre del ra­pe­ro, di­se­ña­dor y pro­duc­tor mu­si­cal pa­ra que su fan­tas­ma apa­rez­ca en la ha­bi­ta­ción. Por­que, si al­go ha si­do Am­ber Ro­se en su vi­da, es no­via de Kan­ye West. Pro­ba­ble­men­te, la no­via más fa­mo­sa de la his­to­ria del rap. Pa­só de las ca­lles del sur de Fi­la­del­fia a las ba­rras de strip­tea­se y, de ahí, a los ví­deos mu­si­ca­les, de la mano del can­tan­te. Y con él se que­dó du­ran­te los años más tur­bu­len­tos de su ca­rre­ra, el pe­rio­do que si­guió a la muer­te de su ma­dre en 2007 y la ti­bia re­cep­ción de su dis­co 808s & Heart­break. Así, mien­tras se con­ver­tía en estrella de to­dos los blogs de co­ti­lleo, Ro­se asis­tió im­per­tur­ba­ble a la ga­la de

Ro­bert max­well

Más arri­ba… Da­do que lle­va un ve­lo que los cu­bre par­cial­men­te, es­ta vez es­tás ex­cu­sa­do de mi­rar­le a los ojos. De to­dos mo­dos, se los cam­bia mu­cho de co­lor.

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