TOM FORD

Triun­fó de nue­vo en el ci­ne ha­ce unos me­ses con Ani­ma­les noc­tur­nos, pe­ro con eso no le bas­ta. A sus 55 años, es ca­da vez más cons­cien­te de su pro­pia mor­ta­li­dad y ya se con­cen­tra en lo pró­xi­mo.

GQ (Spain) - - Gq Style - SEBASTIAN KIM

Tom Ford pien­sa so­bre la muer­te to­do el día, si quie­res sa­ber la ver­dad. "Mi­ro a un ca­cho­rro y lo pri­me­ro que me vie­ne a la ca­be­za es: '¡Qué monada! ¡Pe­ro lue­go en­ve­je­ce­rá y mo­ri­rá!' Y eso ha­ce que el ca­cho­rro sea aún más pre­cio­so. Me gus­tan las flores, son muy bo­ni­tas. Y pien­so: 'Bueno, se van a mo­rir en dos o tres días pe­ro, por dios, no pue­den es­tar más her­mo­sas aho­ra mis­mo".

Se sien­ta en su ofi­ci­na, que no es más que una com­bi­na­ción de to­nos blan­cos, ne­gros y ace­ro inoxi­da­ble, y ahí tam­bién elu­cu­bra so­bre la muer­te. Ha­ce años las hue­llas en el ace­ro le hu­bie­ran mo­les­ta­do. Ha­ce años, se­gún me cuen­ta, se ha­bría sen­ta­do más de­re­cho pa­ra ase­gu­rar que la caí­da de su tra­je fue­ra per­fec­ta. Ha­ce años da­ba unas en­tre­vis­tas sal­va­jes. Pe­ro es­to no es el ayer, es el aho­ra, y es­tá más in­tere­sa­do en man­te­ner una bue­na con­ver­sa­ción que en co­rrer­se una juer­ga. Aho­ra es­tá so­brio. O pue­de ser que la edad lo ha­ya do­mes­ti­ca­do –ya tie­ne 55 años–, o pue­de que ya ten­ga me­nos que de­mos­trar en la ac­tua­li­dad, aho­ra que to­do lo que ha in­ten­ta­do no so­lo le ha sa­li­do bien, no so­lo ha si­do un éxi­to, sino que ha al­can­za­do un ni­vel úni­co y ex­qui­si­to. Si­gue sien­do un per­fec­cio­nis­ta, por su­pues­to, pe­ro ha lle­ga­do a la con­clu­sión de que es ca­paz de so­bre­vi­vir a un par de hue­llas so­bre su mo­bi­lia­rio.

Tom­ford­tie­ne­mu­cho­que­per­der.siem­preha­te­ni­do­mu­cho­que­per­der. Lle­va jun­to a su ma­ri­do, Ri­chard Buc­kley, más de 30 años. Tie­ne una ca­rre­ra exi­to­sa co­mo ci­neas­ta y co­mo di­se­ña­dor de mo­da pa­ra su pro­pia mar­ca, des­pués de ha­ber sa­bo­rea­do el éxi­to tam­bién di­se­ñan­do pa­ra otras ca­sas (Guc­ci y Saint Lau­rent, en­tre ellas). Pa­ra una cier­ta ge­ne­ra­ción de gen­te co­ol –en la que se en­cuen­tra Jay Z y Rus­sell West­brook, por dar al­gu­nos nom­bres– un tra­je per­fec­to de Tom Ford su­po­ne aún el es­tán­dar más al­to. Pe­ro aho­ra tie­ne un hi­jo de cua­tro años, Jack, y de al­gu­na ma­ne­ra se ha con­ver­ti­do en al­guien igual de abu­rri­do que el res­to de no­so­tros (so­lo en la ma­ne­ra en la que,cuan­doal­can­za­mo­sun­pun­to­dein­fle­xió­nen­nues­tras­vi­das,em­pe­za­mos a con­si­de­rar to­do lo que te­ne­mos). Así que to­da­vía tie­ne tra­ba­jo por ha­cer.

"Mi­ro a mi hi­jo y le veo tan fe­liz que le di­go a mi ma­ri­do: 'Eso es por­que to­da­vía no ha apren­di­do el se­cre­to. Y el se­cre­to es que inevi­ta­ble­men­te va a mo­rir". Es­to le per­mi­te cen­trar­se a él tam­bién. Sa­be que tie­ne un tiem­po li­mi­ta­do pa­ra crear nue­vos mun­dos –la ur­gen­cia de la exis­ten­cia le opri­me– y Tom Ford em­pie­za a con­tar los días que le que­dan a Tom Ford.

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