Si vas a un des­fi­le... no es­pe­res pae­lla FIR­MAS GQ

ES­TE MES NOS HAN AYU­DA­DO

GQ (Spain) - - Sumario - DANIEL ENTRIALGO Di­rec­tor de GQ @da­nie­len­trial­go

HA­CE YA AL­GU­NOS AÑOS, es­cu­ché en la ra­dio a un pres­ti­gio­so co­ci­ne­ro vas­co –uno de los más gran­des de siem­pre– con­tar una di­ver­ti­da anéc­do­ta so­bre Johnny Hally­day, el fa­mo­so roc­ke­ro fran­cés. Al pa­re­cer, es­te se pre­sen­tó un día en su lo­cal, con to­do su sé­qui­to, dis­pues­to a dis­fru­tar de una agra­da­ble co­mi­da. Na­da más sen­tar­se, sin em­bar­go, Hally­day apar­tó de un ma­no­ta­zo el ex­qui­si­to me­nú de de­gus­ta­ción que le en­tre­ga­ron (ha­bi­tual de es­te ti­po de es­ta­ble­ci­mien­tos) pa­ra ex­cla­mar en tono al­go dis­pli­cen­te: "¡Quie­ro una pae­lla!". Los ca­ma­re­ros tu­vie­ron que ex­pli­car­le que no se en­con­tra­ba en el tí­pi­co res­tau­ran­te a la car­ta sino en uno de co­ci­na de van­guar­dia, pre­mia­do ade­más con tres es­tre­llas Mi­che­lin; un lu­gar al que a uno acu­de a des­cu­brir y de­gus­tar lo que un chef con­cre­to ha crea­do den­tro de una pro­pues­ta per­so­nal y ce­rra­da. Si se desea, hay cien­tos de ofer­tas más con­ven­cio­na­les (y ex­ce­len­tes) en otros si­tios. Pe­ro no allí. Es otra co­sa. "¡Quie­ro una pae­lla!", in­sis­tió el roc­ke­ro. "Pe­ro, se­ñor" –le hi­zo ver al­guien–, "eso es co­mo si yo voy a uno de sus con­cier­tos y le pi­do que me can­te una de Ju­lio Igle­sias. No ten­dría nin­gún sen­ti­do". Hally­day se que­dó en­ton­ces pen­san­do un ra­to, has­ta que ex­cla­mó: "¡Quie­ro una pae­lla!". Al fi­nal, ló­gi­ca­men­te, nues­tro ad­mi­ra­do co­ci­ne­ro no tu­vo más re­me­dio que ha­cer lo que cual­quie­ra de no­so­tros ha­bría he­cho ya en su lu­gar: man­dar­lo a ha­cer pu­ñe­tas.

Ami­gos y co­no­ci­dos me pre­gun­tan mu­chas ve­ces por el ex­tra­ño mun­do de los des­fi­les de mo­da. Co­mo sa­ben que to­dos los años acu­do en re­pre­sen­ta­ción de GQ a las pasarelas de hombre de Mi­lán y Pa­rís, me pi­den opi­nión so­bre un uni­ver­so inusual que sus­ci­ta bas­tan­te cu­rio­si­dad en­tre la gen­te. Sus co­men­ta­rios, nor­mal­men­te, dis­cu­rren siem­pre por los mis­mos de­rro­te­ros. "¿Pe­ro no te pa­re­ce que van dis­fra­za­dos? Na­die iría con esas pin­tas por la ca­lle. ¿Por qué no lle­van ro­pa nor­mal?". Y no son los úni­cos en pen­sar así. El mun­do del ci­ne ha ca­ri­ca­tu­ri­za­do a me­nu­do su tra­mo­ya, cuan­do no la ha pa­ro­dia­do di­rec­ta­men­te del mo­do más sal­va­je (Zoo­lan­der, Bruno o la des­ter­ni­llan­te Ab­so­lu­tely Fa­bu­lous). Y en par­te es com­pren­si­ble. Son có­di­gos di­fí­ci­les de acep­tar y muy pro­cli­ves al chis­te fá­cil. Pa­ra al­guien ajeno a es­ta reali­dad, un des­fi­le de al­ta mo­da pue­de pro­vo­car el mis­mo gra­do de atur­di­mien­to e in­com­pren­sión que el que ge­ne­ra en otros –por ejem­plo– el arte con­tem­po­rá­neo ("Pe­ro si esos man­chu­rro­nes los po­dría pin­tar un ni­ño..."). Yo, sin em­bar­go, pre­fie­ro com­pa­rar el mun­do de la pa­sa­re­la y los des­fi­les al de la al­ta co­ci­na. En am­bos, a me­nu­do, se con­fun­de el pu­ro ac­to de co­mer –o ves­tir­se– con el de crear: un con­cep­to de au­tor que –por de­fi­ni­ción– de­be ser úni­co, li­bre, ori­gi­nal y (a ve­ces) al­ter­na­ti­vo. ¿Qué sen­ti­do ten­dría es­pe­rar seis me­ses de re­ser­va pa­ra con­se­guir una me­sa en Di­ve­rxo si lue­go te sir­vie­ran de ce­na un chu­le­tón con pa­ta­tas? ¿Qué afi­cio­na­do a la mo­da que­rría ver en un des­fi­le de tal o cual di­se­ña­dor las mis­mas pren­das que uno en­cuen­tra col­ga­das en las per­chas de unos gran­des al­ma­ce­nes?

¿Con­clu­sión? ¿Al­gu­na mo­ra­le­ja? Si vas a un con­cier­to de Johnny Hally­day (¿si­gue vivo?) no pi­das una de Ju­lio Igle­sias y si vas a un des­fi­le de mo­da no es­pe­res pae­lla.

STE­VEN PAN GIAM­PAO­LO SGURA

RI­CHARD RA­MOS

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