THE WEEKND, TO­DO PELAZO A so­las con la enig­má­ti­ca estrella.

Ha sa­li­do con mo­de­los, ha pa­ten­ta­do un pei­na­do que mu­chos han que­ri­do imi­tar y ha lan­za­do el ál­bum del que to­do el mun­do ha­bla. Pe­ro, sie­te años des­pués de su so­na­do de­but en Youtu­be, Abel Tes­fa­ye –a. k. a. The Weeknd– si­gue sien­do un enig­ma. Aho­ra se abr

GQ (Spain) - - Sumario - POR DEVIN FRIED­MAN

• DU­RAN­TE MU­CHO TIEM­PO, The Weeknd no qui­so que su­pié­ra­mos quién era. De he­cho, cuan­do em­pe­zó a ad­qui­rir cier­ta no­to­rie­dad allá por 2011 na­die co­no­cía su as­pec­to real o su ver­da­de­ro nom­bre (es Abel Tes­fa­ye, por cier­to), a pe­sar de que ya ha­bía lan­za­do tres mix­ta­pes bes­tia­les que lue­go da­rían for­ma a su pri­mer ál­bum: Tri­logy. Por no sa­ber, no sa­bía­mos ni si­quie­ra si era un so­lis­ta o un gru­po. Era so­lo una voz, una dul­ce voz con en­ti­dad pro­pia, ins­trui­da en las sa­gra­das ar­tes de la co­fra­día de Mi­chael Jack­son. Pe­ro mien­tras por un la­do Abel no que­ría que nos fi­já­ra­mos en él, por otro can­ta­ba so­bre los as­pec­tos más vul­ne­ra­bles e ín­ti­mos de su vi­da, pi­dién­do­nos no so­lo que los co­no­cié­ra­mos en detalle, sino que los can­tá­se­mos en voz al­ta.

Que­da­mos con él una tar­de de lu­nes en el es­tu­dio de gra­ba­ción Con­way de Los Án­ge­les. Abel es­tá sen­ta­do en una si­lla Ae­ron y tie­ne un as­pec­to re­ma­ta­da­men­te ju­ve­nil, co­mo de al­guien que aca­ba de em­pe­zar la uni­ver­si­dad. Su ras­gos son agra­da­bles y bon­da­do­sos, pe­ro no dan for­ma a una ca­ra de esas que va­yas a re­cor­dar. Con­fie­so que eso no es lo que es­pe­ra­ba. La otra vez que es­tu­ve an­te Abel Tes­fa­ye fue du­ran­te un con­cier­to en el Phi­lips Arena de Atlan­ta, Geor­gia, ha­ce co­sa de un año. Fue du­ran­te la gi­ra de Beauty Behind the Mad­ness, uno de los ál­bu­mes de 2015 y el que con­vir­tió a The Weeknd en una sen­sa­ción. En ese re­ci­tal su as­pec­to era im­po­nen­te. Se eri­gía so­bre no­so­tros en un an­da­mio ne­gro, ves­ti­do con una tú­ni­ca mi­li­tar y con su ca­rac­te­rís­ti­co pe­lo de ba­ta­lla. Afe­rra­do a la ba­ran­di­lla, can­ta­ba pre­cio­sas arias so­bre su pa­sa­do con las dro­gas co­mo si es­tu­vie­ra in­ter­pre­tan­do Mac­beth en una som­bría pro­duc­ción ale­ma­na. Sin em­bar­go, en el es­tu­dio de gra­ba­ción, sen­ta­do fren­te a un Abel que lle­va una sim­ple beis­bo­le­ra ne­gra, me da la im­pre­sión de es­tar an­te otra per­so­na. No pa­re­ce te­ner la ne­ce­si­dad de ocu­par un es­pa­cio más gran­de que tú en la ha­bi­ta­ción –co­mo si fue­ra Kan­ye West, por po­ner un ejem­plo (en reali­dad no co­noz­co a Kan­ye West. A lo me­jor es su­per­hu­mil­de). Pien­so que pue­de ser que mi cam­bio de per­cep­ción se de­ba a su nue­vo cor­te de pe­lo. Ya no lle­va esa ca­be­lle­ra for­mi­da­ble y ex­tra­va­gan­te con la que se dio a co­no­cer.

–Una vez di­jis­te que nun­ca te cor­ta­rías el pe­lo por­que en­ton­ces pa­sa­rías a te­ner el mis­mo as­pec­to que el res­to del mun­do, le re­cuer­do.

–Sí, lo di­je –ad­mi­te Abel–, pe­ro es que no po­día ir a nin­gún si­tio sin ver el pu­to pe­lo de The Weeknd. Así es co­mo lo lla­mo yo. Ar­tis­tas nue­vos y otros que no lo eran tan­to, no voy a dar nom­bres, em­pe­za­ron a de­jar­se el pe­lo jo­di­da­men­te lar­go.

Abel fue quien pro­pu­so que nos en­con­trá­ra­mos en Con­way por­que es allí don­de gra­bó su cuar­to ál­bum, Star­boy. "Aquí he pa­sa­do los úl­ti­mos seis me­ses", cuen­ta Abel. "Prác­ti­ca­men­te vi­vía­mos aquí y ocu­pá­ba­mos to­do el lo­cal. Aho­ra veo a gen­te en las otras sa­las y pien­so: '¿qué na­ri­ces ha­cen to­das es­tas per­so­nas en mi es­tu­dio?".

El dis­co es­tá ya en la ca­lle y es un exi­ta­zo. En el mo­men­to de la en­tre­vis­ta, to­das las can­cio­nes de Star­boy es­ta­ba en el top 100 de la lis­ta Billboard y la que da tí­tu­lo al ál­bum lle­va­ba en el top 3 du­ran­te más de un mes. Ade­más, con más de 500 mi­llo­nes de re­pro­duc­cio­nes, el ál­bum es­ta­ba ba­tien­do re­cords en Spo­tify. Abel se cor­tó el pe­lo na­da más ter­mi­nar­lo. Ase­gu­ra que se ha­bía con­ver­ti­do en su iden­ti­dad. "Tra­ba­jé muy du­ro en es­te dis­co", ex­pli­ca, "y sen­tía la ne­ce­si­dad de ali­viar el es­trés, así que em­pe­cé por cor­tar­me el pe­lo, por­que que­ría mez­clar­me con el res­to de la gen­te. Si aho­ra voy a un club o a un res­tau­ran­te, pa­so inad­ver­ti­do. Ten­go el mis­mo as­pec­to que to­do el mun­do. Reconozco que eso es abu­rri­do, pe­ro ne­ce­si­ta­ba ser uno más du­ran­te al­gún tiem­po".

"Me cam­bié el pei­na­do por­que no po­día ir a nin­gún si­tio sin ver el pu­to pe­lo de The Weeknd. Ar­tis­tas nue­vos y otros que no lo eran tan­to em­pe­za­ron a de­jar­se el pe­lo jo­di­da­men­te lar­go"

Abel na­ció ha­ce 27 años en Scar­bo­rough, una ciu­dad dor­mi­to­rio más allá de los su­bur­bios de To­ron­to. Nun­ca tu­vo hon­das raí­ces ca­na­dien­ses, ya que sus pa­dres eran de na­cio­na­li­dad etío­pe. Fue un buen ni­ño, un ni­ño que se por­ta­ba bien y que fue mi­ma­do y cria­do por su ma­dre y su abue­la. Es­ta úl­ti­ma siem­pre le pre­sen­ta­ba con or­gu­llo a las vi­si­tas, ya que era ca­paz de ha­blar en un per­fec­to am­há­ri­co. La his­to­ria del na­ci­mien­to de su vo­ca­ción crea­ti­va es­tá es­tre­cha­men­te li­ga­da a la era di­gi­tal: in­ter­net fue su sal­va­ción. Al prin­ci­pio, to­do gi­ra­ba en torno al ci­ne. Veía mu­chas pe­lí­cu­las online y lue­go des­car­ga­ba sus guio­nes. Eran el ti­po de ci­ne al que nun­ca hu­bie­ra te­ni­do ac­ce­so en el mun­do en el que vi­vía: cin­tas os­cu­ras y psi­co­ló­gi­ca­men­te per­tur­ba­do­ras de Da­vid Cro­nen­berg co­mo In­se­pa­ra­bles o Vi­deo­dro­me, al­go que no ex­tra­ña­rá a na­die que co­noz­ca la obra de The Weeknd. Co­men­zó a es­cri­bir guio­nes pa­ra cor­tos y a fan­ta­sear con la idea de crear mun­dos ex­tra­ños, que es lo que ha­ce aho­ra con su mú­si­ca. Sus pri­me­ros hé­roes mu­si­ca­les no eran pre­ci­sa­men­te los de sus ami­gos. "Cuan­do te­nía 14 años me enamo­ré de Pink Floyd", cuen­ta. "In­ter­net es una co­sa ma­ra­vi­llo­sa".

En esa épo­ca tam­bién em­pe­zó a des­car­gar­se te­mas ins­tru­men­ta­les so­bre los que se gra­ba­ba a sí mis­mo can­tan­do. "En­con­tré a un pro­duc­tor que te­nía un es­tu­dio en su ca­sa. Creía que se iba a con­ver­tir en al­guien im­por­tan­te, al­go que ob­via­men­te nun­ca ocu­rrió, pe­ro gra­cias a él yo en­con­tré mi pro­pia voz can­tan­do ver­sio­nes". Una voz que él mis­mo ya con­si­de­ra­ba ex­tra­or­di­na­ria. "Era pu­ra, era na­tu­ral, era una voz de can­tan­te", di­ce. "La gen­te que la es­cu­cha­ba se que­da­ba aco­jo­na­da". Al cum­plir los 17 se fue de ca­sa y su ma­dre no de­jó de llo­rar mien­tras él ha­cía las ma­le­tas. "Es­ta­ba ate­rra­do", confiesa. "No pen­sa­ba en sa­lir de allí y con­ver­tir­me en una estrella. Más bien que­ría sa­lir de allí de una pu­ta vez y vi­vir otra vi­da. Ser al­guien dis­tin­to, no una estrella, sino al­guien di­fe­ren­te". Cuan­do The Weeknd em­pe­zó a ac­tuar, tu­vo que re­cu­rrir a cla­ses de bai­le. De­jar­se el pe­lo lar­go fue una ma­ne­ra de es­con­der­se, de des­apa­re­cer de­trás de una ar­ma­du­ra de­fen­si­va.

"To­do sa­le de él, la mú­si­ca, su iden­ti­dad", me cuen­ta un eje­cu­ti­vo dis­co­grá­fi­co que co­no­ce bien su ca­rre­ra. "Aque­llas pri­me­ras gra­ba­cio­nes las hi­zo él. No sé lo que pien­sas tú, pe­ro la in­dus­tria mu­si­cal si­gue do­mi­na­da por la ra­dio. To­do el mun­do ha­bla de Spo­tify y de in­ter­net y de có­mo ha cam­bia­do to­do, de có­mo aho­ra cual­quie­ra pue­de ser una estrella so­lo por te­ner una co­ne­xión per­so­nal con el pú­bli­co, pe­ro no es ver­dad. La ra­dio si­gue do­mi­nan­do; y aun así, él lle­na­ba pa­be­llo­nes en­te­ros de 2.000 o 3.000 per­so­nas sin que sus can­cio­nes so­na­ran en la ra­dio. Es­to no es na­da ha­bi­tual. To­do sa­lió de él: su so­ni­do, su mú­si­ca y su es­ti­lo de vi­da".

El sexo es po­si­ble­men­te el te­ma pre­di­lec­to de The Weeknd (la co­caí­na le si­gue a po­ca dis­tan­cia). Pe­ro no el sexo en un sen­ti­do tra­di­cio­nal (tam­po­co las dro­gas). Can­ta so­bre per ver­sio­nes de las que pro­ba­ble­men­te te de­be­rías sen­tir cul­pa­ble. Del o que sien­tes cuan­do te acues­tas con una grou­pie sa­bien­do que lo ha­ces sim­ple­men­te pa­ra lle­nar un va­cío emo­cio­nal, sin que ello te de­ten­ga. es pro­ba­ble­men­te el úni­co can­tan­te de su ge­ne­ra­ción, o de cual­quier ge­ne­ra­ción, ca­paz de ha­cer bo­ni­tas can­cio­nes de amor que gi­ran en torno a la muer­te por as­fi­xia au­to­eró­ti­ca de una estrella de te­le­vi­sión de 72 años en un ho­tel de­bang­kok. ad­mi­te tam­bién que el con­te­ni­do de sus can­cio­nes de­ri­va prin­ci­pal­men­te de sus pro­pias ex­pe­rien­cias, pe­ro aho­ra que ha pa­sa­do de ser un chi­co tí­mi­do de to ron to a unas uper estrella, no pa­re­ce es­pe­cial­men­te en­tu­sias­ma­do con la idea de re­ci­bir pro­po­si­cio­nes se­xua­les cons­tan­tes ." No pien­so en ello co­mo al­go real ", ar­gu­men­ta. Le pon­go el ejem­plo de Leo­nar­do Di­ca­prio, pro­ba­ble­men­te el ser hu­mano que ha­ya re­ci­bi­do más pro­po­si­cio­nes in de­cen­tes en los úl­ti­mos 20 años .¿ có­mo pue­de afec­tar eso a al­guien ya su per­cep­ción del sexo ?" no creo que eso sea co­mo lo pin­tas. Co­noz­co a Leo y cuan­do Leo se va de fies­ta, se va de fies­ta. Pe­ro cuan­do tra­ba­ja, na­die tra­ba­ja tan­to co­mo él", con­tes­ta. –¿Te en­gor­dan el ego las 'in­ter­ac­cio­nes' con las 'grou­pies'? –Mi­ra, yo no voy por ahí co­mo si fue­ra el pu­to idr is el­ba, ¿sa­bes? Pro­ba­ble­men­te des­cri­bas mi as­pec­to en tu pu­to ar­tícu­lo. Mí­ra­me, es­to es lo que soy. No voy a en­trar en una dis­co­te­ca y com­por­tar­me co­mo si fue­ra el tío más sexy de la sa­la. La ra­zón por la que me quie­ren fo­llar es por lo que ha­go en el es­tu­dio. Así que pre­fie­ro úni­ca­men­te cen­trar­me en ello.

Un mes an­tes de nues­tro en­cuen­tro ha­bía ro­to con Be­lla Ha­did (aho­ra es­tá sa­lien­do con Se­le­na Go­mez), pe­ro no quie­re ha­blar de ello. Sin em­bar­go re­co­no­ce que, aun­que cree que quie­re te­ner hi­jos, no es­tá na­da se­gu­ro so­bre el ma­tri­mo­nio. "Lo pri­me­ro se­rían los ni­ños. El ma­tri­mo­nio es al­go ate­rra­dor pa­ra mí". Ase­gu­ra asi­mis­mo que, des­de el pun­to de vis­ta psi­co­se­xual, ya no es la mis­ma per­so­na que apa­re­ce en sus le­tras. "Aho­ra mis­mo me cor­to mu­cho más que ha­ce cua­tro años, cuan­do me lle­gó to­do de gol­pe y dis­fru­ta­ba de la vi­da. No me cen­tro en eso tan­to co­mo an­tes. ¿Sa­bes a qué me re­fie­ro? An­tes pen­sa­ba: 'jo­der, es­to es in­creí­ble'. Y aho­ra una bue­na can­ción me po­ne mu­cho más. Me po­ne ca­chon­do, li­te­ral­men­te ca­chon­do".

ERIC RAY DAVIDSON

'PRIN­CE OF DARK­NESS' The Weeknd vis­te ca­za­do­ra y pan­ta­lo­nes Prada, za­pa­tos Louis Vuit­ton, cal­ce­ti­nes Pant­he­re­lla y ca­de­na Ch­ro­me Hearts.

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