Se­ño­res pri­mer0 CARL SA­GAN, EL SA­BIO DE LAS ES­TRE­LLAS

Por Mar­ta Fer­nán­dez

GQ (Spain) - - Firmas -

Mi­ra­ba la os­cu­ri­dad con los ojos muy abier­tos. Ta­pán­do­se con la sá­ba­na has­ta la na­riz. En­tre es­ca­lo­fríos. Con el co­ra­zón re­bo­tan­do con­tra la den­si­dad de las ti­nie­blas. Co­mo si el la­ti­do pu­die­ra rom­per­las. Su­da­ba y se que­da­ba to­da la no­che en ve­la. Pen­san­do en lo que ha­bría más allá del miedo. Aquel ni­ño que no po­día so­por­tar el pe­so de las som­bras de su ha­bi­ta­ción cre­ce­ría pa­ra ser as­tró­no­mo. Pa­ra bus­car la ver­dad en los con­fi­nes del uni­ver­so.

Carl Sa­gan fue pu­ra con­tra­dic­ción des­de que era pe­que­ño. Lo lle­va­ba es­cri­to en su có­di­go ge­né­ti­co. Apos­tó que la ló­gi­ca po­dría sal­var­le de la lo­cu­ra de su ma­dre: ado­ra­ble y pa­ra­noi­ca, se­duc­to­ra y des­truc­ti­va. Se ha­bía enamo­ra­do de su pa­dre ca­si al ins­tan­te. Le bas­tó con pre­gun­tar­le si te­nía pe­cas por to­do el cuer­po. Él con­tes­tó que sí y a las dos se­ma­nas se ha­bían ca­sa­do. La pe­que­ña ju­día sin fa­mi­lia y el ucra­niano bueno. Los Sa­gan se fue­ron a vi­vir a un apar­ta­men­to al sur de Brooklyn, no le­jos de Co­ney Is­land. En aque­lla pla­ya, Carl ha­ría lo que to­dos los cha­va­les du­ran­te la Se­gun­da Gue­rra Mundial: mon­tar guar­dia con unos bi­no­cu­la­res

bus­can­do sub­ma­ri­nos ale­ma­nes. Has­ta que un día de­ci­dió uti­li­zar aque­llas dos len­tes pa­ra mi­rar al cie­lo. Y vio los crá­te­res de la lu­na. Y el ro­jo ra­dian­te de Mar­te. Y no qui­so vol­ver a mi­rar al sue­lo.

Pre­gun­ta­ba tan­to, que su ma­dre le sa­có car­net de la bi­blio­te­ca. Le dio di­ne­ro pa­ra el tran­vía y lo man­dó a Man­hat­tan. En la Bi­blio­te­ca Pú­bli­ca de Nue­va York aquel ni­ño de ojos gran­des pi­dió un li­bro so­bre es­tre­llas. Y le die­ron uno lleno de fo­tos de ac­to­res de Holly­wood. Cuan­do por fin con­si­guió que le de­ja­ran el co­rrec­to, Carl hi­zo uno de los des­cu­bri­mien­tos que mar­ca­rían su vi­da. El sol era una es­tre­lla más. Co­mo las otras. So­lo que es­ta­ba más cer­ca. Eso que­ría de­cir que las de­más es­ta­ban in­creí­ble­men­te le­jos. Tan­to co­mo pa­ra que te die­ra vuel­tas la ca­be­za. Y el cha­val que­dó ad­mi­ra­do por la mag­ni­tud de aquel mis­te­rio que se des­ple­ga­ba des­ca­ra­do so­bre nues­tras ca­be­zas. El uni­ver­so.

A Nue­va York, en 1939, le gus­ta­ba mi­rar al fu­tu­ro. Las nue­vas tec­no­lo­gías sal­va­rían el mun­do: ha­bría co­mi­da sin­té­ti­ca pa­ra ali­men­tar­nos a to­dos, la te­le­vi­sión lle­va­ría la al­ta cul­tu­ra a to­dos los ho­ga­res, las en­fer­me­da­des se cu­ra­rían con píl­do­ras ba­ra­tí­si­mas, cual­quie­ra po­dría ir en avión y, al­gún día, via­ja­ría­mos al fir­ma­men­to. No era una uto­pía. El ni­ño Carl ha­bía vis­to la Ciu­dad del Ma­ña­na en la Ex­po­si­ción Uni­ver­sal en Flus­hing Mea­dows: una ver­sión de aquel Oz pu­li­do en tec­ni­co­lor que apa­re­cía en una pe­lí­cu­la que aca­ba­ban de es­tre­nar ese mis­mo año. Fan­ta­sea­ba con un por­ve­nir pro­me­te­dor. Lo ima­gi­na­ba cuan­do al­za­ba la ca­be­za hacia el cie­lo en el Plan­te­a­rio Hay­den del Mu­seo de His­to­ria Na­tu­ral. Allí se dio cuen­ta de que el es­pa­cio era un lu­gar. El lu­gar en el que la vi­da era la vi­da.

Y así nos lo con­tó mu­cho tiem­po des­pués, cuan­do ya se ha­bía con­ver­ti­do en el cien­tí­fi­co vi­vo más fa­mo­so de la his­to­ria, ce­le­bri­dad te­le­vi­si­va, su­per­ven­tas con un pre­mio Pu­lit­zer. Nos en­se­ña­ría que la tie­rra es un pá­li­do pun­to azul en el que to­do pue­de su­ce­der. El Vo­ya­ger 1 sur­ca­ba el cie­lo hacia el Cin­tu­rón de Kui­per con la mi­sión de man­dar una fo­to de fa­mi­lia del Sis­te­ma So­lar. Y más allá de Sa­turno, el 14 de fe­bre­ro de 1990, to­mó una ima­gen de nues­tro planeta: un pí­xel frá­gil pe­ro ful- gu­ran­te en el es­pa­cio in­fi­ni­to. La ima­gen de­ja en evi­den­cia que so­mos de­ma­sia­do pe­que­ños, que los se­res hu­ma­nos so­mos in­sig­ni­fi­can­tes com­pa­ra­dos con la pro­fun­di­dad del cos­mos que nos ro­dea. Y sin em­bar­go, re­fle­xio­na Sa­gan, ese pun­to es nues­tro ho­gar. "So­mos no­so­tros. Ahí es­tán to­dos aque­llos a los que amas, to­dos aque­llos a los que co­no­ces, aque­llos de los que has oí­do ha­blar, to­dos los se­res hu­ma­nos; es­tán nues­tras ale­grías y nues­tros su­fri­mien­tos, las re­li­gio­nes, las ideo­lo­gías, las doc­tri­nas eco­nó­mi­cas, ca­da cazador y ca­da re­co­lec­tor, ca­da hé­roe y ca­da co­bar­de, los crea­do­res y los des­truc­to­res de ci­vi­li­za­cio­nes, ca­da rey y ca­da ple­be­yo, to­das las pa­re­jas de enamo­ra­dos, ca­da ma­dre y ca­da pa­dre y ca­da ni­ño lleno de es­pe­ran­za, los in­ven­to­res y los ex­plo­ra­do­res y los maes­tros de la mo­ral, los po­lí­ti­cos co­rrup­tos, las su­per­es­tre­llas, los lí­de­res su­pre­mos, to­dos los san­tos y to­dos los pe­ca­do­res de la his­to­ria de nues­tra es­pe­cie vi­vie­ron aquí: en una mo­ta de pol­vo sus­pen­di­da en un ra­yo de sol".

El mis­mo pun­to in­sig­ni­fi­can­te de me­tal y ga­ses en el que un ni­ño se ha­bía ta­pa­do los ojos con su man­ta, asus­ta­do por la os­cu­ri­dad de su ha­bi­ta­ción. Esa os­cu­ri­dad que años des­pués atra­ve­sa­ría con su in­te­li­gen­cia pa­ra traer­nos la luz. Con los ojos muy abier­tos.

"Que­dó ad­mi­ra­do por la mag­ni­tud de aquel mis­te­rio que se des­ple­ga­ba des­ca­ra­do so­bre nues­tras ca­be­zas. El uni­ver­so"

• Cua­tro ve­ces. En se­rio.

• Así sur­gió el dic­cio­na­rio pre­dic­ti­vo, ama­do y odia­do.

• Hoy el te­cla­do nu­mé­ri­co ape­nas se uti­li­za pa­ra es­cri­bir la con­tra­se­ña del Wi-fi.

• Se usan más los emo­jis que los nú­me­ros.

• What­sapp, Te­le­gram o Mes­sen­ger son las apli­ca­cio­nes más uti­li­za­das. Sa­brás que las usas de­ma­sia­do si la ba­te­ría del mó­vil se aca­ba an­tes que el día.

Carl Sa­gan fue el pri­mer cien­tí­fi­co rocks­tar, el hom­bre que nos des­cu­brió que no so­mos más que una mo­ta de pol­vo en el cos­mos.

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