Se­ño­res pri­mer0 EL MUER­TO PER­FEC­TO DE CA­ME­LOT: JOHN JOHN

Por Mar­ta Fernández

GQ (Spain) - - En Hora -

El hom­bre per­fec­to te­nía que mo­rir. Lle­va­ba la tra­ge­dia es­cri­ta en la his­to­ria de su fa­mi­lia. De­cían que era la mal­di­ción de Ca­me­lot. Una mal­di­ción que es­ta­ba ya en ese nom­bre: los cuen­tos de ha­das no pue­den exis­tir. John John Ken­nedy te­nía que mo­rir por­que el mun­do no es­tá he­cho pa­ra la per­fec­ción de las fá­bu­las. Por­que los ver­da­de­ros mi­tos, pa­ra ser­lo, han de des­apa­re­cer. Te­nía que mo­rir por­que era Ken­nedy y en al­gún re­co­do de su vi­da le es­pe­ra­ba la fatalidad. Como es­pe­ró a su pa­dre en una pla­za de Da­llas. O a su tío en un ho­tel de Los Án­ge­les. A la tía Ro­se­mary en for­ma de lo­bo­to­mía or­de­na­da por pa­pá. A sus dos her­ma­ni­tos –que nun­ca lo fue­ron– que en­con­tra­ron la tum­ba en lu­gar de un so­na­je­ro.

La tra­ge­dia es­ta­ba ya en su ca­ra –adul­to de gol­pe– aquel día de no­viem­bre de 1963. El abri­gui­to azul y el sol ra­dian­te ne­gan­do el lu­to en el ce­men­te­rio de Ar­ling­ton. Y el ni­ño más fa­mo­so del país se lle­va­ba la mano a la fren­te y des­pe­día el fé­re­tro de su pa­dre con el

sa­lu­do mi­li­tar. Eso era un Ken­nedy. La pa­tria. La no­ble­za. El de­ber. La en­te­re­za de quien no de­be­ría es­tar obli­ga­do a la con­ten­ción. Como un hé­roe de ver­dad.

Es­ta­dos Uni­dos ha­bía sus­pi­ra­do con el pe­que­ño ni­ño Ken­nedy des­de que na­ció. Lle­gó jus­to an­tes de Ac­ción de Gra­cias, di­rec­to a la in­cu­ba­do­ra, seis li­bras y tres on­zas. Su pa­dre se en­te­ró del na­ci­mien­to de su pri­mer hi­jo a bor­do del avión que le lle­va­ba de vuel­ta de Palm Beach. Un avión que sí ate­rri­zó. Cuan­do des­pués le pre­gun­ta­ron si el ni­ño era gua­po, el pa­dre so­lo res­pon­dió que sí. No lle­ga­ría a sa­ber nun­ca en lo que se iba a con­ver­tir aquel re­to­ño ju­gue­tón.

Los fo­tó­gra­fos se ha­bían da­do cuen­ta des­de el pri­mer mo­men­to. Un be­bé irre­sis­ti­ble ro­dea­do de los pe­lu­ches de co­lo­res que ha­bía man­da­do des­de Pa­rís ma­da­me Char­les de Gau­lle. Una mi­nia­tu­ra ju­gue­tean­do so­bre las alfombras del des­pa­cho oval. Ese ni­ño con los ojos muy abier­tos es­con­di­do en el es­cri­to­rio pre­si­den­cial. No le­van­ta­ba tres pal­mos del sue­lo y ya era el cen­tro de aten­ción. John John con­cen­tra­ba to­da la ter­nu­ra que Amé­ri­ca que­ría dar.

Y des­pués, con­cen­tró to­do el amor. Por­que el huér­fano se con­ver­ti­ría pron­to en el ído­lo ame­ri­cano: atrac­ti­vo, in­te­li­gen­te, de­por­tis­ta, sano, se­duc­tor, adi­ne­ra­do. Era el he­re­de­ro que es­pe­ra­ba la sa­ga lai­ca del reino de Ca­me­lot.

Y el prín­ci­pe de­mó­cra­ta se ro­deó de prin­ce­sas. De las mu­je­res a las que desea­ban to­dos los de­más. Pe­ro los de­más no eran John John Ken­nedy. Los de­más no te­nían la man­dí­bu­la de un már­mol grie­go, ni los ojos que ha­bría desea­do fil­mar John Ford, ni la son­ri­sa es­plén­di­da que ilu­mi­na­ba la fo­to aun­que no hu­bie­ra flash. Se pa­seó con Ma­don­na y enamo­ró a Daryl Han­nah cuan­do en Holly­wood no ha­bía mu­jer más desea­da. Y se ter­mi­nó ca­san­do con la rei­na ru­bia que to­do cuen­to de ha­das ne­ce­si­ta an­tes de las per­di­ces del fi­nal.

Pe­ro se aca­ba­ron las per­di­ces y so­lo que­da­ba el fi­nal. Por­que la per­fec­ción no ase­gu­ra la fe­li­ci­dad. Y me­nos en el amor. John John y Ca­rolyn Bes­set­te se que­rían y no. Se acer­ca­ban y no. Ni con­ti­go, ni sin ti. Ex­pues­tos a los cha­ca­les que to­do lo quie­ren ver. Via­ja­ban a una bo­da fa­mi­liar en el re­duc­to de Mart­ha's Vi­ne­yard. En la Pi­per Sa­ra­to­ga que él ha­bía com­pra­do tres me­ses an­tes. Re­sul­tó que el hom­bre per­fec­to era un pi­lo­to fa­tal. La arro­gan­cia le ga­nó. Se em­pe­ñó en des­pe­gar a pe­sar de te­ner una le­sión en un to­bi­llo. A pe­sar de no ha­ber acu­mu­la­do las ho­ras su­fi­cien­tes de vue­lo.

Te­nía que caer como caen los mi­tos: en pi­ca­do des­de el cie­lo. Pre­ci­pi­tar­se con­tra la reali­dad. Te­nía 38 años. "Hay un tiem­po pa­ra to­do. Un tiem­po pa­ra na­cer y un tiem­po pa­ra mo­rir". Las pa­la­bras del Ecle­sias­tés que es­cu­chó de ni­ño en el fu­ne­ral de su pa­dre qui­zá tam­bién va­lían pa­ra él. Por­que hay un tiem­po pa­ra que mue­ran los hom­bres como John John: an­tes de que la vi­da co­rrom­pa la per­fec­ción.

"Hay un tiem­po pa­ra que mue­ran los hom­bres como John John; an­tes de que la vi­da co­rrom­pa la per­fec­ción"

se hi­zo la luz de la no­che. Lle­va­dos por la ener­gía ra­dian­te del neón, aca­ba­ron con el mis­te­rio pic­tó­ri­co.

Lo que pa­só en nues­tro fut­bol con la Quin­ta del Bui­tre vino a ser se­me­jan­te a lo ocu­rri­do en las ar­tes plás­ti­cas. En es­te ca­so,

John John Ken­nedy y Car­loyn Bes­set­te tu­vie­ron un ma­tri­mo­nio fu­gaz... Más que por el amor, por las con­di­cio­nes de vue­lo.

La Quin­ta del Bui­tre fue el sím­bo­lo fut­bo­lís­ti­co de la Mo­vi­da. Y como ella: vino, ven­ció y lue­go se es­fu­mó.

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