CÁ­MA­RA

JAVIER AC­TOR DEL AÑO

GQ (Spain) - - De Firma -

Tras 25 años de ca­rre­ra, a Javier Cá­ma­ra (Al­bel­da de Ire­gua, La Rio­ja, 1967), uno de los me­jo­res y más que­ri­dos ac­to­res de nues­tro país, le gus­ta el rum­bo que es­tán to­man­do las co­sas en su vi­da. "De pron­to sa­bes que es­tás asen­ta­do, que la gen­te cuen­ta con­ti­go pa­ra sus pro­yec­tos y que, aun­que la ca­gues con al­guno, no es el fin", nos cuen­ta mien­tras le dan los úl­ti­mos re­to­ques a su ma­qui­lla­je an­tes de la se­sión de fo­tos que acom­pa­ña a es­te re­por­ta­je.

Aun no se ha acos­tum­bra­do a de­cir que tie­ne 48 años ("me sa­le de­cir 32") por­que, se­gún él, su es­ta­do men­tal no re­fle­ja la edad que fi­gu­ra en su DNI. Sin em­bar­go, re­co­no­ce que la ex­pe­rien­cia es un gra­do. "En es­to se es ca­da vez me­jor. De­pen­de de ti que te si­ga ex­ci­tan­do el tra­ba­jo, por­que es un ofi­cio en el que tie­nes que es­tar dis­pues­to a que ca­da día pa­se al­go ar­tís­ti­co. Por su­pues­to que en oca­sio­nes hay que ha­cer­lo por ra­zo­nes ali­men­ti­cias, pe­ro no pue­des per­der la ca­pa­ci­dad de sor­pre­sa ni la ilu­sión. Ni creer­te que es­tás so­lo en es­to. Si no pien­sas de es­ta ma­ne­ra, la has ca­gado".

Se acuer­da de su pro­fe­sor de mé­to­do, el guio­nis­ta José Luis Alon­so de San­tos. Cuan­do Cá­ma­ra da­ba sus pri­me­ros pa­sos en la interpretación, él le in­sis­tía en que, jo­ven co­mo era, ha­bía per­so­na­jes a los que no po­día al­can­zar. Po­dría en­ten­der­los, pe­ro no al­can­zar­los. "Me di­jo que no ma­du­ra­ría has­ta que se me em­pe­za­se a mo­rir gen­te. Y con los años le he da­do la ra­zón. Los ma­los tra­gos te po­nen un pe­so en­ci­ma, te de­jan mar­cas en la ca­ra, y te per­mi­ten vi­vir el do­lor en pri­me­ra per­so­na. Por eso cuan­do ro­dá­ba­mos Los gi­ra­so­les cie­gos José Luis Cuer­da les de­cía a Mar­ti­ño Ri­vas y a Ire­ne Es­co­lar que lo que te­nían que ha­cer era fo­llar, y pe­lear­se, y ca­sar­se, y via­jar, y beber, y ver ci­ne… y de­jar­se de gi­li­po­lle­ces de mé­to­dos. En los pri­me­ros años de tu ca­rre­ra te en­tran las pri­sas, pe­ro lue­go vie­ne la tran­qui­li­dad. Y yo es­toy en ese mo­men­to", sen­ten­cia.

Pa­ra él la tran­qui­li­dad ha lle­ga­do des­pués de 30 pe­lí­cu­las, 10 series de te­le­vi­sión e in­nu­me­ra­bles obras de tea­tro. Y es que, tras mu­chos años dan­do vi­da a esos per­so­na­jes que no po­día al­can­zar, de pron­to se ha vis­to tra­ba­jan­do con di­rec­to­res de su ge­ne­ra­ción. "Es al­go má­gi­co a lo que no quie­ro re­nun­ciar nun­ca. ¿Por qué te crees que Billy Wil­der, Jack Lem­mon y Wal­ter Matt­hau se ha­cían de pron­to cin­co pe­lí­cu­las se­gui­das? Por­que es­ta­ban en un mo­men­to de má­xi­ma con­ni­ven­cia", con­clu­ye.

Pa­ra él, esa con­ni­ven­cia de la que ha­bla se da con Fé­lix Sa­bro­so, con Isa­bel Coi­xet, con Da­vid True­ba o con Cesc Gay, con quien ha fil­ma­do su úl­ti­mo tra­ba­jo, Tru­man, una de las pe­lí­cu­las de 2015 que, de mo­men­to, lo ha con­ver­ti­do en el úni­co hom­bre que com­par­te una con­cha (de pla­ta) con Da­rín y lo po­si­cio­na co­mo uno de los fa­vo­ri­tos en la ca­rre­ra de es­te año por los Go­ya. "Cuan­do me di­cen que Ri­car­do y yo es­ta­mos muy bien en la pe­lí­cu­la, siem­pre con­tes­to que es to­do mé­ri­to de Cesc. Es­tá cre­cien­do de for­ma ex­po­nen­cial, ma­du­ra en sus te­mas y ca­da vez tie­ne más cla­ro có­mo con­tar­los", se apre­su­ra a ma­ti­zar.

Se­gún Cá­ma­ra, la cla­ve del éxi­to de es­ta cin­ta so­bre un ac­tor con una en­fer­me­dad ter­mi­nal y su me­jor ami­go re­si­de en la sin­ce­ri­dad des­de la que es­tá con­ta­da la his­to­ria, y re­cuer­da có­mo una ma­ña­na, mien­tras desa­yu­na­ban en su apar­ta­men­to unas fac­tu­ras ar­gen­ti­nas, Da­rín les di­jo: "Pon­ga­mos los muer­tos en­ci­ma de la me­sa". "Era la ma­ne­ra de ob­je­ti­vi­zar el pro­ce­so, de que res­pe­tá­se­mos el ma­te­rial de Cesc y no lo con­vir­tié­se­mos en al­go la­cri­mó­geno", ex­pli­ca.

Se nos aca­ba el tiem­po. Hay que ha­cer las fo­tos, pre­pa­rar­se pa­ra la fiesta y, tras un fu­gaz pa­so por el Fes­ti­val de Ci­ne Europeo de Se­vi­lla pa­ra pro­mo­cio­nar El tiem­po de los mons­truos, de Fé­lix Sa­bro­so, Cá­ma­ra tie­ne que vol­ver a Roma pa­ra se­guir ro­dan­do con So­rren­tino, Ju­de Law y Dia­ne Kea­ton El jo­ven Pa­pa, la nue­va se­rie de HBO. Es­to es pa­ra él la tran­qui­li­dad.

que veía de ni­ño, el de los años 70, don­de no ha­bía iro­nía", re­co­no­ce Ame­ná­bar cuan­do le pre­gun­ta­mos por sus in­ten­cio­nes con Re­gre­sión, qui­zá la pe­lí­cu­la de te­rror más so­lem­ne y au­to­cons­cien­te de 2015. "La ma­ne­ra en que ese ci­ne se en­fren­ta­ba a lo dia­bó­li­co ayu­dó a crear una cul­tu­ra del de­mo­nio en Es­ta­dos Uni­dos que no ex­plo­tó has­ta los 90, la década en que es­tá am­bien­ta­da mi his­to­ria". Y, una vez más, su pro­ta­go­nis­ta (Et­han Haw­ke) se de­ja lle­var por la pa­ra­noia, ese te­ma re­cu­rren­te en su obra: "En el fon­do, se tra­ta de ma­ne­jar con­cep­tos tan ci­ne­ma­to­grá­fi­cos co­mo la ob­se­sión o la su­ges­tión. Cuan­do va­mos al ci­ne, que­re­mos que­dar­nos hip­no­ti­za­dos por una his­to­ria".

Y Re­gre­sión ha hip­no­ti­za­do den­tro y fue­ra de la pan­ta­lla. Des­de su gol­pe en la me­sa con el fi­cha­je de Em­ma Wat­son ("una de esas mil lo­cu­ras que lan­zas con­tan­do de an­te­mano con el no, pe­ro ella di­jo que sí") has­ta uno de los fi­na­les más con­tro­ver­ti­dos de su fil­mo­gra­fía, nues­tro di­rec­tor del año ha da­do que ha­blar a los es­pec­ta­do­res. ¿For­ma­ba to­do par­te del plan? "Ten­go una vi­sión muy ra­cio­nal de la vi­da, y creo que eso aca­ba re­fle­ján­do­se de al­gu­na ma­ne­ra en mi ci­ne. Pe­ro sien­to que con Re­gre­sión he abier­to una se­rie de puer­tas ha­cia el otro la­do, lo que tam­bién es im­por­tan­te. Si no, aca­ba­ría ha­cien­do ci­ne po­lí­ti­co".

Qui­zá lo más cer­ca que va a es­tar de ello sea Mar aden­tro, que re­co­no­ce co­mo su pe­lí­cu­la más lo­gra­da. La más per­so­nal es Los otros, en la que sa­có a re­lu­cir to­dos sus mie­dos e in­quie­tu­des in­fan­ti­les. Siem­pre vuel­ve al pa­sa­do pa­ra en­con­trar ins­pi­ra­ción, pe­ro eso no sig­ni­fi­ca que hu­ya de las nue­vas vías de dis­tri­bu­ción au­dio­vi­sual. Por ejem­plo, la te­le­vi­sión de pres­ti­gio: "No soy ca­paz de en­gan­char­me a una se­rie lar­ga, no soy buen es­pec­ta­dor en ese sen­ti­do. Pe­ro es­ta­ría dis­pues­to a con­tar una his­to­ria en for­ma­to mi­ni­se­rie, qui­zá con tres epi­so­dios que equi­val­gan al ini­cio, nu­do y desen­la­ce". ¿Has es­cu­cha­do eso, Net­flix? Si exis­tie­ra la alta cos­tu­ra en la moda mas­cu­li­na, el di­rec­tor ar­tís­ti­co de Ber­lu­ti se­ría una de sus gran­des es­tre­llas. Ha­ce cua­tro años re­ci­bió el en­car­go más bo­ni­to de su vi­da: ac­tua­li­zar los có­di­gos de una firma cen­te­na­ria que ca­re­ce de pro­ce­sos de pro­duc­ción me­ca­ni­za­dos. Con ese ob­je­ti­vo, An­toi­ne Ar­nault, CEO de la com­pa­ñía, pu­so a su dis­po­si­ción tres ta­lle­res re­par­ti­dos en­tre Fran­cia e Ita­lia y me­dio cen­te­nar de sas­tres y za­pa­te­ros ar­te­sa­nos –los fa­mo­sos bot­tiers–. An­te se­me­jan­te pri­vi­le­gio, Ales­san­dro Sar­to­ri (Bie­la, Ita­lia, 1966) ha crea­do un con­cep­to úni­co en el uni­ver­so mas­cu­lino. "Nues­tro clien­te cuen­ta con un gran es­ti­lo y cul­tu­ra de moda pe­ro no tie­ne edad ni na­cio­na­li­dad es­pe­cí­fi­ca. Son hom­bres que sa­ben que el lu­jo no lo de­ter­mi­na el pre­cio del pro­duc­to, sino el tiem­po que ha cos­ta­do fa­bri­car­lo", ex­pli­ca. Otro de los ele­men­tos que de­fi­ne el ver­da­de­ro lu­jo es la ex­clu­si­vi­dad, lo que les obli­ga a cui­dar mu­cho la dis­tri­bu­ción. Ade­más de la mí­ti­ca tien­da de la rue Mar­beuf de Pa­rís, Ber­lu­ti ape­nas cuen­ta con un pu­ña­do de pun­tos de ven­ta por to­do el mun­do –en Es­pa­ña sus pro­duc­tos so­lo se pue­den ad­qui­rir en la tien­da Se­rrano 52 MAN de Ma­drid y en San­ta Eu­la­lia de Barcelona–. Es, sin du­da, la jo­ya más ex­qui­si­ta del con­glo­me­ra­do fran­cés LVMH. Sar­to­ri es cons­cien­te de ello: "Soy un ti­po pri­vi­le­gia­do".

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