La re­ti­ra­da de un ár­bi­tro

GQ (Spain) - - Firmas -

Tu­ve tres ami­gos jue­ces de lí­nea. Ni si­quie­ra ár­bi­tros. Ellos apa­re­cían de re­pen­te en el cam­po en pan­ta­lón cor­to y con una ban­de­ri­ta, como los ni­ños fran­quis­tas, y se po­nían a co­rrer pa­ra se­ña­lar fue­ras de jue­go. Có­mo se­rá la co­sa del juez de lí­nea que una vez le de­di­ca­ron una se­rie de te­le­vi­sión a uno y aca­bó sa­lien­do Ma­riano Ra­joy Brey.

Es­tos ami­gos míos es­tu­dia­ban, como yo, en el ins­ti­tu­to Sán­chez Can­tón de Pon­te­ve­dra. La edad en la que lo na­tu­ral era odiar al pa­dre y al ár­bi­tro: ha­bía más Freud en lo úl­ti­mo que en lo pri­me­ro y, por lo ge­ne­ral, más pe­ne. Por eso el ar­bi­tra­je en­ton­ces era como tra­ba­jar pa­ra el Go­bierno des­de la ca­sa de un Priz­zi. Yo aho­ra pue­do de­cir que me aver­gon­za­ba de esos ami­gos en de­ter­mi­na­dos am­bien­tes, aun más en los fut­bo­le­ros que en los dro­go­tas del so­por­tal, pues bien es ver­dad que en­tre es­tos úl­ti­mos el de­por­te era una exu­be­ran­cia con­si­de­ra­ble.

Yo en­ton­ces ju­ga­ba en el Por­to­no­vo, equi­po B de la li­ga ju­ve­nil. Me caí de la ti­tu­la­ri­dad cuan­do tu­vi­mos que ju­gar el día des­pués del sá­ba­do de Car­na­val y sa­lí al cam­po, sin que me die­se cuen­ta, con un ojo pin­ta­do de ne­gro como un panda, y el ár­bi­tro fue al ban­qui­llo a mon­tar­le la pi­ru­la al mís­ter, que gas­tó un cam­bio en el mi­nu­to dos so­lo pa­ra co­rrer­me a pa­ta­das has­ta el ves­tua­rio. No vol­ví a ju­gar de ti­tu­lar, pe­ro dis­fru­té de los mo­men­tos que de­pa­ra un ban­qui­llo fa­mi­liar y her­mo­so, lleno de desechos de 16 años. Nos po­nía­mos to­xi­nas y yo unas man­tas por en­ci­ma y echá­ba­mos allí el do­min­go mi­ran­do al juez de lí­nea de un la­do pa­ra otro. Un día, pa­ra jo­der, nos pin­ta­mos los ojos de panda. De re­pen­te el juez de lí­nea, so­bre­pa­sa­do, avi­só al ár­bi­tro y nos ex­pul­sa­ron con la ex­cu­sa de que "es­to en vez de un ban­qui­llo pa­re­ce el zoo de Bar­ce­lo­na".

Ha­ce unos me­ses me en­te­ré de que a aque­llos tres ami­gos co­le­gia­dos ha ve­ni­do a su­mar­se otro, el as­tu­riano Edu Galán, pe­rio­dis­ta, crí­ti­co de ci­ne y fun­da­dor de Mon­go­lia, pe­ro so­bre to­do exár­bi­tro, que es una con­di­ción aris­to­crá­ti­ca que no se pierde nun­ca, como ha­ber si­do zar an­tes de la Re­vo­lu­ción. Edu fue, de mis ami­gos, el que más le­jos lle­gó en la ca­rre­ra ar­bi­tral: fue ár­bi­tro. Tu­vo has­ta un pa­drino, una es­pe­cie de Yo­da del pi­to que era Díaz Ve­ga. Díaz Ve­ga le di­jo un día: "Cuan­do un ár­bi­tro pierde el con­trol sa­be que tie­ne que

"Cuan­do se dis­po­nía a me­ter­le un 'me­co', mi ami­go es­cu­chó de­trás una vo­ce­ci­lla: 'Por fa­vor, ár­bi­tro, no pe­gues a pa­pá"

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