Se­ño­res pri­mer0 EN LA CA­BE­ZA DE TARANTINO

Por Mar­ta Fer­nán­dez -

GQ (Spain) - - La Crónica -

Si a Tarantino le vo­la­ran la ta­pa de los se­sos no sal­ta­ría ni una go­ta de san­gre. Ba­jo su ca­la­ve­ra no palpita la ma­sa gris del res­to de los hu­ma­nos. No tie­ne neu­ro­nas. Tie­ne fo­to­gra­mas. Fo­to­gra­mas de to­das las pe­lí­cu­las de la his­to­ria. El lar­go­me­tra­je in­ter­mi­na­ble del que ha cons­trui­do su memoria pro­yec­tan­do las vi­sio­nes de los de­más.

Na­ció pre­des­ti­na­do. Su ma­dre le bus­có un nom­bre pa­re­ci­do al de un tes­tos­te­ró­ni­co per­so­na­je de una se­rie con el muy ta­ran­ti­niano tí­tu­lo de Guns­mo­ke. Un tal Quint. "Lo úni­co que me im­por­ta­ba de ni­ño eran las pe­lí­cu­las". En los ci­nes de la in­fan­cia, con los ojos abier­tos, se le fue­ron co­lan­do los zooms desbocados de los 70, las mi­ra­das se­mi­con­ge­la­das una frac­ción de se­gun­do de más de las lu­chas de Kung Fu, las es­ca­le­ras por las que se des­nu­ca­ron to­dos los cow­boys, rá­fa­gas de san­gre ro­ja co­mo las bu­ta­cas de las sa­las de an­tes, ese ala­crán que siem­pre pa­re­cía el mis­mo en el mis­mo de­sier­to des­vaí­do, las ca­rre­te­ras in­fi­ni­tas que so­lo el Ci­ne­mas­co­pe pue­de pro­me­ter.

Lo me­mo­ri­zó to­do. Tarantino era un Youtu­be an­dan­te mu­cho an­tes de que Youtu­be echa­ra a an­dar.

Ya no ha­bía otro ca­mino pa­ra él. Se ha­bía con­ta­gia­do de imá­ge­nes, se le ha­bían arrai­ga­do en las cir­cun­va­la­cio­nes del ce­re­bro y ha­bían crea­do nue­vas escenas de escenas ya vis­tas, en­cua­dres deu­do­res de vie­jas pe­lí­cu­las, re­in­ter­pre­ta­cio­nes de diá­lo­gos que re­cor­da­ba de prin­ci­pio a fin.

El chi­co que lle­va­ba el nom­bre de un per­so­na­je de Burt Rey­nolds de­jó la es­cue­la. Co­mo to­dos los ado­les­cen­tes de Los Án­ge­les, pa­ra ser ac­tor. Y co­mo to­dos los que quie­ren triun­far, bus­có otra ocu­pa­ción pa­ra co­mer. Pe­ro so­lo ha­bía una co­sa que Quen­tin sa­bía ha­cer. Mi­rar. Chu­tar­se lo que la pan­ta­lla le po­nía de­lan­te. El ni­ño que ha­bía cre­ci­do sin que­rer di­fe­ren­ciar dón­de aca­ba­ba el ci­ne y dón­de em­pe­za­ba su sa­la de es­tar en­con­tró su uni­ver­si­dad en un vi­deo­club.

Vi­deo Ar­chi­ves no era un vi­deo­club cual­quie­ra. Era el más gran­de del mun­do. Eso de­cía un car­tel en la en­tra­da. La ver­sión VHS de la bi­blio­te­ca de Bor­ges. To­do es­ta­ba allí. De los clá­si­cos en blan­co y ne­gro al porno más bi­za­rro, las su­ce­si­vas re­en­car­na­cio­nes de God­zi­lla, el ar­te y en­sa­yo de los cul­tu­re­tas, los pai­sa­jes que ins­pi­ra­ron a Mo­rri­co­ne, el te­rror se­gún Ar­gen­to, el car­tón pie­dra de la se­rie B. Y sin em­bar­go, ha­bía al­go que los clien­tes apre­cia­ban más: el tío al­to y des­gar­ba­do que siem­pre te­nía la res­pues­ta ade­cua­da. Sa­bía la pe­lí­cu­la que que­rías ver an­tes de que lo sos­pe­cha­ras tú. Cer­ca de Vi­deo Ar­chi­ves ro­dó su pri­mer proyecto. My Best Friend's Birth­day. Y lue­go des­apa­re­ció.

Se fue con un mi­llón de pla­nos en la ca­be­za pa­ra em­pe­zar a ro­dar los su­yos. O pa­ra re­in­ter­pre­tar to­do lo que ha­bía vis­to mien­tras se ha­cía ma­yor. Y vol­vió a la si­lue­ta en la puer­ta he­re­da­da de John Ford, a los ma­fio­sos ha­cien­do co­rro so­bre el ca­dá­ver en el ma­le­te­ro, a los va­que­ros par­si­mo­nio­sos ca­bal­gan­do a con­tra­luz, a las da­mas des­pia­da­das del ci­ne sa­mu­rái.

So­lo hay una es­ce­na que Tarantino no quie­re ha­cer su­ya. La gra­ba­ción fría y asép­ti­ca de una cá­ma­ra de se­gu­ri­dad en la que se ve a un po­li­cía plan­chan­do a un inocen­te. La ima­gen tur­bia de un ne­gro que le­van­ta las ma­nos an­te un agen­te blan­co que dis­pa­ra igual. La vio­len­cia se­ca de un cuer­po que se des­plo­ma mu­do sin la ca­tar­sis de la san­gre de bo­te de la ficción.

Sa­lió Tarantino a de­nun­ciar la bru­ta­li­dad po­li­cial y a los agen­tes no les gus­tó. Les mo­les­tó ver a aquel blan­co tan blan­co y tan fa­mo­so cla­man­do con­tra ellos. Y di­je­ron que le ha­rían da­ño. De­jan­do en sus­pen­so si se­ría en su pro­mi­nen­te bar­bi­lla o en una cuen­ta co­rrien­te que ya no ne­ce­si­ta abul­tar­se más.

Le ame­na­zan los po­li­cías y se de­la­tan. Sos­tie­nen que no pue­de de­nun­ciar la bar­ba­rie el ti­po que de­ja las pan­ta­llas cho­rrean­do de he­mo­glo­bi­na y de pe­da­zos de car­ne. Con­fun­den ficción y reali­dad. Y qui­zá eso es lo que les su­ce­de cuan­do en­ca­ño­nan a un tran­seún­te inofen­si­vo. Ol­vi­dan los agen­tes de la ley que la vio­len­cia en Tarantino, co­mo la de Sha­kes­pea­re, tie­ne una úni­ca fi­na­li­dad pu­ri­fi­ca­do­ra: es el ha­cha­zo que de­ja al des­cu­bier­to las mi­se­rias bor­bo­tean­tes de la so­cie­dad. Ol­vi­dan que en el ci­ne los per­so­na­jes no mue­ren de ver­dad.

Por eso sa­le Tarantino a la ca­lle. Por­que quie­re aña­dir un úni­co plano al de la muer­te en di­rec­to. El que po­ne The End.

"La vio­len­cia en Tarantino es co­mo en Sha­kes­pea­re, el ha­cha­zo que de­ja al des­cu­bier­to las mi­se­rias de la so­cie­dad"

Más allá de la ficción, Tarantino tie­ne prin­ci­pios. El pa­sa­do mes de oc­tu­bre par­ti­ci­pó en una ma­ni­fes­ta­ción con­tra la vio­len­cia po­li­cial en NY.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.