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GQ (Spain) - - Gq Uién Es Quién -

EN EL MUN­DIAL DE ITA­LIA DE 1990, Paul Gas­coig­ne (Ga­tes­head, 1967, In­gla­te­rra) rom­pió a llo­rar tras re­ci­bir una tar­je­ta ama­ri­lla du­ran­te la se­mi­fi­nal en la que su se­lec­ción, In­gla­te­rra, se en­fren­ta­ba con­tra la de Ale­ma­nia Fe­de­ral. Nor­mal que llo­ra­se: aque­lla amo­nes­ta­ción su­po­nía el fin de su par­ti­ci­pa­ción en el cam­peo­na­to (se ha­bría per­di­do la fi­nal de ha­ber lle­ga­do). La ima­gen dio la vuel­ta al mun­do por­que Gaz­za, que aho­ra tie­ne 48 años, era al­go más que un fut­bo­lis­ta. De he­cho, aquel tor­neo le con­vir­tió en un te­so­ro na­cio­nal cu­ya po­pu­la­ri­dad como per­so­na­je ter­mi­na­ría por eclip­sar sus ha­bi­li­da­des como ju­ga­dor. No obs­tan­te, su pro­pia vi­da des­pren­día un bri­llo di­fe­ren­te. Ser Gaz­za du­ran­te los años de va­cas gor­das era mu­cho más di­fí­cil de lo que pa­re­cía: a pe­sar del ca­ri­ño del pú­bli­co, Gas­coig­ne es­ta­ba ca­yen­do en un al­coho­lis­mo tan se­ve­ro que le con­du­jo a las puer­tas de la muer­te en más de una oca­sión.

Co­noz­co a Gas­coig­ne des­de ha­ce años. Como mu­cha gen­te de su en­torno, lle­vo mu­cho tiem­po de­trás de él pi­dién­do­le que se man­ten­ga ale­ja­do de la be­bi­da. Él con­fía en mí por­que yo desem­pe­ñé un pa­pel pe­que­ño en su exi­to­sa per­se­cu­ción con­tra la pren­sa –que ha­bía ac­ce­di­do ile­gal­men­te a su te­lé­fono–, ya que le con­ven­cí de que de­ja­ra que mi abo­ga­do se hi­cie­ra car­go de su ca­so. Y el plan sa­lió bien: en mayo de 2015, Mi­rror Group le tu­vo que pa­gar unos 250.000 eu­ros por los da­ños que le ha­bían cau­sa­do. Como a mu­chas otras per­so­nas, de Gaz­za me ha re­sul­ta­do irre­sis­ti­ble su in­fan­til ge­ne­ro­si­dad de es­pí­ri­tu y su amor por la vi­da cuan­do la vi­da se por­ta bien con él. Pe­ro al igual que la ma­yo­ría de al­cohó­li­cos cró­ni­cos, Paul Gas­coig­ne pue­de ser un hom­bre muy di­fí­cil de ayu­dar. De he­cho, mu­chos no le per­do­nan la vio­len­cia do­més­ti­ca que ejer­ció con­tra su exes­po­sa Sheryl Fai­les (aun­que ella sa­be que cuan­do es­tá so­brio, no hay na­die tan ma­jo como él). Y es que cuan­do la be­bi­da to­ma el relevo, Gaz­za pier­de su per­so­na­li­dad ado­ra­ble (si­tua­ción con­tras­ta­da ha­ce dos años cuan­do se ex­ten­dió el ru­mor so­bre su muer­te).

El ex­fut­bo­lis­ta e icono vi­ve aho­ra en Sand­banks, en el con­da­do de Dor­ches­ter (al sur de In­gla­te­rra), cer­ca del cen­tro de reha­bi­li­ta­ción Pro­vi­den­ce Pro­jects. Du­ran­te unos días tu­vo que ale­jar­se de la ru­ti­na pa­ra pro­mo­cio­nar el do­cu­men­tal que se ha ro­da­do so­bre su vi­da, lla­ma­do sen­ci­lla­men­te Gas­coig­ne (al que se­gui­rá un bio­pic to­da­vía en pre­pro­duc­ción). Se es­pe­ra que el do­cu­men­tal mar­que un pun­to de in­fle­xión en su vi­da, aun­que en el mo­men­to de rea­li­zar es­ta en­tre­vis­ta to­do pa­re­ce ir bien ti­ran­do a re­gu­lar: cuan­do me ci­to con él es­tá so­brio aun­que re­cien­te­men­te ha te­ni­do un "lap­so tem­po­ral" (o sea, se ha co­rri­do una se­ño­ra juer­ga). Eso sí, tie­ne buen as­pec­to –su ca­ra más cla­ra y sua­ve de lo nor­mal, por su pre­dis­po­si­ción al bó­tox– pe­se a que sus ma­nos tiemblan un po­co y en sus ojos aflo­ra le­ve­men­te un ges­to de do­lor. Aun así, Paul Gas­coig­ne ase­gu­ra sen­tir­se fe­liz e ilu­sio­na­do por lo que es­tá por ve­nir. Le pre­gun­to có­mo se en­cuen­tra. PAUL GAS­COIG­NE: Bien, sal­vo por las men­ti­ras que la pren­sa cuen­ta so­bre mí. Voy a una tien­da a com­prar ta­ba­co y la pren­sa di­ce que es­toy com­pran­do al­cohol. Y en­ton­ces to­do se me acu­mu­la, y echo un pa­ra arre­pen­tir­me y llo­rar como un ni­ño. GQ: ¿Cuán­do be­bis­te por última vez? P. G.: Ha­ce dos se­ma­nas. Des­pués vino a ver­me el te­ra­peu­ta y ha­bla­mos. GQ: ¿Cuál ha si­do el pe­rio­do de tiem­po más lar­go que has es­ta­do sin be­ber? P. G.: Me he man­te­ni­do so­brio tres años, lue­go dos años, tres años, dos otra vez, un año y medio, lue­go dos y medio, nue­ve me­ses, un año y medio, re­cien­te­men­te seis me­ses, y lue­go he te­ni­do es­te lap­so tem­po­ral. Ten­go bue­nos apo­yos aquí, pe­ro las men­ti­ras que cuen­ta la pren­sa me hun­den. Me en­te­ré de que una ami­ga es­ta­ba fil­tran­do in­for­ma­ción al pe­rió­di­co The Sun. El tío me lla­mó di­cien­do co­sas ho­rri­bles, así que le ma­cha­qué por Twit­ter. Lue­go la po­li­cía me trin­có por aco­so. Me­de­tu­vie­ron du­ran­te 22 ho­ras y pa­sé cua­tro días en el hos­pi­tal jus­ti­fi­cán­do­me: "Es­pe­ra un po­co, que es­ta­ba usan­do Twit­ter, no be­bien­do al­cohol". GQ: ¿To­dos los días te ape­te­ce be­ber? P. G.: No, me pue­do pa­sar mu­cho tiem­po sin be­ber aun­que lue­go ten­ga esos lap­sos. GQ: ¿Có­mo te sien­tes cuan­do sa­bes que es­tás vol­vien­do a re­caer? P. G.: Cuan­do pi­llo una bo­te­lla, de gi­ne­bra, o de lo que sea, me pon­go a llo­rar. Es­toy tem­blan­do an­tes de abrir­la por­que no la quie­ro, de ver­dad que no, pe­ro tras un par de tragos, meen­cuen­tro bien. Eso sí, al fi­nal siem­pre me arre­pien­to y em­pie­zo a llo­rar. GQ: ¿Y qué te em­pu­ja a ha­cer­lo? P. G.: Se me acu­mu­la to­do. La pren­sa ace­chan­do con­ti­nua­men­te, esa mu­jer fil­tran­do in­for­ma­ción, la de­ten­ción. Es­ta vez tu­ve suer­te por­que en el hos­pi­tal com­pro­ba­ron que te­nía el hí­ga­do bien. Lue­go me fui de pes­ca, ju­gué al golf y ya es­ta­ba bien otra vez. Ha­ce po­co se su­po­nía que te­nía que inau­gu­rar un lo­cal de lap dan­cing pa­ra mi hi­ja

Bian­ca, pe­ro fui a Lon­dres y me di cuen­ta de que no era muy bue­na idea por­que iba a es­tar to­da la pren­sa ti­tu­lan­do al­go como "Gaz­za abre un lo­cal de strip­tea­se". No fui. GQ: A tu hi­ja le de­cep­cio­nó tu au­sen­cia… P. G.: Ya lo sé, pe­ro tam­bién ten­go que pen­sar en mí. Me­preo­cu­pa­ba la pre­sen­cia de la pren­sa por­que es­toy en una si­tua­ción… Te ga­ran­ti­zo que al­gu­nas de las bai­la­ri­nas me ha­brían ro­dea­do y sa­ca­do fo­tos pa­ra ha­blar con la pren­sa. Y an­tes de dar­me cuen­ta ya ten­dría el es­cán­da­lo mon­ta­do. GQ: ¿Qué tal la re­la­ción con tu fa­mi­lia? P. G.: No les he vis­to en un tiem­po. GQ: ¿Te dis­gus­tas mu­cho cuan­do tus hi­jos ha­blan con la pren­sa so­bre ti? P. G.: Me en­tris­te­ce mu­chí­si­mo. No creo que de­ban ha­blar con la pren­sa des­pués de to­do lo que me han he­cho –ac­ce­der a mi mó­vil ile­gal­men­te, se­guir­me, men­tir so­bre mí–. Lue­go su­pe que Sheryl es­ta­ba cer­ca de aquí, tan so­lo a cin­co mi­nu­tos, y ja­más vino a ver­me. Bian­ca tam­bién es­ta­ba por aquí y lo su­pe de bo­ca de otra per­so­na. No nos ha­bla­mos. Y el he­cho de no ha­blar es ma­lo pa­ra mí por­que no veo a los chi­cos, y ma­lo pa­ra ellos por­que no ven a su pa­dre. GQ: En el do­cu­men­tal, Gary Li­ne­ker di­ce que te avi­só de que tu­vie­ras cui­da­do cuan­do vol­vis­teis de Ita­lia '90. ¿Sa­bías a lo que se re­fe­ría? P. G.: Qué va. Re­cuer­do que di­jo: "Gaz­za, ten cui­da­do". Y yo: "¿A qué te re­fie­res? He he­cho un buen tra­ba­jo en el Mun­dial". Des­pués ba­ja­mos del avión y ha­bía un mon­tón de gen­te co­rean­do mi nom­bre y me di cuen­ta de que ha­bía ocu­rri­do al­go gran­de. De pron­to, me en­con­tré inau­gu­ran­do tien­das y re­ci­bien­do re­ga­los. In­clu­so le com­pra­ron un co­che a mi pa­dre. Y yo pen­sa­ba: "¿Có­mo so­bre­lle­vo es­to?". Una lo­cu­ra. Lo que me jo­de es que la pren­sa me si­ga aho­ra más que cuan­do ju­ga­ba al fútbol. GQ: ¿A qué crees que se de­be? P. G.: Pien­san que soy Geor­ge Best. GQ: ¿Es­tán es­pe­ran­do a que te mue­ras? P. G.: Pues sí, como a Lady Di. He be­bi­do des­de los 18 años, pe­ro me per­si­guen por­que es­pe­ran que ha­ya una pró­xi­ma vez. GQ: ¿Te gus­ta­ba que te adu­la­sen cuan­do eras fut­bo­lis­ta? P. G.: Me en­can­ta­ba la par­te de dar di­ne­ro a mi fa­mi­lia, aun­que yo era fe­liz ju­gan­do. GQ: ¿Pe­ro eras cons­cien­te de que se te veía dis­tin­to del res­to de fut­bo­lis­tas? P. G.: Sí. El año pa­sa­do es­tu­ve en los pre­mios Pla­yer of The Year jun­to a otros ex­ju­ga­do­res que ten­drían unas cua­tro o cin­co per­so­nas a su al­re­de­dor pi­dién­do­les un au­tó­gra­fo. Yo te­nía unas 50. Eso me gus­ta. Lo que no me gus­ta son las men­ti­ras. GQ: Echan­do la vis­ta atrás, ¿cuán­do has si­do más fe­liz? P. G.: En el cés­ped. El úni­co mo­men­to en que me sen­tía li­bre era cuan­do es­ta­ba so­bre un te­rreno de jue­go. Yen reha­bi­li­ta­ción­me sien­to se­gu­ro. Cuan­do es­toy fe­liz y so­brio, y ten­go mi golf y mi pes­ca, no me pue­den to­car. Soy fe­liz cuan­do no be­bo. GQ: ¿Te ima­gi­nas una vi­da sin be­ber? P. G.: Sí. Si los su­mo to­dos, he es­ta­do so­brio du­ran­te mu­chos años. GQ: De to­dos tus pro­ble­mas de sa­lud men­tal –de­pre­sión, bi­po­la­ri­dad, tras­torno ob­se­si­vo-com­pul­si­vo, al­coho­lis­mo, psi­co­sis–, ¿cuál ha si­do el peor? P. G.: La pren­sa ha­ce que me de­pri­ma, pe­ro lo pue­do su­pe­rar. Pue­do ha­blar con al­guien como tú, ha­blar con Terry [Ba­ker, el agen­te de Gas­coig­ne], y lo su­pero. Lo peor fue la psi­co­sis por la co­caí­na cuan­do mi her­ma­na hi­zo que me in­ter­na­ran ha­ce diez años. La pa­ra­noia era in­creí­ble. Es­tu­ve en Ga­tes­head con mi pa­dre y yo de­cía: "Pa­pá, ese tío me es­tá mi­ran­do, jo­der". Y él res­pon­día: "Co­ño, eres Paul Gas­coig­ne, cla­ro que te es­tá mi­ran­do". Ocuan­do vol­ví a ca­sa y en la ca­ma te­nía un par de pa­que­tes de go­mi­no­las y des­per­té a mi pa­dre pa­ra de­cir­le: "Las go­mi­no­las me es­tán mi­ran­do, jo­der". Y él: "Có­me­te las pu­tas go­mi­no­las y vuel­ve a la ca­ma". Y cuan­do me las co­mí en­con­tré otro pa­que­te y le vol­ví a des­per­tar con la mis­ma can­ti­ne­la. Es­ta­ba com­ple­ta­men­te lo­co. De he­cho, ti­ré un Ro­lex por la ven­ta­na por­que pen­sa­ba que nos es­cu­cha­ba. Y tam­bién te­nía seis te­lé­fo­nos mó­vi­les que es­ta­ba se­gu­ro de que es­ta­ban in­ter­ve­ni­dos… Bueno, ahí sí lle­va­ba ra­zón. GQ: ¿En qué mo­men­to has es­ta­do más cer­ca de la muer­te? P. G.: Ha­ce dos años y medio. Ha­bía es­ta­do de juer­ga y me lle­va­ron a un cen­tro de reha­bi­li­ta­ción de Ari­zo­na. Tu­ve tem­blo­res du­ran­te tres días. Me lle­va­ron al hos­pi­tal y oí al mé­di­co ha­blar con el per­so­nal. "Es­te tío no lo va a su­pe­rar. Se va a mo­rir", les di­jo. Yyo con­tes­té: "Por fa­vor, no me de­jes mo­rir; ne­ce­si­to re­gar las plan­tas de ca­sa". Des­pués pin­cha­ron mi co­ra­zón y mis pul­mo­nes pa­ra man­te­ner­me con vi­da. GQ: ¿Es­ta­ba con­ti­go tu fa­mi­lia? P. G.: No, allí no de­jan en­trar a na­die. GQ: Y cir­cu­ló el ru­mor de tu muer­te. P. G.: Sí. GQ: ¿Pu­dis­te dar­te cuen­ta de lo que sig­ni­fi­ca­bas pa­ra mu­cha gen­te? P. G.: Des­pués de tres se­ma­nas, lla­mé a un ami­go y le di­je: "Es­toy lis­to pa­ra vol­ver a ca­sa". Él me di­jo: "Jo­der, es­tás de bro­ma, si lle­vas en el hos­pi­tal 20 días". No te­nía ni idea. Lla­mé a mi ma­dre y me di­jo: "Jo­der, Paul. En to­dos los par­ti­dos de fútbol han es­ta­do le­van­ta­do ca­mi­se­tas con el nú­me­ro ocho de Gas­coig­ne". Fue en­ton­ces cuan­do me di cuen­ta de lo es­tú­pi­do que ha­bía si­do y de lo que sig­ni­fi­ca­ba pa­ra mis fans. No quie­ro de­cep­cio­nar­les.

GQ: ¿Eres un ti­po sen­ti­men­tal? P. G.: Sí, y ade­más sé cuán­do es­toy me­jo­ran­do por­que ten­go emo­cio­nes nor­ma­les. Aho­ra echo mu­chí­si­mo de me­nos a mi fa­mi­lia. An­tes so­lía su­bir ca­da tres me­ses a ver­les, pe­ro aho­ra no he ido en los úl­ti­mos cin­co. A quien más echo de me­nos es a Mag­gie, la pe­rra de mi pa­dre. Me en­can­ta­ba sa­lir a co­rrer por las ma­ña­nas con ella. GQ: ¿Crees que tus pa­dres hu­bie­ran pre­fe­ri­do que nun­ca fue­ras fa­mo­so? P. G.: No, por­que siem­pre he que­ri­do ser un fut­bo­lis­ta de pri­me­ra, les di­je que nun­ca ten­drían que vol­ver a tra­ba­jar y no lo han he­cho. Lo que quie­ren es que yo de­je de te­ner esos lap­sos tem­po­ra­les. No quie­ro te­ner­los y no de­be­ría te­ner­los. No es agra­da­ble te­ner a la pren­sa fren­te a nues­tra ca­sa to­dos los días. Aun­que lue­go vie­ne la po­li­cía, di­ce que se va a ocu­par y te con­for­mas. GQ: Por lo me­nos se ocu­pan, no como cuan­do can­tas­te The Sash [un himno unio­nis­ta] cuan­do ju­ga­bas en los Ran­gers y re­ci­bis­te ame­na­zas del IRA… P. G.: Eso fue ate­rra­dor. Re­cuer­do que me di­je­ron: "Pues sí, lo de ma­tar­te va en se­rio". De he­cho, nos die­ron un ar­te­fac­to pa­ra com­pro­bar los ba­jos de los co­ches por si ha­bía bom­bas ahí. Me acon­se­ja­ron que tu­vie­ra cui­da­do al abrir el co­rreo y yo le di­je a un ami­go que le pa­ga­ba 100 li­bras a la se­ma­na por abrir­me el bu­zón. GQ: Cuan­do ju­ga­bas con los Ran­gers os pa­tro­ci­na­ba la mar­ca de cer­ve­zas Mce­wan's La­ger. ¿Crees que el al­cohol tie­ne de­ma­sia­da pre­sen­cia en el fútbol? P. G.: Gra­cias a ello los ju­ga­do­res tie­nen suel­dos más al­tos. Y, ade­más, tam­po­co creo que va­ya­mos a evi­tar que se be­ba al­cohol si eli­mi­na­mos sus lo­gos de las ca­mi­se­tas. GQ: ¿Qué ju­ga­do­res te re­cuer­dan a ti? P. G.: Sé que Way­ne Roo­ney tie­ne muy bue­na opi­nión so­bre mí. Ste­ven Ge­rrard ha si­do un gran ju­ga­dor, pe­ro creo que no se me pa­re­ce mu­cho. Frank Lam­pard sí, aun­que tie­ne una per­so­na­li­dad más re­ser­va­da. ¡Qué ju­ga­dor! Más de 100 go­les sien­do cen­tro­cam­pis­ta. In­creí­ble. GQ: ¿Quién es el me­jor ju­ga­dor con el que, o con­tra el que, ha­yas ju­ga­do? P. G.: Te con­tes­to Bryan Rob­son a las dos co­sas. Un día le lla­mé "ca­ca de pe­rro" por­que es­ta­ba en to­das par­tes. La pri­me­ra vez que ju­gué pa­ra In­gla­te­rra me di­jo: "Gaz­za, es­toy al fi­nal de mi ca­rre­ra, así que dé­ja­me ha­cer a mí to­do lo chun­go. Tú sim­ple­men­te jue­ga un gran par­ti­do". Ah, tam­bién Ma­ra­do­na, que era in­creí­ble. Ju­gué un amis­to­so con­tra él cuan­do yo es­ta­ba en la La­zio y él en el Se­vi­lla. Mar­qué un go­la­zo y lue­go Ma­ra­do­na hi­zo otro de ti­ro li­bre yme gui­ñó el ojo por­que creo que él sa­bía que los dos es­tá­ba­mos bo­rra­chos. Lue­go nos pi­die­ron que dié­ra­mos una rue­da de pren­sa y él di­jo que de nin­gu­na ma­ne­ra, que no po­día ha­blar. "Yo tam­po­co pue­do ha­blar", di­je, aun­que a mí me obli­ga­ron a ha­cer­lo y des­pués me mul­ta­ron con 50.000 eu­ros por es­tar bo­rra­cho. GQ: ¿Cuál ha si­do tu me­jor en­tre­na­dor? P. G.: Bobby Rob­son fue muy bueno con­mi­go. Terry­ve­na­bles fue un gran en­tre­na­dor. Wal­ter Smith tam­bién es­ta­ba al mis­mo ni­vel. Cuan­do me fui del La­zio, Dino Zoff [el en­tre­na­dor] me di­jo que el Chel­sea, el As­ton Vi­lla y los Ran­gers me que­rían. Yo le di­je que ha­bla­se con el Chel­sea y con el Vi­lla pe­ro que ja­más fir­ma­ría por el jodido Queen's Park Ran­gers. Él me di­jo: "¡Me re­fie­ro al Glas­gow Ran­gers!". Y yo le con­tes­té: "¡Ah, jo­der, en­ton­ces sí!". GQ: ¿Por qué ese en­tu­sias­mo? P. G.: Por los ju­ga­do­res que te­nían… y por los fans. Wal­ter vino a ver­me y me di­jo: "Dé­ja­me que te ha­ble del club". Res­pon­dí: "No tie­nes que ha­cer­lo. Voy pa­ra allá". GQ: ¿En­con­tras­te en Es­co­cia a tus me­jo­res fans? P. G.: Es di­fí­cil de­cir­lo. Siem­pre he te­ni­do unos se­gui­do­res es­tu­pen­dos. In­clu­so fans del equi­po vi­si­tan­te. Los hin­chas de la La­zio eran ge­nia­les. Mar­qué un gol de ca­be­za fren­te a la Ro­ma en un es­ta­dio con 105.000 per­so­nas. Cin­co años des­pués, vol­ví de va­ca­cio­nes y to­da­vía co­rea­ban mi nom­bre. En un bar de un pue­blo el due­ño me di­jo: "Tú eres Gas­coig­ne"."no, qué va", con­tes­té yo. Mi­ró una fo­to de la pa­red y se fue a la par­te de atrás. Cuan­do aca­bé la cer­ve­za sa­lí a la ca­lle y me en­con­tré con 6.000 afi­cio­na­dos en la puer­ta del bar. GQ: ¿Quié­nes han si­do tus me­jo­res ami­gos en el fútbol? P. G.: Ch­ris Wadd­le, Pe­ter Beards­ley y Kenny Whar­ton. GQ: ¿Echas de me­nos las char­las y bro­mas del cam­po de en­tre­na­mien­to? P. G.: Pues sí. Harry Redk­napp siem­pre me es­ta­ba di­cien­do que me fue­ra a en­tre­nar al QPR con él. José Mou­rin­ho tam­bién me ofre­ció ir a en­tre­nar con el Chel­sea. GQ: Mou di­ce co­sas ma­ra­vi­llo­sas so­bre ti en el do­cu­men­tal so­bre tu vi­da… P. G.: Fui a un par­ti­do Ever­ton-chel­sea ha­ce al­gu­nos años, ymou­rin­ho vino de­trás de mí di­cien­do: "Gaz­za, Gaz­za, tú sí que eres es­pe­cial". Y yo le di­je: "No, José, tú eres The Spe­cial One. Eres tú el que sa­le en un anun­cio con esa pu­ta enor­me tar­je­ta de cré­di­to pla­tino. Ya te di­go yo que tú eres el pu­to es­pe­cial". Y hay más: cuan­do es­ta­ba en el In­ter de Mi­lán me con­si­guió unas en­tra­das y fui al equi­po del ho­tel y di­je: "Soy Paul Gas­coig­ne, José Mou­rin­ho me ha de­ja­do tres en­tra­das". Me di­je­ron: "No, no hay na­da ba­jo ese nom­bre". Ya me es­ta­ba vol­vien­do lo­co cuan­do les di­je: "Es­pe­rad. Mi­rad a ver si hay un so­bre pa­ra The Spe­cial One". Y jus­to, ahí es­ta­ban. GQ: ¿Te hu­bie­ra gustado ju­gar pa­ra él?

P. G.: Sí, cla­ro, es un fe­nó­meno. Ga­na la Pre­mier Lea­gue pa­ra el Chel­sea, se va, no ga­nan la li­ga en cin­co años, re­gre­sa y la vuel­ven a ga­nar. Sea lo que sea lo que ha­ce en ese ves­tua­rio o en ese cam­po de en­tre­na­mien­to, me encantaría ver­lo. GQ: ¿Cuál fue tu me­jor bro­ma de aque­lla épo­ca? P. G.: Lo del aves­truz es in­su­pe­ra­ble. Fui al zoo y di­je: "¿Pue­do to­mar pres­ta­do un aves­truz?". Le pu­se una ca­mi­se­ta de los Spurs, lo me­tí en el co­che y me lo lle­vé al en­tre­na­mien­to. En el ca­len­ta­mien­to, Terry Ve­na­bles pen­sa­ba que no ha­bía apa­re­ci­do cuan­do gri­té: "Je­fe, ten­go un ju­ga­dor nue­vo pa­ra ti". El pu­to aves­truz es­ta­ba co­rrien­do de un la­do pa­ra otro. Otra bro­ma bue­na: te­nía una pis­to­la ca­li­bre 22, y cuan­do es­ta­ba fir­man­do por la La­zio, la se­cre­ta­ria del club le es­ta­ba lle­van­do una tetera al pre­si­den­te del club y en­ton­ces yo dis­pa­ré con­tra la tetera. Y otra más: un ve­rano en Lon­dres, cuan­do ju­ga­ba en el Tot­ten­ham, ha­cía un ca­lor ho­rri­ble, así que con­du­je al en­tre­na­mien­to con un ba­ña­dor mi­núscu­lo. Un tío me pi­tó, yo le sa­lu­dé con la mano y en­ton­ces gol­peé al co­che de de­lan­te y se ba­jó una mu­jer pa­ra ver los des­per­fec­tos. Y ahí sa­lí yo ca­mi­nan­do de aquí pa­ra allá con mi ba­ña­dor mi­núscu­lo. GQ: ¿To­da­vía te re­co­no­cen? P. G.: En to­das par­tes. Yme pa­ro pa­ra to­do el mun­do. Si pue­do ha­cer fe­liz a al­guien, eso me ha­ce fe­liz. Tam­bién in­ten­to ha­cer tres co­sas bue­nas to­dos los días: 1) Dar al­go de pas­ta a un in­di­gen­te. 2) Com­prar The Big Is­sue [un pe­rió­di­co equi­va­len­te a La Fa­ro­la]. 3) Si veo a al­guien con pro­ble­mas con la be­bi­da le re­ga­lo me­dia bo­te­lla de whisky. GQ: ¿Y eso es sen­sa­to? No que­rrías que la gen­te te die­ra al­cohol a ti, ¿no? P. G.: Te ha­blo de cuan­do es­tán bo­rra­chos o con sín­dro­me de abs­ti­nen­cia. GQ: ¿Qué sien­tes al ver a fut­bo­lis­tas que no son ni la cen­té­si­ma par­te de lo ta­len­to­so que eras tú ga­nan­do una for­tu­na? P. G.: Ave­ces­me­sien­ta mal. Un­ju­ga­dor de mier­da ga­nan­do 100.000 eu­ros a la se­ma­na. Yo ga­né mu­cho, pe­ro tam­bién re­ga­lé mu­cho. GQ: ¿Cuán­to di­ne­ro has per­di­do a lo lar­go de los años? P. G.: En be­bi­da no tan­to, ya que pue­do be­ber gra­tis don­de quie­ra. Se tra­ta de lo que he re­ga­la­do a la fa­mi­lia. Tam­bién pal­mé pas­ta por el di­vor­cio. Ah, y los más de 250.000 eu­ros que he gas­ta­do en reha­bi­li­ta­ción. GQ: ¿Es­tás bien a ni­vel eco­nó­mi­co en es­tos mo­men­tos? P. G.: Ha ha­bi­do mo­men­tos en los que he te­ni­do pro­ble­mas. La PFA [Pro­fes­sio­nal Foot­ba­llers' Association] se ha por­ta­do ge­nial. Terry [Ba­ker] me con­si­gue tra­ba­jo ymea­yu­da. Es­toy bien de di­ne­ro, tam­po­co soy ava­ri­cio­so. Si fue­ra ava­ri­cio­so ten­dría tres mi­llo­nes en el ban­co. Mien­tras si­ga so­brio se­ré fe­liz. GQ: ¿Por eso vas a reha­bi­li­ta­ción? P. G.: No. Me­pi­lla­ron por con­du­cir ebrio y tu­ve que ir a reha­bi­li­ta­ción como par­te de la sen­ten­cia. De to­dos mo­dos, sé que to­do es por mi bien, ya que si si­go so­brio con­si­go tra­ba­jo. Aho­ra va a sa­lir el do­cu­men­tal y des­pués el lar­go­me­tra­je [pro­vi­sio­nal­men­te ti­tu­la­do Gaz­za: Bri­tish Ra­ging Bull]. GQ: Si mi­ras al fu­tu­ro, sa­bes dón­de te lle­va­rá la vi­da en 10 o 20 años? P. G.: Yo so­lo quie­ro ser fe­liz. GQ: ¿Po­nién­do­lo to­do en una ba­lan­za, ser Gaz­za ha si­do po­si­ti­vo? P. G.: Sí, ha si­do ge­nial. GQ: ¿Crees que ha­brías te­ni­do tan­tos pro­ble­mas con el al­cohol si no hu­bie­ras si­do un fut­bo­lis­ta de éxi­to? P. G.: No. Yo be­bía con mis ami­gos y nin­guno es como yo. Be­bí con nor­ma­li­dad has­ta los 33, pe­ro un día me to­mé al­go con los co­le­gas y me fui a la ca­ma a las 23 ho­ras. Aeso de las 6, me le­van­te con an­sias de be­ber, fui a la tien­da, com­pré al­cohol y be­bí du­ran­te ho­ras. Me vol­ví a dor­mir y me des­per­té aun con más an­sias. Ahí me di cuen­ta de que te­nía que ha­cer al­go. Fui a reha­bi­li­ta­ción y me di­je­ron: "Eres un al­cohó­li­co". Y yo di­je: "Ni de co­ña". Pe­ro sí que lo era. GQ: ¿Cuán­do fue la pri­me­ra vez que ad­mi­tis­te que eras al­cohó­li­co? P. G.: Pues por aque­lla épo­ca, a los 33. Es­tu­ve sin be­ber tres años des­pués de aque­llo. Lue­go tu­ve un lap­so de un mes o así. Siem­pre he te­ni­do es­tas re­caí­das. No pe­dí ser al­cohó­li­co. Re­zo ca­da día por te­ner un día so­brio. No le de­sea­ría a na­die ser al­cohó­li­co. Bueno, qui­zá a aque­llos que me me­ten ca­ña pre­ci­sa­men­te por ser al­cohó­li­co; a ellos sí que les de­seo to­do el do­lor que trae con­si­go es­to. GQ: ¿En­con­tras­te a Dios a tra­vés de la reha­bi­li­ta­ción? P. G.: Es el Pro­gra­ma de los Do­ce Pa­sos. Me gus­ta pen­sar que exis­te un dios, pe­ro la cues­tión es sa­ber cuán­tos hay. Yo pue­do te­ner a Dios tal y como de­seo que sea. No le ha­go da­ño a na­die cuan­do re­ci­to el pa­dre­nues­tro. GQ: ¿Te ayu­da? P. G.: Sí. Lle­vo seis me­ses so­brio sin con­tar esos pe­que­ños lap­sos es­tú­pi­dos. ¿Por qué lo hi­ce? No­lo ne­ce­si­ta­ba. Pe­ro es­ta se­ma­na me he por­ta­do bien, y si­go son­rien­do. GQ: ¿Pe­ro es­tás bien aho­ra? P. G.: Sí, hoy es­toy fe­liz, so­brio. Me iré a ca­sa y ve­ré la te­le, lue­go me pim­pla­ré tres bo­te­llas de gi­ne­bra y que­da­ré con­ti­go pa­ra ha­cer una en­tre­vis­ta com­ple­ta­men­te dis­tin­ta. [Ri­sas].

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