La cien­cia del 'sel­fie' per­fec­to gam­be­teo

Por Mon­te­ro Glez -

GQ (Spain) - - La Crónica -

Hay quien opi­na que ha­cer­se sel­fies y com­par­tir­los por in­ter­net es ra­ro. Y hay quien opi­na que lo ra­ro es es­tu­diar y ana­li­zar los mi­llo­nes de sel­fies que otros se ha­cen y com­par­ten por in­ter­net, en Fa­ce­book o Ins­ta­gram.

An­drej Kar­pathy es gra­dua­do en In­for­má­ti­ca por la Uni­ver­si­dad de Stan­ford. Kar­pathy es ra­ro por la par­te de quie­nes se de­di­can a ana­li­zar los sel­fies de los de­más. Y aun­que Kar­pathy no es el úni­co que se de­di­ca a eso sí que es el pri­me­ro que des­cri­be qué ca­rac­te­rís­ti­cas tie­nen los sel­fies "de éxi­to".

Pa­ra es­tu­diar los sel­fies es­te in­for­má­ti­co ha desa­rro­lla­do un sis­te­ma que los cla­si­fi­ca en­tre "sel­fies bue­nos" y "sel­fies ma­los"; no bue­nos y ma­los co­mo lo son los Je­di y los Sith en Star Wars, sino que su pro­gra­ma dis­tin­gue en­tre los sel­fies que re­sul­tan vi­sual­men­te atrac­ti­vos y re­ci­ben mu­chos "me gus­ta" y los que son ig­no­ra­dos.

Pa­ra ha­cer esa cla­si­fi­ca­ción Kar­pathy se des­car­gó de in­ter­net unos cin­co mi­llo­nes de sel­fies –pue­de que al­guno fue­ra tu­yo– de los que to­mó unos dos mi­llo­nes pa­ra ob­ser­var cuál ha­bía si­do la res­pues­ta pro­vo­ca­da por ca­da uno de ellos. Es de­cir, eva­luó el éxi­to re­la­ti­vo de ca­da sel­fie se­gún la pro­por­ción en­tre el nú­me­ro de "me gus­ta" que ha­bía re­ci­bi­do y el nú­me­ro de se­gui­do­res que te­nía su pro­pie­ta­rio.

Se­gún sus re­sul­ta­dos, una ca­rac­te­rís­ti­ca co­mún en­tre los sel­fies de éxi­to es que co­rres­pon­den a una mu­jer, blan­ca, sol­te­ra. Lo de sol­te­ra me ha sa­li­do de ca­rre­ri­lla; quién sa­be, tam­bién po­dría in­fluir. Es­ta pre­fe­ren­cia por el se­xo fe­me­nino no se de­be a que el or­de­na­dor lo ha­ya pro­gra­ma­do un fri­ki in­for­má­ti­co, que po­dría ser, sino más bien a que tan­to ellas co­mo ellos es­tán más dis­pues­tos a re­co­no­cer que un sel­fie es atrac­ti­vo cuan­do es de una mu­jer. O tal vez ellas se lo sa­ben ha­cer me­jor. Co­mo sea, la di­fe­ren­cia es tan gran­de que de los 50.000 sel­fies más exi­to­sos de­tec­ta­dos por el sis­te­ma, los 100 pri­me­ros pues­tos co­rres­pon­den to­dos a sel­fies de mu­je­res, blan­cas, sol­te­ras o no.

La bue­na noticia es que hay otras va­ria­bles que tam­bién in­flu­yen en el éxi­to o en el fra­ca­so de un sel­fie. Al­gu­nas no siem­pre pue­den apli­car­se, co­mo la ven­ta­ja apa­ren­te que su­po­ne te­ner el pelo largo. Otras en cam­bio pue­den apli­car­se siem­pre: un sel­fie gus­ta más cuan­do es in­di­vi­dual. De mo­do que a la ho­ra de ha­cer­se un sel­fie no se tie­nen ami­gos. Los sel­fies, ni acom­pa­ña­do ni en gru­po.

Tam­bién el atrac­ti­vo de un sel­fie au­men­ta cuan­do la com­po­si­ción de la fo­to­gra­fía si­gue la re­gla de ter­cios. Es­to es fá­cil ac­ti­van­do y usan­do las lí­neas-guía de la cá­ma­ra del mó­vil. Co­lo­can­do un ojo en al­gu­na de las in­ter­sec­cio­nes se

"Bue­na par­te del éxi­to o del fra­ca­so de un 'sel­fie' tie­ne más que ver con el as­pec­to y con el es­ti­lo que con ser feo o gua­po"

pa­ra apro­ve­char el via­je, le ha­bían en­car­ga­do que com­pra­se vein­ti­pi­co ca­mi­se­tas con los co­lo­res del club, ya di­ji­mos que en azul y blan­co. Pe­ro Juan Elor­duy, así se lla­ma­ba el ju­ga­dor, no las en­con­tró. En su lu­gar en­con­tró ca­mi­se­tas ro­ji­blan­cas, co­lo­res cor­po­ra­ti­vos de la em­pre­sa na­val pro­pie­ta­ria del Ti­ta­nic, aquel bar­co. En el club bil­baíno, las ca­mi­se­tas a ra­yas ro­jas y blan­cas gus­ta­ron ma­zo y con ellas que se que­da­ron. A par­tir de en­ton­ces, lu­ci­rían los co­lo­res de la ban­de­ra del Ti­ta­nic, al igual que el equi­po su­cur­sal, en Ma­drid, que hoy co­no­ce­mos co­mo el Atle­ti.

Si aten­de­mos a es­tas anéc­do­tas que se cru­zan en la his­to­ria a la velocidad de un tren de los de en­ton­ces, nos en­con­tra­mos con el equi­po más li­te­ra­rio del mun­do. Aquí va otra: en el sa­na­to­rio de San­ta Ma­ri­na, los en­fer­mos es­ta­ban tan pen­dien­tes de los par­ti­dos que ju­ga­ba el Ath­le­tic de Bilbao que idea­ron la ma­ne­ra de en­te­rar­se de los re­sul­ta­dos.

Hay que ha­cer­se el cua­dro, pues no exis­tían te­le­vi­sio­nes y no to­dos los par­ti­dos de fút­bol se re­trans­mi­tían por ra­dio. Por des­con­ta­do que lo de los in­ter­ne­les era im­pen­sa­ble. En­ton­ces se ideó un ocu­rren­te sis­te­ma pa­ra co­mu­ni­car los go­les del Ath­le­tic de Bilbao. Co­mo lo más nor­mal del mun­do, se man­da­ba vo­lar una paloma men­sa­je­ra ha­cia el sa­na­to­rio. Cuan­do se mar­ca­ba un gol, se co­lo­ca­ba en la pa­ta de la paloma el ani­llo con un pa­pel en el que se po­nía el nom­bre del fut­bo­lis­ta que ha­bía mar­ca­do. Son de­ta­lles de una afi­ción en­tre­ga­da, de una afi­ción que no se rin­de y con cier­ta dis­po­si­ción ge­né­ti­ca a la aven­tu­ra.

Cuen­tan los que pa­sa­ron por el Ath­le­tic de Bilbao que el buen ro­llo que se res­pi­ra en el club no tie­ne ni pun­to de com­pa­ra­ción con otros clu­bes. Por­que el que jue­ga una vez en el Bilbao jue­ga pa­ra siem­pre, aun­que se pon­ga otra ca­mi­se­ta. El ejem­plo es An­tón Arie­ta, uno de los de­lan­te­ros más bri­llan­tes que han te­ni­do los leo­nes de San Ma­més. Cuan­do se fue al Hér­cu­les de Ali­can­te y le to­có ju­gar con­tra su an­ti­guo equi­po, y mar­car el gol, no lo ce­le­bró. Las lá­gri­mas de sus ojos no eran de ale­gría. El Txo­po Iri­bar lo re­cuer­da con una son­ri­sa: es el ges­to del que sa­be que, si jue­gas una vez en el Ath­le­tic de Bilbao, jue­gas pa­ra to­da la vi­da. Aho­ra, con lo del club de lec­tu­ra que se han mon­ta­do, la co­sa pro­me­te. Se tra­ta de una ocu­rren­cia muy di­dác­ti­ca, pues los se­gui­do­res del equi­po bil­baíno re­co­mien­dan lec­tu­ras pa­ra los fut­bo­lis­tas. No lo ha­cen con pa­lo­mas men­sa­je­ras, sino por los in­ter­ne­les, don­de ca­da ju­ga­dor selecciona un li­bro de to­das las re­co­men­da­cio­nes re­ci­bi­das.

La li­te­ra­tu­ra, al­go que na­ce en so­le­dad y que lue­go se en­tre­ga al pú­bli­co, se con­vier­te en ac­to com­par­ti­do cuan­do el Ath­le­tic de Bilbao an­da por el me­dio. Es pa­ra ce­le­brar­lo con unos txi­qui­tos y con unas pa­lo­mi­tas de las que se mar­ca­ba Iri­bar. Des­de es­tás pá­gi­nas quie­ro apro­ve­char pa­ra su­ge­rir que, ya que han da­do ese pa­so, den el si­guien­te y me fi­chen.

"El fút­bol es jue­go y la li­te­ra­tu­ra tam­bién; por lo mis­mo, es muy fá­cil que am­bos tér­mi­nos, fút­bol y li­te­ra­tu­ra, se en­tien­dan"

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