EN­TRE­VIS­TA Mar­zio Vi­lla, pre­si­den­te de Diar­sa y CEO de Cuer­vo y So­bri­nos.

Aman­te de la re­lo­je­ría y los co­ches, es­te em­pre­sa­rio sos­tie­ne que pa­ra sa­car­le el me­jor par­ti­do a las opor­tu­ni­da­des lo úni­co que no pue­de fal­tar es la pa­sión.

GQ (Spain) - - Sumario -

La Real Aca­de­mia Es­pa­ño­la de­fi­ne se­ren­di­pia co­mo un "ha­llaz­go va­lio­so que se pro­du­ce de ma­ne­ra ac­ci­den­tal o ca­sual". Es­ta pa­la­bra po­dría re­su­mir al­gu­nas de las his­to­rias más im­por­tan­tes de la vi­da de Mar­zio Vi­lla. Pa­ra em­pe­zar, cuan­do aún no ha­bía cum­pli­do 30 años, un en­cuen­tro con un ami­go de su pa­dre que tra­ba­ja­ba en una em­pre­sa en Ita­lia re­sul­tó re­ve­la­dor. Le pi­dió que le echa­ra una mano con un pro­ble­ma co­mer­cial: "Yo ha­bía ter­mi­na­do la ca­rre­ra de abo­ga­do y que­ría mon­tar mi pro­pio des­pa­cho o en­trar en un bu­fe­te. Pe­ro es­te ami­go me di­jo: 'te voy a qui­tar po­co tiem­po, pe­ro tú eres la per­so­na que ne­ce­si­to'… Así que em­pe­cé a ase­so­rar­le. Era una em­pre­sa de dis­tri­bu­ción re­lo­je­ra y con él des­cu­brí que es­to me apa­sio­na­ba de ver­dad". Aquel ami­go tam­bién le di­jo una frase que to­da­vía re­cuer­da di­ver­ti­do: "Yo te voy a dar la opor­tu­ni­dad de to­mar cham­pag­ne cuan­do to­da­vía lo pue­des di­ge­rir".

Y va­ya si lo ha di­ge­ri­do. La abo­ga­cía pa­só a la his­to­ria y, a cam­bio, en él des­per­tó un interés cre­cien­te por la re­lo­je­ría y por los ne­go­cios. Des­de ha­ce 35 años es­tá al fren­te de Diar­sa, dis­tri­bui­do­ra de mar­cas co­mo Hu­blot, Ulys­se Nar­din, Eber­hart & Co., Die­trich, Clerc o Pors­che De­sign, ade­más de Cuer­vo y So­bri­nos, la mar­ca cu­bano-sui­za de fi­na­les del XIX que ha he­cho la­tir de nue­vo. Así que tiem­po no le so­bra: "Me da mu­cha sa­tis­fac­ción ver que la em­pre­sa cre­ce. Lo que no qui­ta pa­ra que ca­da vez que lle­go a la ofi­ci­na ten­ga 4.000 pro­ble­mas por re­sol­ver… pe­ro sé que los otros 4.000 ya es­tán so­lu­cio­na­dos", ase­gu­ra con op­ti­mis­mo.

Él sabe que los pro­ble­mas siem­pre arro­jan so­lu­cio­nes. Y fle­cha­zos. Otro de ellos su­ce­dió du­ran­te una reunión en Ita­lia. So­bre la me­sa ha­bía una re­vis­ta que en un mo­men­to de­ci­dió ho­jear. En una pá­gi­na vio un re­loj Cuer­vo y So­bri­nos y se di­jo

a sí mis­mo: "Qué bo­ni­to". "A par­tir de ahí em­pe­cé a ave­ri­guar qué era aque­llo, quién lo te­nía, de dón­de ve­nía… has­ta que com­pré la mar­ca". Es­to su­ce­dió en 2001 y des­de en­ton­ces ha con­se­gui­do que es­té pre­sen­te en más de 25 paí­ses de to­dos los con­ti­nen­tes, ten­ga 240 pun­tos de ven­ta y pro­duz­ca 3.000 pie­zas al año de sus cin­co co­lec­cio­nes. Ade­más de aten­der su ma­nu­fac­tu­ra en Sui­za, una tien­da de lu­jo en La Habana y, de pa­so, res­ca­tar la me­mo­ria de la fir­ma des­de el ori­gen as­tu­riano de sus fun­da­do­res has­ta hoy. Por­que él sos­tie­ne que ca­da pe­que­ño detalle te cuen­ta una his­to­ria. "A mí siem­pre me ha in­tere­sa­do vin­cu­lar co­sas. Con Hu­blot, en su mo­men­to, apo­ya­mos a Pors­che, que era un co­che no lla­ma­ti­vo pe­ro con las mis­mas cua­li­da­des de un Fe­rra­ri. Eso era pa­ra mí Hu­blot. O con Ulys­se Nar­din, que hoy to­do el mun­do lo aso­cia a la náu­ti­ca… pe­ro cuan­do em­pe­cé a aso­ciar la mar­ca con los bar­cos tu­ve gran­des dis­cu­sio­nes so­bre es­to con el due­ño. Hoy na­die du­da­ría de que es la ima­gen per­fec­ta".

UN MUN­DO DE CO­NE­XIO­NES

Esas aso­cia­cio­nes de ideas e imá­ge­nes son otra de las ob­se­sio­nes de su vi­da. Una emo­ción siem­pre con­du­ce a otra. Más en él, aman­te, co­lec­cio­nis­ta y con­duc­tor de co­ches clá­si­cos. Así cuen­ta otro de sus "afor­tu­na­dos" ac­ci­den­tes. "En una oca­sión, tras sa­lir de una ope­ra­ción por un ac­ci­den­te acuá­ti­co en un mar de In­dia [don­de tie­ne la Fun­da­ción de ayu­da hu­ma­ni­ta­ria Diar­sa Li­fe Li­ne] un ami­go me in­vi­tó a co­mer a un res­tau­ran­te que, ase­gu­ra­ba, iba a gus­tar­me. Y así fue: el si­tio es­ta­ba de­co­ra­do con to­do ti­po de ob­je­tos de los años 50 y en­tre ellos ha­bía un Al­fa Romeo des­ca­po­ta­ble, que ha­bía si­do la ilu­sión de mi vi­da con 18 años. Me enamo­ré del co­che y aca­bé com­prán­do­me uno. En esa épo­ca aca­ba­ba de em­pe­zar con Cuer­vo y So­bri­nos y que­ría apo­yar con al­go la ima­gen de mar­ca… Así que po­co des­pués iba yo fe­liz por una ca­rre­te­ra ita­lia­na pen­san­do en qué po­dría ha­cer cuan­do me di­je: '¡pe­ro si lo ten­go aquí!'. Yo te­nía que ali­men­tar mi sue­ño, ese pa­sa­do gla­mu­ro­so del que Cuer­vo y So­bri­nos fue­ron tes­ti­gos. Y pa­ra mí los co­ches clá­si­cos eran lo mis­mo. Un sue­ño".

Un sue­ño que, co­mo el cham­pag­ne, ha vis­to cum­pli­do cuan­do to­da­vía pue­de dis­fru­tar­lo con su más que no­ta­ble co­lec­ción –aun­que aho­ra, más que com­prar, di­ce, es­tá ven­dien­do–. "La di­fe­ren­cia en­tre un co­che clásico y un cua­dro es que una vez que cuel­gas es­te a la pa­red, ya no tie­nes que ha­cer na­da más que mi­rar­lo. Pe­ro un co­che no pue­des de­jar­lo apar­ca­do por­que se es­tro­pea y, cuan­do lo uti­li­zas, tam­bién se es­tro­pea".

Afi­cio­na­do asi­mis­mo a la co­ci­na y a la mú­si­ca –to­ca el acor­deón, el piano y la gui­ta­rra–, to­da­vía en­cuen­tra tiem­po pa­ra com­pe­tir en ca­rre­ras de co­ches clá­si­cos y, en­tre ellas, la mí­ti­ca Mi­lle Mi­glia. Pe­ro lo que más le mo­ti­va, jun­to a su eter­na cu­rio­si­dad, es el ro­man­ti­cis­mo: "Yo intento man­te­ner mis idea­les y mis ilu­sio­nes vi­vas, es lo que siem­pre me ha mo­vi­do". Por­que na­da fun­cio­na si no le po­nes co­ra­zón, sos­tie­ne: "Es que si de­trás de cual­quier co­sa que em­pren­das no hay una par­te ro­mán­ti­ca, no avan­zas. Y eso lo apli­co a to­do". Así que so­bre sus pro­pios pla­nes de fu­tu­ro, su res­pues­ta no pue­de ser más apro­pia­da: "Yo, de ma­yor, quie­ro ser jo­ven".

"Si de­trás de cual­quier co­sa que em­pren­das no hay una par­te ro­mán­ti­ca, no avan­zas. Y eso lo apli­co a to­do"

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