JOHN BAN­VI­LLE

GQ (Spain) - - Travelling - En­ton­ces, ¿de dón­de sur­ge La­gui­ta­rraa­zul?

• 'LA GUI­TA­RRA AZUL' NOS TRAE al Ban­vi­lle de siem­pre… pe­ro di­fe­ren­te: tan ele­gan­te y ex­qui­si­to como de cos­tum­bre, es­ta vez se mues­tra más cer­cano y ac­ce­si­ble que nun­ca. Apro­ve­chan­do su pa­so por Ma­drid, ha­bla­mos con el maes­tro ir­lan­dés so­bre es­ta obra (pu­bli­ca­da por Al­fa­gua­ra y tra­du­ci­da por Nu­ria Barrios) y so­bre su pro­ce­so crea­ti­vo. GQ: ¿Có­mo te ins­pi­ras pa­ra es­cri­bir tus no­ve­las? JOHN BAN­VI­LLE.: Oja­lá lo su­pie­ra, aunque si lo hi­cie­ra se­gu­ra­men­te ya hu­bie­se de­ja­do de es­cri­bir. GQ: J. B.: No es que no quie­ra con­tes­tar, es que no ten­go ni idea. Qui­zá pro­ven­ga de don­de vie­nen mis sue­ños. La no­ve­la po­dría es­tar for­ma­da por par­tes de mi vi­da, par­tes de las per­so­nas con las que me en­cuen­tro ca­da día. So­lo sé que su pro­ce­so de es­cri­tu­ra fue te­dio­so, al­go muy pa­re­ci­do a la cons­truc­ción de un sue­ño. Así lo he sen­ti­do. GQ: Oli­ver Or­me, el pro­ta­go­nis­ta de es­ta his­to­ria, es un ar­tis­ta al que se le ago­ta la ins­pi­ra­ción… ¿Te­mes que te ocu­rra al­go pa­re­ci­do al­gu­na vez? J. B.: No me ha pa­sa­do y no creo que me pa­se por­que no pue­do pa­rar de es­cri­bir. Sim­ple­men­te si­go es­cri­bien­do por­que es lo que sé ha­cer. Cuen­tan que cuan­do Henry Ja­mes es­ta­ba ago­ni­zan­do en la ca­ma del hospital, su mano se­guía mo­vién­do­se y ha­cien­do tra­zos so­bre la sá­ba­na como si es­tu­vie­ra es­cri­bien­do. Es­pe­ro que eso me ocu­rra a mí tam­bién. Eso o es­tar en mi me­sa pen­san­do: "Oh, es­ta es la pa­la­bra per­fec­ta…" y, de re­pen­te, jus­to en mi­tad del pro­ce­so, pum [Ban­vi­lle gi­ra el cue­llo, cie­rra los ojos y sa­ca la len­gua como si hu­bie­ra fa­lle­ci­do sú­bi­ta­men­te]. GQ: ¿Has­ta qué pun­to tus per­so­na­jes pue­den lle­gar a con­ver­tir­se en una vál­vu­la de es­ca­pe? J. B.: Al es­cri­bir ya es­toy es­ca­pan­do de mí mis­mo. Nun­ca he creí­do que mis per­so­na­jes sean una vál­vu­la de es­ca­pe, aunque he de re­co­no­cer que sí que ha­blo a tra­vés de ellos por­que ellos tie­nen unas li­ber­ta­des que yo no ten­go. GQ: ¿Te mar­cas lí­mi­tes es­cri­bien­do? J. B.: Cuan­do es­cri­bo como Ben­ja­min Black [el ál­ter ego de Ban­vi­lle, el pseu­dó­ni­mo con el que es­cri­be no­ve­la ne­gra] no lo ha­go de ase­si­nos en se­rie ni vio­la­do­res. Y el mo­ti­vo es es­te: sien­to que la no­ve­la ne­gra mo­der­na abu­sa de­ma­sia­do del mal­tra­to a las mu­je­res. Si fue­ra mu­jer pro­tes­ta­ría enér­gi­ca­men­te con­tra es­tas no­ve­las y con­tra to­das aque­llas se­ries de te­le­vi­sión que siem­pre em­pie­zan con el ase­si­na­to o la vio­la­ción de una mu­jer. Nues­tras vi­das es­tán muy ale­ja­das del ti­po de vio­len­cia ex­tre­ma que ve­mos en la pan­ta­lla. De he­cho, la ma­yo­ría de no­so­tros no ve­mos vio­len­cia. So­lo un ti­rón del bol­so en una ca­lle o al­go así. Pa­re­ce que como no hay vio­len­cia en nues­tras vi­das no las estamos vi­vien­do de un mo­do au­tén­ti­co. Y por eso nos en­can­ta la vio­len­cia, por­que sen­ti­mos que estamos for­man­do par­te de un mundo que es ajeno a no­so­tros. GQ: Pa­ra quien no te co­no­ce to­da­vía, ¿có­mo des­cri­bi­rías tu es­ti­lo na­rra­ti­vo? J. B.: To­tal­men­te su­pe­rior al res­to. Lo des­cri­bi­ría como ge­nial por­que so­lo un genio pue­de es­cri­bir así de bien [ríe]. Aho­ra en se­rio, di­vi­di­ría mi obra en dos par­tes: por un la­do es­tán los li­bros de John Ban­vi­lle, que son muy len­tos y exi­gen una concentración muy fuer­te, y por otro la­do es­ta­rían las no­ve­las de Ben­ja­min Black, que se es­cri­ben mas rá­pi­do y son más es­pon­tá­neas.

El (qui­zá) me­jor es­cri­tor en len­gua in­gle­sa en ac­ti­vo es­tá de re­gre­so tras su me­re­ci­dí­si­mo Pre­mio Prín­ci­pe de As­tu­rias 2014. Su nue­va no­ve­la, La­gui­ta­rraa­zul, es un li­bro de­li­cio­sa­men­te es­cri­to que na­rra "la his­to­ria de un hom­bre que se enamo­ró de una mu­jer con for­ma de che­lo… y la ro­bó".

GQ: Ha­ce po­co di­jis­te en El País que te aver­güen­zas de tus li­bros. ¿Por qué? J. B.: Pues por­que todos son un fra­ca­so. Mi ob­je­ti­vo es ser per­fec­to, así que con­si­de­ro que son un fra­ca­so se­gún mis pro­pios es­tán­da­res de ca­li­dad, que son muy ele­va­dos. GQ: J. B.: Un es­cri­tor siem­pre te va a de­cir dos co­sas: hay dos li­bros, el que has es­cri­to y el que es­tás es­cri­bien­do. El que es­tás es­cri­bien­do te pa­re­ce una obra maes­tra, el li­bro de una ge­ne­ra­ción. El que has es­cri­to en cam­bio es una ba­su­ri­lla. Hay que te­ner en cuen­ta que los lectores des­cu­bren por pri­me­ra vez un tex­to que yo me he pa­sa­do dos, tres o cua­tro años es­cri­bien­do y que ya me tie­ne har­to. Es como cuan­do la gen­te ve a tus hi­jos y te di­ce que son ma­ra­vi­llo­sos y tú pien­sas: "Sí, por­que no eres tú el que tie­nes que li­diar con ellos ca­da día". GQ: ¿Su­fres mu­cha pre­sión por par­te de tus lectores? J. B.: No, pa­ra na­da. Nin­gún es­cri­tor pue­de pen­sar en los lectores. Uno es­cri­be pa­ra sí­mis­mo. So­lo sien­do ho­nes­to con­ti­go mis­mo vas a co­nec­tar con los lectores. GQ: ¿Y por par­te de los edi­to­res? J. B.: Hay muy po­ca gen­te más apa­sio­na­da que los edi­to­res. Son ellos los que más desean una bue­na es­cri­tu­ra. Y no lo di­go por­que es­té aquí [la en­tre­vis­ta se reali­zó en la se­de de Pen­guin Ran­dom Hou­se, par­te del gru­po Al­fa­gua­ra], pe­ro yo siem­pre he te­ni­do mu­cha suer­te por­que a todos los edi­to­res que he te­ni­do les ha gus­ta­do mi tra­ba­jo. De he­cho, ¡has­ta me han per­do­na­do cuan­do no he lo­gra­do ven­der tan­tas co­pias como es­pe­ra­ban! GQ: ¿Qué sen­tis­te al re­ci­bir el Pre­mio Prín­ci­pe de As­tu­rias en 2014? J. B.: Un or­gu­llo y una fe­li­ci­dad enor­mes. Y tam­po­co lo di­go por­que es­té en Es­pa­ña. El día de la en­tre­ga fue ma­ra­vi­llo­so. Me gus­ta la Fa­mi­lia Real y tan­to el rey como la rei­na fue­ron de­li­cio­sos con­mi­go. La ver­dad es que me per­mi­to sen­tir­me or­gu­llo­so por ha­ber lo­gra­do es­te pre­mio. En las fo­tos de aquel día se me pue­de ver tal y como me sen­tía en reali­dad: como un se­ñor son­rien­te con la ca­be­za bien al­ta. GQ: ¿Y qué hay del No­bel? Hay quien opi­na que es­tás muy cer­ca de re­ci­bir­lo… J. B.: Lo sien­to, no pue­do ha­blar de ello. GQ: ¿Al­gu­na vez has te­mi­do en­fren­tar­te a una pá­gi­na en blan­co? J. B.: To­das las ma­ña­nas. Me sien­to y me di­go: "No pue­do con es­to, no sé có­mo ha­cer­lo. ¿Có­mo lo hice ayer?". Lue­go, no sé có­mo, es­cri­bo una pa­la­bra, una fra­se, un pá­rra­fo. Y lue­go ya co­jo el rit­mo. Pe­ro an­tes de eso, sí, sien­to pá­ni­co a la pá­gi­na en blan­co. GQ: Ade­más de ga­nar di­ne­ro, po­der se­guir ha­cien­do lo que te gus­ta y te­ner re­co­no­ci­mien­to, ¿qué ob­je­ti­vos te plan­teas cuan­do es­cri­bes un li­bro? J. B.: Ha­cer­lo bien y co­rre­gir todos mis erro­res an­te­rio­res. GQ: ¿Po­de­mos en­con­trar li­te­ra­tu­ra de au­tor en un pro­duc­to su­per­ven­tas? J. B.: La bue­na es­cri­tu­ra pue­de co­brar cual­quier for­ma. El pri­mer la­va­va­ji­llas que me pu­de per­mi­tir, ha­ce 20 o 30 años, te­nía un ma­nual de ins­truc­cio­nes que es­ta­ba es­cri­to en un in­glés ma­ra­vi­llo­so, así que creo que el ta­len­to se da en cual­quier si­tio. Pe­ro hay otra cues­tión más im­por­tan­te: es cru­cial que la gen­te lea aunque la es­cri­tu­ra sea ma­la. Cuan­do sa­lie­ron por pri­me­ra vez los smartp­ho­nes no sa­bía lo que eran e iba en el tren mi­ran­do có­mo la gen­te ha­cía ges­tos con el de­do (arras­trar la pan­ta­lla con el ín­di­ce) y yo­me pre­gun­ta­ba: "¿Qué es­tán ha­cien­do?". Y la res­pues­ta era es­ta: "Es­tán le­yen­do". Así que si me pre­gun­tan que qué pien­so so­bre Cin­cuen­ta som­bras de Grey yo di­ré: "Me pa­re­ce bien por­que ha­ce que la gen­te lea más". Y es que ya so­lo el pro­ce­so de co­lo­car unas man­chas ne­gras en una pá­gi­na en blan­co y crear ideas, imá­ge­nes e his­to­rias es un mi­la­gro. Me da igual si la gen­te lee la par­te de atrás de las ca­jas de ce­rea­les; en el fon­do, leer es leer. GQ: ¿Has­ta cuán­do te ves tra­ba­jan­do? J. B.: La ver­dad, no sé qué ha­ría si no es­tu­vie­ra es­cri­bien­do. Pa­ra mí es al­go tan im­por­tan­te como res­pi­rar. GQ: Ade­más de pro­mo­cio­nar otros pro­yec­tos tie­nes a cor­to pla­zo? J. B.: Adaptar pa­ra el tea­tro­mi­no­ve­la Lo­sin­fi­ni­tos y es­cri­bir una se­rie de te­le­vi­sión con Neil Jor­dan (Jue­go de lá­gri­mas, Desa­yuno en Plu­tón). Ah, y, por su­pues­to, se­guir con vi­da [ríe].

JE­SÚS ME­RINO LÓ­PEZ

DIE­GO LAFUENTE

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