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GQ (Spain) - - Travelling -

as le­sio­nes de nu­me­ro­sos ju­ga­do­res mar­ca­ron es­pe­cial­men­te el se­gun­do año de Pep en el Ba­yern. Su­frie­ron una epi­de­mia de le­sio­nes, es­pe­cial­men­te por ac­ci­den­tes trau­má­ti­cos, gol­pes, cho­ques, frac­tu­ras… En el mo­men­to más de­li­ca­do de la tem­po­ra­da so­lo que­da­ban 12 ju­ga­do­res dis­po­ni­bles. An­te se­me­jan­te ca­ta­clis­mo, los ju­ga­do­res se unie­ron co­mo una pi­ña y crea­ron un am­bien­te for­mi­da­ble de coope­ra­ción. Pep se sin­tió emo­cio­na­do an­te se­me­jan­te ejem­plo y se abrió emo­cio­nal­men­te. La re­la­ción con ca­da ju­ga­dor fue mu­cho más es­tre­cha y per­so­nal. No se hi­zo ami­go de to­dos, pe­ro sí de va­rios de ellos. Los fut­bo­lis­tas per­ci­bie­ron muy cla­ra­men­te el cam­bio en el en­tre­na­dor y res­pon­die­ron aún me­jor. El fi­nal del ter­cer año fue es­plén­di­do en es­te sen­ti­do. Cuan­do el ca­pi­tán Phi­lipp Lahm le pi­dió a Guar­dio­la que re­co­gie­ra y le­van­ta­ra el úl­ti­mo tro­feo conquistado, la Co­pa ale­ma­na, en reali­dad es­ta­ba ex­po­nien­do a la luz pú­bli­ca es­ta nue­va for­ma de re­la­cio­nar­se que Pep ha­bía apren­di­do de los ju­ga­do­res del Ba­yern.

El Guar­dio­la que lle­gó a Mán­ches­ter en el mes de ju­lio era muy dis­tin­to del que ate­rri­zó en Mú­nich tres años atrás y pron­to se han ad­ver­ti­do esos cam­bios. Los afi­cio­na­dos en­con­tra­ron a un ti­po más abier­to e in­for­mal; los ju­ga­do­res, a un en­tre­na­dor fran­co, re­cep­ti­vo y que de en­tra­da le ex­pli­có a ca­da uno lo que es­pe­ra­ba de él. El pri­mer día, Pep fi­jó su ob­je­ti­vo fun­da­men­tal: crear un es­pí­ri­tu de equi­po. Es­ta es una ins­pi­ra­ción que ad­qui­rió de los All Blacks, los cam­peo­nes mun­dia­les de rugby. El es­pí­ri­tu de equi­po co­mo pla­ta­for­ma a par­tir de la que cons­truir un mo­de­lo de jue­go efi­caz, sos­te­ni­ble y proac­ti­vo que per­mi­ta con­quis­tar tro­feos. Es muy re­le­van­te el or­den de prio­ri­da­des que se­ña­ló Guar­dio­la en su pre­sen­ta­ción. No di­jo: ga­nar tí­tu­los, ju­gar bien y cul­tu­ra de equi­po. El or­den de prio­ri­da­des que se­ña­ló fue es­te otro: crear un es­pí­ri­tu de equi­po, que los afi­cio­na­dos se sien­tan or­gu­llo­sos de nues­tra ma­ne­ra de ju­gar y con­quis­tar tro­feos. Es de­cir, que ga­nar sea la con­se­cuen­cia de la for­ma de ju­gar y que la for­ma de ju­gar sea el re­sul­ta­do de cons­truir una só­li­da e iden­ti­fi­ca­ble cul­tu­ra co­lec­ti­va en el ves­tua­rio.

En las su­ce­si­vas se­ma­nas, ca­da ju­ga­dor que ha apa­re­ci­do an­te la pren­sa ha men­cio­na­do in­va­ria­ble­men­te idén­ti­co con­cep­to: "crear es­pí­ri­tu de equi­po". Lo han di­cho an­tes o des­pués de los par­ti­dos, se­ñal inequí­vo­ca de que Guar­dio­la ha en­fo­ca­do a la plan­ti­lla en es­ta di­rec­ción. Cons­truir una iden­ti­dad de coope­ra­ción que per­mi­ta el desa­rro­llo del mo­de­lo de jue­go ecléc­ti­co que Pep ha traí­do des­de Ale­ma­nia y a par­tir de ello lan­zar­se en bus­ca de las vic­to­rias. En es­te or­den de prio­ri­da­des su­ce­si­vas se re­su­me el gran cam­bio que Guar­dio­la ha in­terio­ri­za­do en Ale­ma­nia.

La eta­pa en Mán­ches­ter es la más di­fí­cil de su tra­yec­to­ria co­mo en­tre­na­dor. Pep de­bu­tó en 2007 co­mo téc­ni­co del Bar­ce­lo­na B, el se­gun­do equi­po del club ca­ta­lán. Fue un es­treno arries­ga­do por­que el equi­po ha­bía des­cen­di­do de ca­te­go­ría el año an­te­rior, ba­jan­do a ter­ce­ra di­vi­sión. De ha­ber fa­lla­do, qui­zá la ca­rre­ra de Pep co­mo en­tre­na­dor ja­más hu­bie­ra des­pe­ga­do. Pe­ro tu­vo éxi­to, ga­nó la li­ga, as­cen­dió al Bar­ce­lo­na B y fue pro­mo­cio­na­do al pri­mer equi­po. En el ban­qui­llo del Camp Nou con­quis­tó to­dos los tí­tu­los po­si­bles y lo hi­zo lle­van­do a su in­ter­pre­ta­ción más ex­ce­len­te el mo­de­lo de jue­go ca­nó­ni­co del Bar­ce­lo­na. Fue la cul­mi­na­ción de su vi­da co­mo hom­bre del Ba­rça, una eta­pa muy re­la­cio­na­da con su pro­pia bio­gra­fía.

al­tó a Mú­nich pa­ra "pro­bar­se a sí mis­mo", en de­fi­ni­ción de Fe­rran Adrià, y la su­ma de ad­ver­si­da­des, le­sio­nes y en­torno di­fi­cul­to­so ge­ne­ró en él cam­bios sus­tan­cia­les. Fue una eta­pa de "adap­ta­ción", de rup­tu­ra con los dog­mas, de apren­di­za­je per­so­nal y téc­ni­co, de ma­du­ra­ción y pro­gre­so. Mán­ches­ter su­po­ne su ter­cer hi­to en el ca­mino. El más di­fí­cil por­que no ha re­ci­bi­do un equi­po de es­tre­llas in­con­tes­ta­bles co­mo en el Ba­yern, o do­ta­do de una iden­ti­dad de jue­go co­mo era el Ba­rça, sino que es un edi­fi­cio de nue­va plan­ta, en el que no exis­ten cli­chés pre­vios ni hipotecas que con­di­cio­nen el ca­mino. En el Man­ches­ter City no se es­cu­cha el fa­mo­so man­tra "siem­pre se ha he­cho así". Es un edi­fi­cio nue­vo que Guar­dio­la ha em­pe­za­do a cons­truir por los pro­pios ci­mien­tos. Es de­cir, por el es­pí­ri­tu de equi­po.

Mar­tí Pe­rar­nau es un pe­rio­dis­ta y ex atle­ta. Es­te mes pu­bli­ca su ter­cer li­bro so­bre el en­tre­na­dor de Santpe­dor: 'Pep Guar­dio­la. La me­ta­mor­fo­sis' (ed. Cór­ner).

POR JESÚS ME­RINO LÓ­PEZ

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