Gi­ta­nos

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Cuan­do un gi­tano se po­ne a ju­gar al fút­bol, trans­for­ma el jue­go de tal mo­do que el fút­bol de­ja de ser fút­bol. No sé si me ex­pli­co, pe­ro el fút­bol to­ma otra di­men­sión. El ejem­plo más cer­cano es el de Cris­tiano Ro­nal­do, san­gre ca­lé que se rum­bea los cam­pos de Pri­me­ra co­mo si hu­bie­se na­ci­do con un ba­lón pe­ga­do a los pies. Ca­da vez que Cris­tiano se po­ne al asun­to da a en­ten­der que el ar­te, o es fá­cil o no es ar­te. Por­que la fa­ci­li­dad que tie­ne un gi­tano pa­ra el fút­bol no se apren­de, en to­do ca­so se me­jo­ra. Es in­na­ta. Con to­do, el ejem­plo de Ro­nal­do no es el úni­co. Sin ir más le­jos, en Es­pa­ña te­ne­mos unos cuan­tos fut­bo­lis­tas de san­gre ca­lé. Va­ya­mos con al­gu­nos.

El que aho­ra es en­tre­na­dor del Es­pan­yol, Qui­que Sán­chez Flores, se hi­zo en la can­te­ra de los juveniles del Pe­ga­so con un jue­go de pier­nas muy gi­tano pa­ra en­trar des­pués en el Real Ma­drid. Allí coin­ci­di­ría con el que aho­ra es su enemi­go ín­ti­mo, el en­tre­na­dor del Bar­ce­lo­na, Luis Enrique, Lu­cho pa­ra los ami­gos. En tiem­pos de amis­tad, a Lu­cho y a Qui­que les unía su afi­ción a los vi­deo­jue­gos. No obs­tan­te, an­tes ma­ta­ban mar­cia­ni­tos jun­tos y aho­ra ni se ha­blan. En fin, eso aquí es lo de me­nos; lo de más es que Qui­que Sán­chez Flores pa­só por

Alta al­cur­nia gi­ta­na en los te­rre­nos de jue­go: Qui­que Sán­chez Flores es so­brino de Lo­la Flores y pri­mo de Lo­li­ta, Rosario y An­to­nio.

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