Es­to es un 'punk'

Joa­quín Rodríguez, ba­jis­ta de Los Ni­kis, te ex­pli­ca có­mo triun­far sin te­ner npi de mú­si­ca.

GQ (Spain) - - Intro -

Una co­sa es ha­cer rock con sen­ti­do del hu­mor, y otra es ha­cer­se el gra­cio­so ha­cien­do rock. Es­te es uno de los mu­chos te­mas que abor­da Joa­quín Rodríguez en Npi de mú­si­ca (Edi­cio­nes Chel­sea), "Unas me­mo­rias ca­mu­fla­das en un ma­nual pa­ra mon­tar un gru­po", se­gún su au­tor. Su con­di­ción de ba­jis­ta de la le­gen­da­ria ban­da Los Ni­kis le otor­ga au­to­ri­dad pa­ra con­tar una his­to­ria que in­clu­ye todos los con­se­jos ne­ce­sa­rios pa­ra ha­cer mú­si­ca sin te­ner npi. "No me he de­ja­do ca­si na­da en el tin­te­ro, y creo que me voy a arre­pen­tir, por­que al­gu­nas co­sas que cuen­to son de esas que no de­be­ría ha­ber con­ta­do ja­más", con­fie­sa Joa­quín, que des­de ha­ce años se ga­na la vi­da como pi­lo­to de Ibe­ria ("los roc­ke­ros me mi­ran ra­ro por ser pi­lo­to y los pi­lo­tos me mi­ran ra­ro por ser roc­ke­ro"). Des­pués de que Los Ni­kis se di­sol­vie­ran, en 1998, si­guió ha­cien­do mú­si­ca con Los Acu­si­cas, que des­gra­cia­da­men­te tam­bién han de­ja­do de exis­tir. An­tes de me­ta­mor­fo­sear­se en es­cri­tor hips­ter pa­ra las fo­tos con GQ, Joa­quín nos con­tó es­to…

GQ: Brian Eno di­jo que no hay su­fi­cien­te caos en la mú­si­ca. ¿Has es­cri­to es­te li­bro pa­ra ase­gu­rar­te de que ha­ya un po­co más? JOA­QUÍN RODRÍGUEZ: ¡Al re­vés! Yo lo que ex­pli­co en el li­bro es có­mo ha­cer can­cio­nes muy sen­ci­llas, con so­lo tres no­tas. Por mu­cho que las re­vuel­vas, po­co caos pue­des ha­cer. GQ: ¿De ver­dad si­gue ha­bien­do gen­te que cree que des­pués del punk hay que sa­ber mú­si­ca pa­ra po­der mon­tar un gru­po de rock? J. R.: Hay gen­te a la que cues­ta sa­car de sus con­vic­cio­nes. En lo que a mí res­pec­ta, por ejem­plo, esas con­vic­cio­nes se­rían que no ten­go npi de to­car el ba­jo y que no soy fa­cha. Cuan­do doy las ex­pli­ca­cio­nes per­ti­nen­tes, la res­pues­ta más tí­pi­ca es: "¡Ven­ga ya!". GQ: Es ver­dad, vues­tra can­ción El im­pe­rio con­tra­ata­ca se in­ter­pre­tó como un himno fa­cha. ¿Os ha­béis qui­ta­do esa eti­que­ta de en­ci­ma? J. R.: No del to­do, pe­ro la ver­dad es que nos la bar­ni­za, con per­dón. GQ: ¿Y que te acu­sa­sen de de­jar al Ba­rça en tie­rra en Áms­ter­dam es par­te de ese sam­be­ni­to? J. R.: Es un sub­sam­be­ni­to: fa­cha y ade­más ul­tra­sur. GQ: ¿Po­drían exis­tir Los Ni­kis en la ac­tua­li­dad? J. R.: Po­dría­mos exis­tir, pe­ro nos cae­ría un sam­be­ni­to por le­tra: ra­cis­tas (por La ame­na­za ama­ri­lla); in­duc­to­res al ase­si­na­to (por Er­nes­to); an­ti­pro­le­ta­rios (por La hor­mi­go­ne­ra ase­si­na)… ¿Si­go? GQ: ¿Cuál es el lí­mi­te que se­pa­ra hu­mor de pa­ya­sa­da en el rock? J. R.: Que en una le­tra di­gas "opá, yo ví acé un co­rrá pa es­há gallina y pa es­há mi­nino" es un cla­ro sín­to­ma de que has cru­za­do ese lí­mi­te. GQ: ¿Có­mo te sen­tías cuán­do Ordovás se re­fe­ría a Los Ni­kis como los Ra­mo­nes de Al­ge­te? J. R.: Mu­cho me­jor que si nos hu­bie­ra lla­ma­do los Pink Floyd de San­to Do­min­go [ur­ba­ni­za­ción de Al­ge­te]. GQ: ¿Qué po­de­mos ha­cer pa­ra aca­bar de una vez con los es­cri­to­res de le­tras de amor? J. R.: En el mundo ac­tual hay un pe­li­gro mu­cho ma­yor: los mo­ñas que se ex­pre­san con ce­ne­fas de emo­ti­co­nos en What­sapp. Más de cin­co emo­ti­co­nos se­gui­dos se con­si­de­ra ce­ne­fa. Ojo. GQ: En el li­bro ha­blas tam­bién de los com­po­si­to­res que cam­bian el acen­to a las pa­la­bras pa­ra que las le­tras ri­men. ¿Ha re­mi­ti­do ya ese mal? J. R.: Es una en­fer­me­dad crónica sin so­lu­ción, como po­ner após­tro­fes a los nom­bres de las pe­lu­que­rías o que al­guien di­ga "sea­mos se­rios" cuan­do lle­va­mos me­dia ho­ra dis­cu­tien­do en se­rio. GQ: ¿Qué le di­rías a la gen­te que co­no­ce a Los Ni­kis pe­ro no ha es­cu­cha­do a Los Acu­si­cas? J. R.: Que, aunque ta­llu­di­tos (Emi­lio, el can­tan­te de Los Ni­kis, nos lla­ma­ba los Spa­ce Cow­boys), te­nía­mos can­cio­nes pe­ro que muy dig­nas. GQ: ¿A quién te gus­ta­ría lle­var de pa­sa­je­ro e in­clu­so te­ner en la ca­bi­na du­ran­te el vue­lo? J. R.: Una vez lle­vé en la ca­bi­na a Adria­na Ka­rem­beu por­que ve­nía un co­le­gio en­te­ro de ado­les­cen­tes ita­lia­nos con las hor­mo­nas dis­pa­ra­das. Fue el úni­co si­tio del avión don­de es­tu­vo a sal­vo. Tam­bién he lle­va­do a los Bee Gees y a Sta­tus Quo. Su­pera es­to. GQ: Da­vid Sum­mers era fan de Los Ni­kis. ¿De al­gu­na for­ma te sien­tes res­pon­sa­ble de la apa­ri­ción de Hom­bres G? J. R.: Hom­bres G gra­ba­ron su pri­me­ra ma­que­ta en nues­tro lo­cal de en­sa­yo. Da­ni Mar­tín es fan de Hom­bres G y de Los Ni­kis. El Canto del Lo­co y Hom­bres G vuel­ven lo­cas a las chi­cas. Y to­do es­te com­pli­ca­do si­lo­gis­mo me lle­va a ator­men­tar­me con la si­guien­te pre­gun­ta: ¿por qué a nues­tros con­cier­tos so­lo ve­nían tíos? ¿¡Por qué!? Npi de mú­si­ca es un tra­ta­do so­bre la in­co­rrec­ción po­lí­ti­ca apli­ca­da al rock que, ade­más de teo­rías di­ver­ti­das, tie­ne in­tere­san­tes his­to­rias so­bre los años de La Mo­vi­da, la épo­ca en la que Los Ni­kis na­cie­ron y cre­cie­ron. Joa­quín es­cri­be con sol­tu­ra y sin apar­car en nin­gún mo­men­to su hu­mor cáus­ti­co. Las aven­tu­ras en La Edad de Oro, en Ra­dio 3 o en con­cier­tos don­de fans como Da­vid Sum­mers co­rea­ban en pri­me­ra fi­la tru­fan un tex­to esen­cial.

"Los Ni­kis po­drían exis­tir en la ac­tua­li­dad, pe­ro nos pon­drían un sam­be­ni­to por ca­da una de nues­tras le­tras: an­ti­pro­le­ta­rios, ra­cis­tas, in­duc­to­res al ase­si­na­to… ¿Si­go?"

¡ES­TOY CREAN­DO! Es­te hom­bre que ves tan se­rio –en la fo­to, con ca­mi­sa y ti­ran­tes Mir­to, pa­ja­ri­ta Hu­go y ga­fas de pas­ta Pra­da–, pro­fe­sa de­vo­ción to­tal por los Ra­mo­nes. Por al­go es

MA­NUAL DE 'PUNK' CAS­TI­ZO

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