La ga­ta sal­va­je

A Ca­te Blan­chett le dan igual los Os­car, el hac­keo de Sony y lo que di­gan de ella. Pe­ro la fau­na aus­tra­lia­na la tie­ne…

GQ (Spain) - - Intro -

An­tes

de Blan­chett re­unir­se res­tau­ran­te ti­po.

tie­ne con­mi­go, un

que pe­di­rá y Es­tá a vér­se­las Ca­te

tres de la in­tere­sa es­ca­sos

ba­rra con mar­ti­nis. don­de pa­sos es una mu­chí­si­mo hom­bre pron­to

El del es­pe­cie de el tea­tro. di­ce se

que le pro­duc­tor De

tea­tral. he­cho,

"¿A qué te de­di­cas?", pre­gun­ta el ti­po a Ca­te. "Soy ac­triz", res­pon­de ella. "¿Eres fa­mo­sa?", si­gue. "No lo sé", di­ce.

Ha lle­ga­do mi turno. Mar­ti­ni en mano, Blan­chett me ad­vier­te so­bre la ce­na que vamos a te­ner. Ha si­do un lar­go día de pro­mo­ción. Quie­re re­la­jar­se. Tie­ne una agen­da de lo­cos, así que bá­si­ca­men­te lo que quie­re es no ha­blar so­bre Ca­te Blan­chett du­ran­te un ra­to. "Ha­bla­re­mos de otra co­sa". Lle­va dos días ha­blan­do de sí mis­ma sin pa­rar por cul­pa de la pro­mo­ción in­ter­na­cio­nal de La ver­dad, la his­to­ria de có­mo la ca­rre­ra del pe­rio­dis­ta Dan Rat­her se fue al tras­te des­pués de emi­tir una con­tro­ver­ti­da his­to­ria so­bre el ser­vi­cio mi­li­tar de Geor­ge W. Bush en su pro­gra­ma 60 Mi­nu­tes. Tam­bién ha es­ta­do de gi­ra con Ca­rol, la úl­ti­ma pe­lí­cu­la de Todd Hay­nes, que cuen­ta un ro­man­ce lés­bi­co en los años 50. Blan­chett da vi­da a una mu­jer que ini­cia a la jo­ven de­pen­dien­ta de unos gran­des al­ma­ce­nes (Roo­ney Ma­ra) en un jue­go de in­si­nua­cio­nes, me­dias son­ri­sas car­ga­das de sig­ni­fi­ca­do y sus­pi­ros como pu­ñe­ta­zos de Mi­ke Ty­son. Un tra­ba­jo im­pre­sio­nan­te, so­bre to­do por­que no pa­re­ce que es­tén ac­tuan­do.

Blan­chett, por su par­te, tra­ta de lle­gar sa­na y salva al fi­nal de es­to y re­gre­sar a Síd­ney con su ma­ri­do y sus cua­tro hi­jos, don­de a los de­par­ta­men­tos de pro­mo­ción les re­sul­ta com­pli­ca­do lo­ca­li­zar­la. "Lo me­jor de vi­vir en Aus­tra­lia es que siem­pre pue­des de­cir: '¿Per­dón? No te oi­go bien, lo sien­to…", e imi­ta el so­ni­do de las in­ter­fe­ren­cias.

Se­gun­da co­pa. ¿Có­mo pue­de Ca­te Blan­chett be­ber mar­ti­nis tan rá­pi­do? Ha­bla­mos de nues­tros pa­dres. El su­yo mu­rió re­pen­ti­na­men­te cuan­do te­nía 10 años. "Cuan­do pier­des a tus pa­dres tan jo­ven sim­ple­men­te lo asu­mes", con­fie­sa. "A la gen­te le gus­ta pen­sar que es la razón por la que qui­se ser ac­triz, como si fue­se una ecua­ción. La vi­da no es eso pa­ra na­da".

Tan­to en Ca­rol como en La ver­dad (y otros gran­des pa­pe­les que ha he­cho, que son unos cuan­tos), Ca­te in­ter­pre­ta a mu­je­res fuer­tes, po­de­ro­sas e in­te­li­gen­tes cu­ya vi­da se rom­pe en pe­da­zos por co­sas que es­ca­pan de su con­trol. Ca­sos clí­ni­cos que mues­tran to­das las ma­ne­ras en las que una per­so­na pue­de des­mo­ro­nar­se. ¿Guar­da es­to al­gu­na re­la­ción? "La cá­ma­ra siem­pre verá al­go en ti. Aunque no ha­gas na­da, es­cu­dri­ña tu in­te­rior y ha­lla al­go, no lo pue­des evi­tar", ex­pli­ca.

Tras la muer­te de su pa­dre "no pen­sé de­ma­sia­do en lo que me ha­bía ocu­rri­do. Me de­di­co a una pro­fe­sión en la que ha­go mo­vi­das muy ra­ras y ten­go ca­tar­sis. Su­pon­go que par­te de esos sen­ti­mien­tos que nun­ca pro­ce­sé aflo­ran. No es que vea mi tra­ba­jo como una te­ra­pia, con­si­de­ro esa con­cep­ción bas­tan­te re­pul­si­va. Pe­ro si es­tu­vie­se en pa­ro, es pro­ba­ble que no fue­se tan es­ta­ble emo­cio­nal­men­te. ¿En­tien­des a qué me re­fie­ro?".

Mien­tras me do­cu­men­ta­ba pa­ra es­ta en­tre­vis­ta en­con­tré un co­rreo de Aa­ron Sor­kin fil­tra­do tras el hac­keo a Sony: "Un año sí, y otro tam­bién, el ti­po que ga­na el Os­car al Me­jor ac­tor tie­ne un lis­tón más al­to que la mu­jer que ga­na el de Me­jor ac­triz", de­cía. "Ca­te hi­zo un tra­ba­jo in­creí­ble en Blue Jas­mi­ne, pe­ro na­da com­pa­ra­do con la di­fi­cul­tad de los cin­co candidatos mas­cu­li­nos".

Blan­chett y yo he­mos es­ta­do ha­blan­do so­bre Ste­ve Jobs. "Soy muy fan de Sor­kin", ase­gu­ra, así que le men­ciono el co­rreo. "No es el pri­me­ro que lo di­ce". ¿De ver­dad que no ha­bías oí­do na­da de es­to? "No leo esa mier­da. Ade­más, no me de­di­co a es­to pa­ra que a to­do el mundo le gus­te lo que ha­go. Soy la crí­ti­ca más fe­roz de mi tra­ba­jo, na­die va a de­cir na­da peor de mí que yo".

Ter­cer mar­ti­ni. Me cuen­ta la tí­pi­ca his­to­ria que le cuen­tas a al­guien des­pués de tres mar­ti­nis. Ca­te Blan­chett se ha­bía ido con su fa­mi­lia al no­roes­te de Aus­tra­lia, una zo­na muy sal­va­je. "Hay pro­ble­mas muy se­rios con los ga­tos sal­va­jes. Unos dos mi­llo­nes de ma­mí­fe­ros mue­ren ca­da no­che por cul­pa de los ga­tos sal­va­jes". Las ci­fras, no ha­ce fal­ta que lo di­ga, son apro­xi­ma­das. Me cuen­ta que cuan­do hay in­cen­dios, "se po­nen en el cer­co del fue­go y desatan su fre­ne­sí de­pre­da­dor con­tra los ani­ma­les que in­ten­tan es­ca­par. Es te­rri­ble". Ima­gí­na­te que te que­das atra­pa­da en­tre un in­cen­dio y… y un ga­to sal­va­je, sí". Ca­te Blan­chett ar­quea las ce­jas y son­ríe. "Es como ser ac­tor. Es te­rri­ble".

"No me de­di­co a es­to pa­ra que

a to­do el mundo le gus­te lo que ha­go. Na­die va a ha­blar peor

de mi tra­ba­jo que yo mis­ma"

CA­MA­LEÓ­NI­CA Trás el éxi­to de Blan­chett (aquí con ga­bar­di­na Bur­berry) es­ta­rá en la nue­va pe­lí­cu­la de Te­rren­ce Ma­lick. Y lue­go… con guión de Aa­ron Sor­kin. Qué ten­sión, ¿no?

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