La ho­ra de ko­ke

El ce­re­bro del Atle­ti y de la se­lec­ción se afei­ta la bar­ba y se vis­te de ga­la en la fa­se de­ci­si­va de la tem­po­ra­da de su con­sa­gra­ción.

GQ (Spain) - - Gq Belleza -

Va­lle­cas –per­dón, Va­lle­kas– es uno de esos barrios que se es­cri­ben con 'k' de ki­lo. Es­ta gra­fía del al­fa­be­to, ca­si pros­cri­ta en las le­tras his­pá­ni­cas, re­co­rre la geo­gra­fía del su­bur­bio más po­bla­do de Es­pa­ña ca­si co­mo una de­cla­ra­ción sim­bó­li­ca de in­de­pen­den­cia. Re­pre­sen­ta el or­gu­llo de un pue­blo in­vi­si­ble y es­toi­co que ma­dru­ga, tra­ba­ja du­ro, ba­ja a com­prar el pan en chándal y, los do­min­gos, rom­pe un par de ti­bias en una pa­chan­ga ca­lle­je­ra an­tes de sa­lir a to­mar el pre­cep­ti­vo ver­mú. Un pue­blo que, tras el in­fierno de la he­roí­na en los años 80, ha si­do ca­paz de rein­ven­tar­se sin re­nun­ciar a las se­ñas de iden­ti­dad que ha­cen que sea –jun­to al Va­ti­cano, tal vez– el úni­co es­ta­do so­be­rano del mun­do en­cla­va­do den­tro de una gran ca­pi­tal eu­ro­pea. Por­que un va­lle­cano no es de Ma­drid, es del Va­lle del Kas. Siem­pre en cla­ve de 'k'. Por eso, Jorge Re­su­rrec­ción Merodio es, sim­ple­men­te, Ko­ke.

El cen­tro­cam­pis­ta del Atlé­ti­co de Ma­drid na­ció en­tre sus afa­no­sas ca­lles, co­mo un re­ga­lo de Re­yes atra­sa­do, un 8 de enero de 1992. Pa­ra sus ve­ci­nos, po­co acos­tum­bra­dos a mi­rar al fir­ma­men­to en busca de es­tre­llas, se con­vir­tió des­de su de­but en el pri­mer equi­po del Atle­ti –a los 17 años– en el hé­roe sen­ci­llo y cer­cano en el que se pue­de creer sin mie­do a la de­cep­ción. Lo que al­gún día fue Po­li Díaz, pe­ro sin el epí­lo­go de dro­gas, cár­cel y mar­gi­na­ción.

No bus­ques his­to­rias tru­cu­len­tas en el pa­sa­do de Ko­ke. Él es la nor­ma­li­dad de un ba­rrio que lu­cha por ser nor­mal, el ti­po or­di­na­rio que ha­ce co­sas ex­tra­or­di­na­rias. "Un hom­bre sen­ci­llo", se­gún se de­fi­ne a sí mis­mo. Tam­bién, cam­peón dis­cre­to: de la Li­ga, la Eu­ro­pa Lea­gue, la Co­pa del Rey y la Eu­ro­co­pa sub-21. "Si mi per­fil pú­bli­co es ba­jo es por­que soy su­per­nor­mal, siem­pre es­toy con mi familia, con mis ami­gos o con mi no­via [que di­cho sea de pa­so, dis­ta mu­cho de ser una WAG]. Igual es que a la gen­te le gus­ta más otro ti­po de per­so­nas. Pe­ro no es al­go in­ten­cio­na­do, no es que bus­que ser más o me­nos fa­mo­so", nos con­fie­sa.

De he­cho, Ko­ke pa­re­ce el di­rec­tor de or­ques­ta per­fec­to pa­ra un equi­po co­mo el Atle­ti, un ves­tua­rio sin gran­des egos, asen­ta­do en la fi­lo­so­fía de la hu­mil­dad, el tra­ba­jo y el par­ti­do a par­ti­do. Cho­lis­mo en es­ta­do pu­ro. No le ve­rás le­sio­nán­do­se por cul­pa de un Lam­borg­hi­ni co­mo a Ga­reth Ba­le –"la ver­dad es que no he con­du­ci­do mu­chos…", se ríe– ni en la pri­me­ra pá­gi­na de un ta­bloi­de por una es­can­da­lo­sa fiesta de cum­plea­ños. "Pa­ra mí, una tar­de per­fec­ta de do­min­go es ir a ca­sa de mis pa­dres a co­mer".

Por to­do lo an­te­rior, Ko­ke es una suer­te de fut­bo­lis­ta de cul­to. Fino es­ti­lis­ta en el cam­po, gran des­co­no­ci­do fue­ra de él. "¿Si me gus­ta­ría ser una gran estrella ga­lác­ti­ca? Al­gu­nos días sí, pe­ro otros días no. Mi sue­ño siem­pre ha si­do ju­gar en el Atlé­ti­co de Ma­drid, in­ten­tar ha­cer to­da mi ca­rre­ra en el Atlé­ti­co de Ma­drid y ga­nar to­do lo má­xi­mo con el Atle­ti. De mo­men­to, lo es­toy cum­plien­do", sen­ten­cia.

Ade­más, ha con­se­gui­do ha­cer­se un hue­co tam­bién en la se­lec­ción de Del Bos­que y dispu­tará la pró­xi­ma Eu­ro­co­pa, en la que ten­drá la opor­tu­ni­dad de qui­tar­se el mal sa­bor de bo­ca de Bra­sil. "Ha ha­bi­do un cam­bio ge­ne­ra­cio­nal, se ha ido gen­te bue­ní­si­ma y han ve­ni­do fut­bo­lis­tas jó­ve­nes con mu­cho ta­len­to. Cuan­do em­pe­za­mos a ju­gar jun­tos ha­ce un año y me­dio nos ca­ye­ron mu­chas crí­ti­cas, pe­ro un equi­po no se ha­ce en un día. He­mos ido me­jo­ran­do po­co a po­co y creo que po­de­mos ha­cer al­go muy im­por­tan­te". Vién­do­lo de es­mo­quin, no re­sis­ti­mos la ten­ta­ción de pre­gun­tar­le si tie­ne la sen­sa­ción de ha­ber lle­ga­do tar­de a la fiesta de la Ro­ja. "No, pa­ra na­da, por­que vie­ne un gru­po es­pec­ta­cu­lar que nos va a dar mu­chos éxi­tos".

Has­ta que lle­gue esa ci­ta con la glo­ria, al cen­tro­cam­pis­ta le que­dan aun mu­chas tar­des de aplau­sos y go­les en el Vicente Cal­de­rón. "Cuan­do co­rean mi nom­bre se me po­nen los pe­los de pun­ta", nos ase­gu­ra. Y lo co­rean, qué du­da ca­be, con 'k' de Ko­ke.

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