1) Los hom­bres so­mos vi­sua­les; las mu­je­res, ol­fa­ti­vas

GQ (Spain) - - Perfumes -

Cual­quie­ra que ha­ya con­vi­vi­do con una mu­jer em­ba­ra­za­da sa­be has­ta qué pun­to se le afi­lan los re­cep­to­res ol­fa­ti­vos an­tes de dar a luz. Lo que tal vez no se­pas es que, en ge­ne­ral, su sen­ti­do del ol­fa­to es siem­pre me­jor que el nues­tro y que, al pa­re­cer, ocu­pa un lu­gar pre­pon­de­ran­te en la elec­ción de pa­re­ja y a la ho­ra de te­ner re­la­cio­nes se­xua­les. Di­ver­sos es­tu­dios ase­gu­ran que, mien­tras que los va­ro­nes ten­de­mos a sen­tir­nos atraí­dos por im­pul­sos vi­sua­les –las pro­por­cio­nes del cuer­po, los ras­gos fa­cia­les o la piel–, ellas le pres­tan una gran aten­ción al aro­ma de su po­ten­cial aman­te. Es­to tie­ne una ló­gi­ca evo­lu­ti­va. Da­do que el olor que des­pren­de­mos es un re­fle­jo de nues­tro sis­te­ma in­mu­no­ló­gi­co y que pa­ra per­pe­tuar una es­pe­cie sa­na es ne­ce­sa­rio el apa­rea­mien­to en­tre in­di­vi­duos ge­né­ti­ca­men­te dis­tin­tos, la fir­ma ol­fa­ti­va de un hom­bre es el men­sa­je­ro que le trans­mi­te a la mu­jer si es o no ap­to pa­ra pro­crear con ella –más allá de po­lé­mi­cas con las fe­ro­mo­nas–. No­so­tros nos ex­ci­ta­mos con la vis­ta. An­te la du­da, ellas se fían de su na­riz.

–No creo que eso sea cier­to, pe­ro me en­can­ta la idea. –Bueno, es lo úni­co que tie­ne pu­ñe­te­ro sen­ti­do (di­ce son­rien­do). Mi­ra por ejem­plo a Tru­deau [Pri­mer Mi­nis­tro de Ca­na­dá]. Es­tá ha­cien­do mu­chas co­sas, pe­ro co­sas que a los ca­na­dien­ses nos pa­re­cen na­tu­ra­les. No creo que Ca­na­dá es­té tan im­pre­sio­na­do por lo que Tru­deau es­tá ha­cien­do como el res­to del mun­do.

–Lo gra­cio­so es que pue­des me­ter­te en Youtu­be y en­con­trar­te a Tru­deau ha­blan­do de los me­mes de "hey girl" de Ryan Gos­ling.

–Eso es por­que ha co­gi­do el tes­ti­go. Es­tán in­ten­tan­do que lo acep­te, y creo que lo me­re­ce mu­cho más que yo.

–El lis­tón es­tá tan al­to que na­die lo pue­de al­can­zar. En ese sen­ti­do, tú eres el hom­bre más sen­si­ble, pa­cien­te y aten­to que ja­más ha­ya exis­ti­do. –Exac­to. Y eso es muy jo­di­do. –¿De­be­ría­mos acla­rar que no eres exac­ta­men­te así? ¿O pre­fie­res asu­mir­lo? –De nue­vo creo que to­do se de­be a mi idio­sin­cra­sia ca­na­dien­se. Es lo que to­ca. –¿Te mo­les­ta, lo en­cuen­tras gra­cio­so o... ? –Es so­lo al­go que se ha con­ver­ti­do en cen­tro de con­ver­sa­ción cons­tan­te, al­go que no en­tien­do. Es­tá en to­das par­tes. La gen­te lo gri­ta en la ca­lle. Hu­bo un mo­men­to en el que un crío hi­zo un Vi­ne muy vi­ral en el que yo me ne­ga­ba a co­mer­me mis ce­rea­les y la gen­te se en­fa­dó con­mi­go por eso. –Sí, lo he vis­to, pe­ro no es­toy muy se­gu­ro de en­ten­der lo de los ce­rea­les. –Sin­ce­ra­men­te, fue una idea gra­cio­sa. Es­te crío es­ta­ba vien­do una de mis pe­lí­cu­las –Dri­ve, creo– mien­tras se co­mía sus ce­rea­les, y subía la cu­cha­ra y gra­ba­ba aque­llos mo­men­tos en los que yo pa­re­cía que me es­ta­ba ne­gan­do a co­mer­los. Y en Vi­ne se com­par­tió y se fue ha­cien­do ca­da vez más gra­cio­so. Hi­zo un mon­tón de ellos, y se con­vir­tió en al­go so­bre lo que la gen­te me pre­gun­ta­ba. Es tan ab­sur­do... In­ter­net es un lu­gar tan abs­trac­to. Va­le, me he con­ver­ti­do en par­te de ello de al­gu­na ma­ne­ra, pe­ro es di­fí­cil ha­cer­te a la idea. Pre­fie­ro man­te­ner­me ale­ja­do. Es ex­tra­ño no te­ner con­trol so­bre al­go que te ata­ñe a ti. Mu­chas de es­tas co­sas pa­re­cen al­go que has di­cho, pe­ro yo nun­ca lo he he­cho. Es di­fí­cil de acos­tum­brar­se, por­que a mí me preo­cu­pa lo que di­go y có­mo lo di­go. In­clu­so si son co­sas po­si­ti­vas, es ra­ro ser ci­ta­do o re­ci­bir cré­di­to por al­go que no te me­re­ces y que no te has ga­na­do. Es como po­ner­te al bor­de de un pre­ci­pi­cio. Pe­ro, al mis­mo tiem­po, tam­bién creo que es gra­cio­so. –¿Cuál es tu fa­vo­ri­to? –Ha­bía uno en el que yo sa­lía con ga­tos en Dis­ney­lan­dia que era bas­tan­te gra­cio­so. Al­guien me man­dó va­rios de ellos.

–Pe­ro es­to no le ocu­rre a to­do el mun­do que es fa­mo­so. Lo que me lle­va de nue­vo a pre­gun­tar­te: ¿por qué?

–No lo sé, de ver­dad. So­lía de­cir que es como ese mo­men­to en el que el mo­de­lo Fa­bio fue gol­pea­do por una pa­lo­ma cuan­do es­ta­ba en una mon­ta­ña ru­sa. No sé, a ve­ces me pre­gun­to si yo era Fa­bio o la pa­lo­ma. De­pen­de del día.

Se tie­ne que mar­char. Hay una ce­na de des­pe­di­da or­ga­ni­za­da pa­ra Ha­rri­son Ford, quien ha fi­na­li­za­do ya to­das sus es­ce­nas en la pe­lí­cu­la, y Gos­ling lle­ga tar­de. Nos he­mos be­bi­do ca­da uno dos ta­zas de ca­fé. Gos­ling quie­re pa­gar, pe­ro el camarero, quien no ha­bía da­do mues­tras pre­vias de re­co­no­cer a su clien­te, pre­fie­re un in­ter­cam­bio. –No de­be na­da –di­ce–. So­lo una fo­to. Fue­ra o no la op­ción que hu­bie­se pre­fe­ri­do Gos­ling, es más fá­cil acep­tar­la que re­cha­zar­la. Aun­que an­des con pies de plo­mo por el mun­do, no lo pue­des con­tro­lar to­do. Así que ac­ce­de y lue­go se mar­cha ca­mi­nan­do ha­cia la os­cu­ri­dad, don­de se­gu­ra­men­te sus hom­bres des­per­di­ga­dos por ca­da esquina to­da­vía le es­pe­ran.

ABER­CROM­BIE & FITCH First Ins­tinct. 100 ml, 75 €. BOT­TE­GA VE­NE­TA Pour Hom­me Par­fum. 90 ml, 115 €. HER­MÈS Te­rre D'her­mès. 100 ml, 97 €. MONT­BLANC Le­gend Spi­rit. 100 ml, 74 €.

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