Fu­tu­ro im­pre­de­ci­ble

Ste­ve Jobs, Bill Ga­tes o Mark Zuc­ker­berg son las fi­gu­ras que han do­mi­na­do Si­li­con Va­lley en las úl­ti­mas dé­ca­das, pe­ro to­dos ellos fa­lla­ron más de una vez a la ho­ra de aven­tu­rar lo que iba a ve­nir des­pués.

GQ (Spain) - - Intro - Edi­tor de tec­no­lo­gía

Aes­tas al­tu­ras de si­glo, he­mos sa­cra­li­za­do a Ste­ve Jobs (Zooom). Su fi­gu­ra au­to­mar­ti­ri­za­da es un re­fe­ren­te en ca­si to­das las áreas de la vi­da. Jobs, des­pués de to­do, fue el hom­bre que ju­bi­ló al walk­man, ju­bi­ló al PC con el con­cep­to ta­blet y, lo más im­por­tan­te, aga­rró in­ter­net y lo con­vir­tió en al­go al al­can­ce de nues­tras ma­nos con el ben­di­to ipho­ne. Pe­ro ol­vi­da­mos que eso fue en su se­gun­da ve­ni­da, en­tre 1997 y 2011. En la pri­me­ra, mi­ró a la in­for­má­ti­ca a los ojos y la con­vir­tió en al­go tan sexy co­mo ac­ce­si­ble con el Mac. Eso fue en 1984. Un año des­pués, Ap­ple ha­bía des­pe­di­do a Jobs de la com­pa­ñía que él mis­mo ha­bía crea­do. El vi­sio­na­rio, en­fu­re­ci­do, li­qui­dó el 11% de ac­cio­nes que po­seía. To­das sus ac­cio­nes me­nos una –pa­ra po­der se­guir te­nien­do ac­ce­so a los in­for­mes–. En el mo­men­to de su muer­te, esas ac­cio­nes –di­vi­den­dos apar­te– ha­brían bas­ta­do pa­ra con­ver­tir­le en el ter­cer o cuar­to hom­bre más ri­co del pla­ne­ta. Hoy in­clu­so le de­ja­rían por de­ba­jo de Aman­cio Or­te­ga, pe­ro por en­ci­ma de Zuc­ker­berg, otro de los pro­ta­go­nis­tas de nuestro cuen­to.

En esos 12 años, Jobs (apar­te de apos­tar por Pi­xar cuan­do en Dis­ney con­si­de­ra­ban que eso de la ani­ma­ción por or­de­na­dor era una abe­rra­ción) se equi­vo­có de sec­tor con NEXT, otra pio­ne­ra in­for­má­ti­ca con to­das las ideas co­rrec­tas, pe­ro que no su­po leer el mun­do. Si no te acuer­das de NEXT es por­que ni si­quie­ra la co­no­cis­te. Fue­ron los años en los que Bill Ga­tes (Crash!) se con­vir­tió en la per­so­na más po­de­ro­sa del pla­ne­ta, ga­nan­do tal can­ti­dad de di­ne­ro con MS-DOS, Win­dows y sus pro­gra­mas ofi­má­ti­cos que in­clu­so hoy en día si­gue sien­do el hom­bre más ri­co del mun­do. Al­go que lo­gró a ba­se de co­piar gran par­te de las ideas ori­gi­na­les de Jobs, por cier­to. Bill Ga­tes en­ten­dió la im­por­tan­cia del or­de­na­dor co­mo cen­tro de nues­tras vi­das du­ran­te los 80 y los 90, en ca­sa o el tra­ba­jo. Nos de­jó el si­glo XX al al­can­ce de la mano y trans­for­mó el pla­ne­ta co­mo no se ha­bía vis­to des­de la Re­vo­lu­ción In­dus­trial. Pe­ro su úl­ti­mo ac­to vi­sio­na­rio fue sal­var Ap­ple en 1997, re­for­zan­do con 150 mi­llo­nes de dó­la­res el re­gre­so de Jobs. Su Mi­cro­soft des­de­ñó to­do lo que tu­vie­ra que ver con las en­tra­ñas de in­ter­net –só­lo apos­ta­ron por el na­ve­ga­dor, otra ventana más–, ig­no­ra­ron lo que es­ta­ba ha­cien­do Goo­gle y (aun­que es­to ya no fue cul­pa su­ya) pen­sa­ron que esa lo­ca idea de mó­vi­les con in­ter­net pa­ra to­do ja­más fun­cio­na­ría.

Ga­tes y Jobs han si­do dos de los tres hom­bres más de­ter­mi­nan­tes de los úl­ti­mos 30 años, en ese or­den. Si quie­res po­ner­lo por dé­ca­das, la era Ga­tes va de 1987 a 1997, con la úl­ti­ma ver­sión de Win­dows 95; y la era Jobs de 1997 a 2007, del imac al ipho­ne. De 2007 a 2017, el mun­do ha apren­di­do el nom­bre de Mark Zuc­ker­berg (Pow), un ti­po que só­lo que­ría que usá­se­mos in­ter­net pa­ra ha­blar con los nues­tros. Fa­ce­book es hoy la prin­ci­pal so­cie­dad del pla­ne­ta. Tie­ne más ha­bi­tan­tes que Chi­na y jun­to a Goo­gle (ti­tán apar­te) quie­re lle­var­nos a un mun­do de in­te­li­gen­cias ar­ti­fi­cia­les, reali­dad vir­tual, y nue­vos ho­ri­zon­tes pa­ra to­dos tus sen­ti­dos. El ta­lo­na­rio de Zuc­ker­berg le dio pa­ra ha­cer­se con –en­tre otras mu­chas com­pras– Ins­ta­gram y What­sapp. To­da tu vi­da so­cial gi­ra en torno a sus re­des. Ha­ce ca­si cua­tro años, Zuc­ker­berg le pu­so a Evan Spie­gel (Bang! ) so­bre la me­sa 3.000 mi­llo­nes de dó­la­res. Snap­chat, su crea­ción, ha­bía des­per­ta­do el in­te­rés de Fa­ce­book. Y Spie­gel di­jo no. Hoy pue­de pa­re­cer que aque­lla ne­ga­ti­va fue un error: Fa­ce­book, What­sapp e Ins­ta­gram han va­cia­do de sen­ti­do la red mi­llen­nial co­pian­do to­das y ca­da una de sus ca­rac­te­rís­ti­cas en una se­cuen­cia des­ti­na­da a aho­gar la ofer­ta pú­bli­ca de Snap­chat. Pe­ro la pe­que­ña ven­gan­za de Fa­ce­book es si­mi­lar a ac­ti­tu­des pa­sa­das de Ga­tes o Jobs: con­ce­bir el mun­do co­mo una ex­ten­sión de lo que ya has crea­do. Pen­sar que el fu­tu­ro es lo que ya tie­nes en­tre ma­nos, en vez de pen­sar en lo que no po­de­mos ni ima­gi­nar que va a lle­gar en diez años. La prue­ba, de la que el dis­rup­ti­vo y ac­tual Elon Musk (con sus co­ches-ro­bot y sus na­ves es­pa­cia­les) pue­de dar tes­ti­mo­nio, de que ni si­quie­ra los gran­des vi­sio­na­rios son ca­pa­ces de an­ti­ci­par el mun­do a me­dio pla­zo.

POR JA­VI SÁNCHEZ

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