BRAD PITT

"NO HAY AMOR SIN DO­LOR, VAN EN EL MIS­MO PA­QUE­TE"

GQ (Spain) - - Portada - POR MI­CHAEL PATERNITI

EX­CLU­SI­VA MUN­DIAL

PRI­ME­RA EN­TRE­VIS­TA POST-AN­GE­LI­NA

TRAS UN TIEM­PO DE TOR­MEN­TA, EL AC­TOR MÁS FA­MO­SO DEL PLA­NE­TA TO­MA AI­RE EN GQ Y BUS­CA ES­PA­CIOS ABIER­TOS

(Re­por­ta­je es­pe­cial de 20 pá­gi­nas)

BB­rad Pitt se es­tá ha­cien­do un té ver­de mat­cha en su ca­sa de Holly­wood Hills, don­de vi­ve des­de 1994. Ha te­ni­do otras pro­pie­da­des en otros lu­ga­res del pla­ne­ta –in­clu­yen­do un châ­teau en Fran­cia y ca­sas en Nue­va Or­leans y Nue­va York– pe­ro és­ta ha si­do siem­pre el "ho­gar" de sus hi­jos, di­ce; y aun­que ellos ya no vi­van aquí, ha de­ci­di­do que pa­ra él sí es im­por­tan­te que­dar­se. Hoy im­pe­ra el si­len­cio, só­lo in­te­rrum­pi­do por los ron­qui­dos de su bull­dog, Jac­ques.

Pitt lle­va una ca­mi­sa de fra­ne­la y unos va­que­ros pi­ti­llo, que a él le que­dan hol­ga­dos. Ya no se pue­de per­ci­bir esa gran masa mus­cu­lar que he­mos vis­to en pan­ta­lla du­ran­te un cuar­to de si­glo. Pa­re­ce un tí­pi­co pa­dre de Los Ángeles que si­gue una die­ta de­tox a ba­se de zu­mos y que se pre­pa­ra pa­ra ha­cer cha­pu­zas en ca­sa. En la en­ci­me­ra hay unos cuan­tos pro­duc­tos de Star­bucks, de los que no prue­ba bo­ca­do, y un ca­fé, que sí be­be. Pitt, que exu­da sim­pa­tía, de­cen­cia y sen­ti­do del hu­mor (ne­gro y al­go dis­pa­ra­ta­do) a rau­da­les, cuenta que se ha afi­cio­na­do al mat­cha úl­ti­ma­men­te, des­de de que un ami­go se lo des­cu­brie­ra. Le en­can­ta to­do el ri­tual que ro­dea a es­te té. Es­pol­vo­rea de­li­be­ra­da­men­te un pol­vo ver­de en una ta­za, lue­go vier­te el agua hir­vien­do y lo re­mue­ve con un ce­pi­llo de bam­bú has­ta que el lí­qui­do se que­da es­pu­mo­so. "Te va a en­can­tar es­to", me di­ce, mien­tras me pa­sa la ta­za.

Se­re­ni­dad, equi­li­brio y or­den: al me­nos eso es lo que trans­mi­te. Eso es lo que sien­tes en la co­ci­na de su ca­sa cons­trui­da y de­co­ra­da a la per­fec­ción. En el ex­te­rior, se ob­ser­van va­rias bi­ci­cle­tas in­fan­ti­les y una col­cho­ne­ta gi­gan­te con for­ma de dra­gón flo­tan­do en la pis­ci­na. La ca­sa en su con­jun­to es­tá ca­rac­te­ri­za­da por la aten­ción al de­ta­lle. Y al­ber­ga sus pro­pias his­to­rias, no ya só­lo de cuan­do los Jo­lie–pitt eran fe­li­ces, sino de un pa­sa­do an­te­rior, cuan­do era el lu­gar don­de per­noc­ta­ba Ji­mi Hen­drix. La le­yen­da di­ce que com­pu­so May This Be Lo­ve en la gru­ta con la cas­ca­da (Wa­ter­fall/not­hing Can Harm me at All...). "No sé si es ver­dad", di­ce Pitt, "pe­ro un hip­pie vino un día y ase­gu­ra­ba que se me­tía áci­do con Jim jus­to ahí, así que me que­do con la historia".

Pitt es el pri­me­ro en ad­mi­tir que los úl­ti­mos seis me­ses de su vi­da han si­do un caos (él lo lla­ma un pe­rio­do "ra­ro"). Cuan­do ha­blas con él, le no­tas com­ple­ta­men­te cen­tra­do un mo­men­to y al­go cris­pa­do el si­guien­te. Es la con­se­cuen­cia de una du­ra tra­ve­sía en la que nun­ca qui­so em­bar­car­se, pe­ro que ad­mi­te que fue "au­to­in­fli­gi­da". Lo peor sa­lió a la luz el pa­sa­do sep­tiem­bre. Du­ran­te un vue­lo pri­va­do a Los Ángeles, tu­vo lu­gar un al­ter­ca­do en­tre Pitt y uno de sus seis hi­jos, Mad­dox, de 15 años. Una lla­ma­da anó­ni­ma a las au­to­ri­da­des desem­bo­có en una investigación del FBI (que se aca­bó ce­rran­do sin car­gos). Cin­co días des­pués, su mu­jer, An­ge­li­na Jo­lie, pi­dió el di­vor­cio. En aquel mo­men­to to­do el uni­ver­so de Pitt en­tró en ba­rre­na. No fue úni­ca­men­te una cri­sis de repu­tación. Era un pa­dre que ha­bía si­do des­po­ja­do de sus hi­jos, un ma­ri­do sin mu­jer. Aho­ra es un hom­bre de so­lo 53 años con la vi­da des­he­cha, in­ten­tan­do ave­ri­guar có­mo re­com­po­ner­la.

Aun así, esa em­pre­sa co­no­ci­da co­mo Brad Pitt con­ti­núa ha­cia de­lan­te inexo­ra­ble­men­te. En no­viem­bre se es­tre­nó la pe­lí­cu­la Alia­dos, pro­ta­go­ni­za­da por Pitt y Ma­rion Co­ti­llard. En la pre­mie­re su as­pec­to fue des­cri­to co­mo "de­ma­cra­do" y los ru­mo­res so­bre un su­pues­to af­fai­re con Co­ti­llard flo­ta­ban en el am­bien­te, lo que lle­vó a és­ta a des­men­tir­los en las re­des so­cia­les. Al­go des­pués, Plan B, la pro­duc­to­ra de Pitt, se lle­vó por ter­ce­ra vez un Os­car a la Me­jor pe­lí­cu­la gra­cias a Moon­light. Aho­ra aca­ba de es­tre­nar Má­qui­na de gue­rra en Net­flix, una sá­ti­ra ba­sa­da en los in­ci­den­tes que lle­va­ron al des­pi­do del ge­ne­ral Stan­ley Mc­chrys­tal. En el fil­me, in­ter­pre­ta al ge­ne­ral Glen Mc­mahon, una ás­pe­ra ver­sión de Mc­chrys­tal ade­re­za­da con cier­ta vis có­mi­ca, que pre­ten­de ser una me­tá­fo­ra del con­flic­to ar­ma­do de EE UU en Af­ga­nis­tán.

En es­ta nu­bla­da ma­ña­na de pri­ma­ve­ra, Pitt se ase­me­ja sin em­bar­go a uno de esos per­so­na­jes exis­ten­cia­lis­tas de Sa­muel Bec­kett que se ha­cen gran­des pre­gun­tas en un mun­do es­té­ril. In­clu­so las ge­ne­ra­li­da­des que em­plea pa­ra pro­te­ger­se pa­re­cen me­ta­fó­ri­cas (men­cio­na el nom­bre de su ex mu­jer só­lo una vez, cuan­do ha­ce re­fe­ren­cia al fil­me que ella di­ri­gió so­bre el ge­no­ci­dio cam­bo­yano, Pri­me­ro ma­ta­ron a mi pa­dre: "De­be­rías ver la pe­lí­cu­la de An­gie", me di­ce). La so­le­dad de su nue­va vi­da só­lo es mi­ti­ga­da, se­gún él mis­mo ad­mi­te, por Jac­ques, que pa­só gran par­te de es­ta en­tre­vis­ta a mis pies, ron­can­do y ti­rán­do­se pe­dos ("¿Has te­ni­do al­gu­na vez a un tío con en­fi­se­ma que vino de vi­si­ta y se que­dó a dor­mir en tu cuar­to cuan­do te­nías seis años?", me di­ce. "Ése es Jac­ques. ¡Ven aquí, cha­va­lo­te! Va­mos a ser ami­gos pa­ra siem­pre").

Cuan­do le pre­gun­to so­bre lo que más le re­con­for­ta en el día a día, me con­tes­ta: "Me le­van­to ca­da ma­ña­na y ha­go un fue­go en la chi­me­nea. Cuan­do me voy a la ca­ma, ha­go otro; só­lo por­que me ha­ce sen­tir vi­vo. Me ha­ce sen­tir que hay vi­da en es­ta ca­sa".

GQ: Vol­va­mos al prin­ci­pio. ¿Có­mo fue cre­cer en el lu­gar en el que te cria­ron? BRAD PITT: Bueno, era Spring­field, en Mis­sou­ri, que es un si­tio mu­cho más gran­de aho­ra, pe­ro yo cre­cí ro­dea­do de cam­pos de maíz –lo que re­sul­ta ex­tra­ño, por­que no­so­tros siem­pre co­mía­mos maíz de la­ta. Nun­ca he sa­bi­do el mo­ti­vo–. Y a diez mi­nu­tos de la ciu­dad ya te en­con­tra­bas

EL AC­TOR MÁS FA­MO­SO DEL PLA­NE­TA VIA­JA CON GQ A TRES PAR­QUES NA­CIO­NA­LES ES­TA­DOU­NI­DEN­SES (EVERGLADES, WHI­TE SANDS Y CARLSBAD CAVERNS) Y NOS IN­VI­TA A UN TÉ EN SU CA­SA DE L. A. PA­RA EXPLICARNOS CÓ­MO SE­GUIR ADE­LAN­TE DES­PUÉS DE QUE TO­DO SE HA­YA VE­NI­DO ABA­JO.

"TO­DAS MIS DE­BI­LI­DA­DES NA­CEN DE MI ARRO­GAN­CIA. SOY CO­NO­CI­DO POR PI­SAR CHAR­COS. POR DE­CIR LO ME­NOS IN­DI­CA­DO, EN EL MO­MEN­TO Y LU­GAR ME­NOS IN­DI­CA­DOS "

bos­ques y ríos, y los mon­tes Ozark. Un pai­sa­je im­pre­sio­nan­te. GQ: ¿Tu­vis­te una in­fan­cia co­mo la de Huc­kle­berry Finn? B. P.: Se pue­de de­cir que la mi­tad del tiem­po, sí. GQ: Ex­plí­ca­te. B. P.: Cre­cí en las cue­vas. Te­nía­mos mu­chas por allí, unas gru­tas fan­tás­ti­cas. Y cre­ci­mos de acuer­do a los pre­cep­tos de la Igle­sia bap­tis­ta, una de las más es­tric­tas del cris­tia­nis­mo. Lue­go, cuan­do ya es­ta­ba en el co­le­gio, mis pa­dres se pa­sa­ron a un mo­vi­mien­to más ca­ris­má­ti­co que te ha­cía ha­blar en dis­tin­tas len­guas, le­van­tar las ma­nos y ha­cer otras mier­das gra­cio­sas. GQ: ¿Te gus­ta­ba lo de ha­blar en otras len­guas? B. P.: Sí, cla­ro. Aún no era ac­tor, pe­ro ya sa­bes… La gen­te se lo creía. Era co­mo si se desaho­ga­ran de al­go. Dios, so­mos com­pli­ca­dos. So­mos cria­tu­ras com­pli­ca­das. GQ: ¿Así que la vo­ca­ción ac­to­ral te vie­ne de aque­llos en­cuen­tros? B. P.: Bueno, la gen­te des­de lue­go ac­tua­ba. Pe­ro de ni­ño me sen­tía atraí­do por las his­to­rias, por aque­llas que iban más allá de lo que vi­vía y sa­bía, y que apor­ta­ban di­fe­ren­tes pun­tos de vis­ta. Y me en­con­tré es­te ti­po de his­to­rias en las pe­lí­cu­las, es­pe­cial­men­te. Me en­con­tré cul­tu­ras y vi­das muy dis­tin­tas a las mías. Creo que eso fue lo que más me em­pu­jó ha­cia el ci­ne. No sa­bía có­mo ar­ti­cu­lar his­to­rias, y des­de lue­go no soy un buen ora­dor que se pue­da sen­tar a con­tar­las, pe­ro sí po­día pro­mo­ver­las a tra­vés de las pe­lí­cu­las. Re­cuer­do ir a con­cier­tos, aun­que nos de­cían que los con­cier­tos de rock eran po­co me­nos que el de­mo­nio. Pe­ro nues­tros pa­dres nos per­mi­tían ir y me di cuenta de que la sen­sa­ción de en­sue­ño, exu­be­ran­cia y ale­gría –in­clu­so de agre­sión– que se sen­tía en ellos era si­mi­lar a la de los en­cuen­tros re­li­gio­sos. Uno era Jimmy Swag­gart y otro era Jerry Lee Le­wis, ¿sa­bes? Uno es Dios y el otro es el Dia­blo, pe­ro es la mis­ma co­sa. Me sen­tí ma­ni­pu­la­do. Una co­sa me que­dó cla­ra: "No sa­béis de qué es­táis ha­blan­do". GQ: ¿Y eso no te de­jó jo­di­da­men­te to­ca­do? B. P.: No, no me jo­dió. Só­lo me lle­vó a ha­cer­me cier­tas pre­gun­tas a una edad muy tem­pra­na. GQ: Los me­jo­res ac­to­res tien­den a des­apa­re­cer en sus pa­pe­les, pe­ro, te­nien­do en cuenta lo mu­cho que el mun­do co­no­ce de ti, ¿no te re­sul­ta es­pe­cial­men­te di­fí­cil des­apa­re­cer ac­tual­men­te? B. P: Es­toy de­ma­sia­do uni­do a es­ta fa­cha­da. GQ: Aun­que lue­go en Má­qui­na de gue­rra te apro­pias de los ges­tos que ca­rac­te­ri­zan al per­so­na­je de Glen Mc­mahon. Co­mo su ma­ne­ra de co­rrer, que es muy gra­cio­sa. B. P.: La ma­ne­ra de co­rrer era im­por­tan­te pa­ra mí por­que trans­mi­te sus de­li­rios de gran­de­za. El no sa­ber có­mo real­men­te te per­ci­ben, la des­co­ne­xión en­tre la reali­dad y esa fa­cha­da de gran­de­za. GQ: Su otra ca­rac­te­rís­ti­ca dis­tin­ti­va es su voz. ¿De dón­de sa­lió? B. P.: Es un po­co cli­ché, pe­ro me di­ver­tí mu­cho con ella. Pu­se al­go de Pat­ton, pe­ro no me po­día sa­car de la ca­be­za a Ster­ling Hay­den. Es­toy com­ple­ta­men­te fas­ci­na­do con Ster­ling Hay­den y no lo pue­do es­con­der. Hay un po­co tam­bién de Ch­ris Far­ley en su ama­ne­ra­mien­to. Y tam­bién de Kie­fer Sut­her­land en Mons­truos con­tra alie­ní­ge­nas, cuan­do po­ne esa voz de di­bu­jos ani­ma­dos. GQ: ¿Has te­ni­do al­gu­na vez la ne­ce­si­dad de mos­trar más tu ver­tien­te po­lí­ti­ca? B. P.: Sien­to que pue­do ayu­dar de otras ma­ne­ras, co­mo es­tre­nan­do pe­lí­cu­las que con­ten­gan cier­tos men­sa­jes. Me ten­go que sen­tir con­mo­vi­do por al­go, no pue­do si­mu­lar­lo. Y tam­bién cre­cí con esa des­con­fian­za ha­cia los po­lí­ti­cos pro­pia de mi re­gión, así que sien­to que ha­go me­jor cons­tru­yen­do una ca­sa pa­ra al­guien en Nue­va Or­leans o es­tre­nan­do pe­lí­cu­las que en otras cir­cuns­tan­cias no se ha­rían. GQ: Se te da bien in­ter­pre­tar a ese ti­po de per­so­na­je, el que no tie­ne una vi­sión muy pre­ci­sa de sí mis­mo. B. P.: Me ha­ce reír. To­das mis de­bi­li­da­des na­cen de mi arro­gan­cia. Siem­pre, siem­pre. Soy co­no­ci­do por pi­sar char­cos re­ple­tos de mier­da –al me­nos a mí me pa­re­ce épi­co–. Sue­lo aca­bar con un pie ma­lo­lien­te en mi bo­ca. Sue­lo de­cir lo me­nos in­di­ca­do, en el mo­men­to y lu­gar me­nos in­di­ca­dos. En mi pro­pio uni­ver­so, me pa­re­ce muy gra­cio­so. No ten­go esa cua­li­dad. Pre­fie­ro ex­pre­sar­me a tra­vés de al­gu­na otra for­ma ar­tís­ti­ca. Es­toy in­ten­tan­do me­jo­rar. Va en se­rio. Es­toy in­ten­tan­do me­jo­rar de ver­dad. GQ: Y la pe­lí­cu­la tam­bién tra­ta so­bre ello, ¿ver­dad?

So­bre la arro­gan­cia es­ta­dou­ni­den­se. B. P.: Cuan­do me me­to en pro­ble­mas, es por mi arro­gan­cia. Cuan­do EE UU se me­te en pro­ble­mas, es por nues­tra arro­gan­cia. Cree­mos que sa­be­mos qué es lo me­jor, y es­ta idea del ex­cep­cio­na­lis­mo es­ta­dou­ni­den­se… Con­si­de­ro que so­mos ex­cep­cio­na­les en mu­chos as­pec­tos, pe­ro no po­de­mos for­zar a otros a acep­tar nues­tras ideas. No de­be­mos pen­sar que po­de­mos. ¿Có­mo de­be­ría­mos mos­trar el ex­cep­cio­na­lis­mo es­ta­dou­ni­den­se? Dan­do ejem­plo. Es exac­ta­men­te igual que ser un buen pa­dre. Dan­do ejem­plo de nues­tros prin­ci­pios y creen­cias, de la li­ber­tad y el po­der ele­gir, y no ce­rran­do nues­tras fron­te­ras y vol­vién­do­nos pro­tec­cio­nis­tas. Pe­ro es­to ya es otro asun­to. ¿Quie­res que te cuen­te al­go real­men­te tris­te? Es­to me pa­re­ció muy tris­te. Es­tá­ba­mos con­tem­plan­do có­mo pro­mo­cio­nar una pe­lí­cu­la de gue­rra. Los pós­ters eu­ro­peos te­nían la ban­de­ra es­ta­dou­ni­den­se de fon­do y el de­par­ta­men­to de marketing los en­vió de vuel­ta: "Qui­ten la ban­de­ra. Es­to no ven­de bien aquí". Y pen­sé: va­ya, es­to es lo que ha pa­sa­do con Nor­tea­mé­ri­ca. Es­to es lo que le he­mos he­cho a nues­tra ima­gen de mar­ca. GQ: Has in­ter­pre­ta­do a mu­chos per­so­na­jes que su­fren. ¿Qué es el do­lor? B. P.: Sí, ya he de­ja­do de in­ter­pre­tar a ese ti­po de per­so­na­jes. Era co­mo ha­cer tu­ris­mo de su­fri­mien­to. Era tam­bién una ma­ne­ra de evi­tar­lo. No he vis­to a na­die reír tan­to co­mo a una ma­dre afri­ca­na que ha­bía per­di­do a nue­ve fa­mi­lia­res. ¿Qué quie­re de­cir eso? Por pri­me­ra vez, es­toy en­ten­dien­do el rythm and blues. Es un ti­po de mú­si­ca que tie­ne su ori­gen en el su­fri­mien­to, pe­ro es una ce­le­bra­ción. Pa­ra mí, sig­ni­fi­ca abra­zar lo que te que­da. Es co­mo esa mu­jer afri­ca­na que es ca­paz de reír­se más al­to de lo que yo nun­ca he si­do ca­paz. GQ: ¿Cuán­do tu­vis­te esa re­ve­la­ción? ¿Qué has es­ta­do es­cu­chan­do? B. P.: He es­ta­do es­cu­chan­do mu­cho a Frank Ocean. Creo que ese chi­co es muy es­pe­cial. Cuan­do ha­bla­mos de des­nu­dar la ver­dad, él pue­de ser bru­tal­men­te ho­nes­to. Es muy, muy es­pe­cial. No tie­ne una can­ción ma­la. Y tam­bién he es­ta­do es­cu­chan­do, lo que pue­de re­sul­tar iró­ni­co, el He­re, My Dear de Marvin Ga­ye [el gran ál­bum de Ga­ye so­bre el di­vor­cio]. Y eso me ha mar­ca­do el ca­mino. GQ: Es muy in­ten­so. B. P.: Pe­ro tam­bién bo­ni­to y muy ho­nes­to… Aca­bo de em­pe­zar a ir a te­ra­pia. Me en­can­ta, me en­can­ta. He te­ni­do que ir a dos te­ra­peu­tas dis­tin­tos an­tes de en­con­trar al ade­cua­do. GQ: ¿Con­si­de­ras que si es­tos úl­ti­mos seis me­ses no hu­bie­ran te­ni­do lu­gar es­ta­rías así? ¿Es­ta­rías atra­ve­san­do por lo mis­mo? B. P.: Al fi­nal to­do es­to hu­bie­ra aca­ba­do lla­man­do a mi puer­ta de to­das for­mas. GQ: La gen­te lo sue­le lla­mar la cri­sis de la me­dia­na edad, pe­ro es­to pa­re­ce al­go dis­tin­to… B. P.: No, es­to no es eso. In­ter­pre­to la cri­sis de la me­dia­na edad co­mo un mie­do a ha­cer­se vie­jo y mo­rir, lo que te ha­ce com­prar un Lam­borg­hi­ni. [Ha­ce una pau­sa]. Bueno, la ver­dad es que úl­ti­ma­men­te ca­da vez me pa­re­cen más chu­los esos co­ches [se ríe]. GQ: ¡Veo Lam­borg­hi­nis en tu fu­tu­ro! B. P.: Ya ten­go un Ford GT [más ri­sas]. Re­cuer­do al­gu­nos mo­men­tos en mi vi­da en los que me can­sé de mí mis­mo.

Y és­te es uno de ellos. Es­te ti­po de mo­men­tos siem­pre ha ge­ne­ra­do gran­des cam­bios y me sien­to agra­de­ci­do por ello. No pue­do acor­dar­me de un so­lo día des­de que aca­bé la uni­ver­si­dad en el que no ha­ya be­bi­do, no me ha­ya fu­ma­do un po­rro o al­go así. Al­go así. Te das cuenta de que tie­ne mu­cho que ver con bus­car dis­trac­cio­nes y huir de tus sen­ti­mien­tos. Me sien­to muy, muy fe­liz de ha­ber aca­ba­do con esa eta­pa. Ya lo de­jé, to­do me­nos el al­cohol, cuan­do em­pe­cé una fa­mi­lia. Pe­ro en el úl­ti­mo año es­ta­ba be­bien­do de­ma­sia­do y se con­vir­tió en un pro­ble­ma. Es­toy en­can­ta­do de ha­ber pa­sa­do ya me­dio año sin be­ber, aun­que sea tam­bién agri­dul­ce, pe­ro ten­go los sen­ti­mien­tos a flor de piel otra vez. Creo que eso es par­te del desafío de to­do ser hu­mano: o los nie­gas to­da tu vi­da o te en­fren­tas a ellos y evo­lu­cio­nas. GQ: ¿Fue di­fí­cil de­jar de fu­mar po­rros? B. P.: No. En mis años de po­rre­ta que­ría fu­mar­me uno con Jack [Nicholson] y Snoop [Dogg] y Wi­llie [Nel­son]. Ya sa­bes, cuan­do eres un po­rre­ta se te ocu­rren to­da cla­se de ideas es­tú­pi­das. No quie­ro acu­sar a los otros, pe­ro aún no he lle­ga­do a Wi­llie. GQ: Es­toy se­gu­ro de que es­tá en un au­to­bús en al­gu­na par­te es­pe­rán­do­te. ¿Echas de me­nos el al­cohol? B. P.: Bueno, te­ne­mos una bo­de­ga de vi­nos. Me gus­ta mu­chí­si­mo el vino, pe­ro aca­ba­ba con las bo­te­llas y he te­ni­do que de­jar­lo. Real­men­te po­día tum­bar a un ru­so be­bien­do de su pro­pio vod­ka. Era un pro­fe­sio­nal. Era bueno. GQ: ¿Y có­mo lo has de­ja­do? B. P.: No que­ría se­guir vi­vien­do así. GQ: ¿Con qué lo has re­em­pla­za­do? B. P.: Con zu­mo de arán­da­nos y agua con gas. Ten­go el trac­to uri­na­rio más lim­pio de to­do Los Ángeles, te lo ga­ran­ti­zo. Lo te­rri­ble es que tien­do a ago­tar y ex­pri­mir las co­sas has­ta la ex­te­nua­ción. GQ: ¿Con­si­de­ras que es una pau­ta? B. P.: Lo ha­go con to­do, sí. Ago­to al­go y lue­go pa­so a otra co­sa. Siem­pre he he­cho to­do por tem­po­ra­das, com­par­ti­men­tan­do las co­sas. Tem­po­ra­das o se­mes­tres o… GQ: ¿De ver­dad? Así que es­ta es la tem­po­ra­da de la be­bi­da de… B. P.: [Ri­sas] Sí, es tan es­tú­pi­do co­mo eso. "Es­ta es mi tem­po­ra­da de Sid y Nancy". Re­cuer­do que esa tu­vo lu­gar cuan­do lle­gué por pri­me­ra vez a Los Ángeles. Le pu­se el tí­tu­lo des­pués. GQ: Lue­go de re­pen­te te fre­nas, pe­ro, pen­san­do co­mo si fue­ras una ca­sa, ¿có­mo ha­ces pa­ra re­no­var­te? B. P.: Em­pie­zas qui­tan­do to­da la de­co­ra­ción, creo. Te que­das só­lo con la es­truc­tu­ra. Va­ya, aho­ra es­ta­mos ha­blan­do en me­tá­fo­ras… [ri­sas].

GQ: Las me­tá­fo­ras son mi vi­da. B. P.: Te que­das só­lo con los ci­mien­tos y qui­tas to­do el ce­men­to de al­re­de­dor. No sé. Pa­ra mí es­te pe­rio­do ha si­do pa­ra des­cu­brir mis de­bi­li­da­des y fa­llos y ha­cer­me res­pon­sa­ble de ellos. Soy un gi­li­po­llas res­pec­to a mi ne­ce­si­dad de jus­ti­cia. No sé de dón­de vie­ne es­ta ne­ce­si­dad va­cía de jus­ti­cia. Pue­do ahon­dar so­bre ello du­ran­te días y años. No me ha he­cho nin­gún bien. Es una idea es­tú­pi­da pen­sar que el mun­do es jus­to. Es­to vie­ne de un hom­bre al que le ha to­ca­do la lo­te­ría y to­da­vía pier­de el tiem­po per­si­guien­do co­sas va­cías. GQ: Es una con­se­cuen­cia de de­jar de es­tar anes­te­sia­do. Tie­nes que con­tem­plar to­do lo que te im­por­ta. B. P: Eso es. Te­ner es­tos sen­ti­mien­tos ho­rri­bles y te­ner que en­ten­der­los y po­ner­los en su lu­gar. Al fi­nal des­cu­bres que tú eres aque­llo que des­pre­cias. Es par­te de mí, no lo pue­do ne­gar y lo ten­go que acep­tar. De he­cho, lo ten­go que abra­zar, por­que si lo nie­go, me es­toy ne­gan­do a mí mis­mo. Yo soy to­dos esos erro­res. Pa­ra mí ca­da pa­so en fal­so ha si­do un pa­so ha­cia una epifanía, ha­cia el en­ten­di­mien­to, ha­cia al­gún ti­po de fe­li­ci­dad. Sí, evi­tar el do­lor es un error. Lo echas en fal­ta en la vi­da. Es el ti­po de co­sas que nos for­man, que nos ha­cen cre­cer, que ha­cen del mun­do un lu­gar me­jor, aun­que pa­rez­ca una iro­nía. Nos ha­ce me­jo­res. GQ: ¿Exis­ti­ría el ar­te sin do­lor? ¿Exis­ti­ría to­do es­ta in­men­sa be­lle­za que nos ro­dea? B. P: Sí, es­ta in­men­sa be­lle­za. Y, por cier­to, no hay amor sin do­lor, van los dos en el mis­mo pa­que­te. GQ: ¿Pue­des des­cri­bir dón­de has es­ta­do vi­vien­do? ¿Has es­ta­do en es­ta ca­sa des­de el sep­tiem­bre pa­sa­do? B. P: Me da­ba de­ma­sia­da tris­te­za es­tar aquí al prin­ci­pio, así que me que­dé con un ami­go en un pe­que­ño bun­ga­ló en San­ta Mó­ni­ca. Me que­de allí un tiem­po y mi ami­go [Da­vid] Fin­cher vi­ve jus­to ahí. Siem­pre tie­ne la puer­ta abier­ta pa­ra mí y te­nía que ha­cer un mon­tón de co­sas en el Wes­tsi­de, así que me que­dé un mes y me­dio, has­ta que una ma­ña­na apa­re­ció una fur­go­ne­ta de vi­gi­lan­cia a las 5:30 de la ma­dru­ga­da. No

sa­bían que yo es­ta­ba de­trás de la pa­red, pe­ro se de­tu­vie­ron de­lan­te y es una historia muy lar­ga, pe­ro eran al­go dis­tin­to a TMZ [una co­no­ci­da web de co­ti­lleo], por­que en­tra­ron en el or­de­na­dor de mi ami­go. Las co­sas que pue­den ha­cer hoy en día… Así que me vol­ví un po­co pa­ra­noi­co y de­ci­dí que te­nía que vol­ver aquí. GQ: ¿Có­mo ha cam­bia­do tu día a día aho­ra?

B. P: En es­ta ca­sa siem­pre ha­bía caos y locura, vo­ces y gol­pes por to­das par­tes y aho­ra, co­mo ves, los días son así: muy… muy so­lem­nes. No sé. Creo que to­do el mun­do tie­ne una ve­na crea­ti­va. Si no es­toy crean­do al­go o ha­cien­do al­go, vie­nen a mi men­te es­ce­nas so­bre la muer­te. Ya sa­bes, un fi­nal ho­rri­ble. Así que es­toy yen­do al ta­ller de es­cul­tu­ra de un ami­go, don­de pa­so mu­cho tiem­po. Mi ami­go [Tho­mas Hou­sea­go] es un es­cul­tor se­rio. Ha si­do muy bueno con­mi­go. He pa­sa­do li­te­ral­men­te ya un mes ahí. Me es­toy apro­ve­chan­do de su san­ti­dad. GQ: ¿Es­tás crean­do co­sas en­ton­ces? B. P: Sí, es­toy crean­do co­sas. Era al­go que que­ría ha­cer des­de ha­ce diez años. GQ: ¿Co­mo qué? ¿En qué es­tás tra­ba­jan­do? B. P: Ha­go de to­do. Es­toy tra­ba­jan­do con ba­rro, es­ca­yo­la, me­tal, ma­de­ra… Es­toy apren­dien­do so­bre ma­te­ria­les y me sor­pren­do a mí mis­mo. Pe­ro es una ocu­pa­ción muy, muy so­li­ta­ria. Con­lle­va mu­cho tra­ba­jo ma­nual, lo que es al­go bueno pa­ra mí aho­ra. Hay que car­gar mu­cho ba­rro, cor­tar, mo­ver y lue­go lim­piar to­do. Pe­ro me sor­pren­do a mí mis­mo. Ayer es­ta­ba in­quie­to. Te­nía

"PA­RA MÍ, CA­DA PA­SO EN FAL­SO HA SI­DO CO­MO UN PA­SO MÁS HA­CIA UNA EPIFANÍA, HA­CIA EL EN­TEN­DI­MIEN­TO, HA­CIA AL­GÚN TI­PO DE FE­LI­CI­DAD. AHO­RA LO SÉ, EVI­TAR EL DO­LOR ES UN ERROR"

mu­chos pen­sa­mien­tos caó­ti­cos e in­ten­ta­ba en­con­trar un sen­ti­do al mo­men­to en el que me en­cuen­tro. Por tan­to lo que crea­ba ca­re­cía de con­trol, equi­li­brio o an­he­lo de per­fec­ción. Y sa­lió caó­ti­co. Me ex­pre­so a tra­vés de lo que creo, en lu­gar de dar un dis­cur­so. En­cuen­tro una voz, que es al­go que ne­ce­si­to. GQ: ¿Uti­li­zas las co­sas ne­ga­ti­vas pa­ra con­tar una historia? B. P: Lla­man a mi puer­ta cons­tan­te­men­te. Ten­go 53 años y es­toy em­pe­zan­do a afron­tar­lo. Son co­sas con las que creía que es­ta­ba li­dian­do bien. Re­cuer­do un pen­sa­mien­to que me vino a la ca­be­za ha­ce año o año y me­dio. Al­guien es­ta­ba atra­ve­san­do por un es­cán­da­lo y pen­sé: "Gra­cias a Dios a mí no me va a to­car vi­vir uno de esos nun­ca más". Vi­vo mi vi­da, ten­go mi fa­mi­lia, ha­go mi tra­ba­jo, no ha­go na­da ile­gal y no me cru­zo en el ca­mino de na­die. ¿Có­mo es esa ci­ta de Da­vid Fos­ter Wa­lla­ce? "La ver­dad te ha­rá li­bre, pe­ro no has­ta que ha­ya aca­ba­do con­ti­go". GQ: ¿Lo de es­cul­pir tie­ne que ver con el mi­to de Sí­si­fo? ¿Em­pu­jar una ro­ca pa­ra bo­rrar to­dos los pen­sa­mien­tos? [Jac­ques in­te­rrum­pe la con­ver­sa­ción pi­dien­do mi­mos]... B. P.: Sé que has es­ta­do so­lo. Sé que has es­ta­do so­lo… Opino lo con­tra­rio. Cuan­do tie­nes una ta­rea por de­lan­te, tie­nes que pre­pa­rar to­do la no­che an­tes y lle­var el or­den al caos pa­ra el día si­guien­te. Es una gran opor­tu­ni­dad pa­ra la in­tros­pec­ción. Tam­bién tie­nes que te­ner cui­da­do pa­ra no de­jar­te lle­var y ais­lar­te. Se me da muy bien ais­lar­me y ha si­do un pro­ble­ma. Ne­ce­si­to es­tar más ac­ce­si­ble, es­pe­cial­men­te pa­ra las per­so­nas que quie­ro. GQ: Cuan­do te aís­las en la os­cu­ri­dad, ¿des­co­nec­tas? B. P.: No sé có­mo res­pon­der a eso. Des­de lue­go, me blin­do. Me blin­do, me blin­do y me blin­do. Me pon­go una más­ca­ra, es­ca­po. Pe­ro aho­ra pien­so: só­lo soy yo. GQ: Ha­bla­bas an­tes del per­so­na­je de Glen en Má­qui­na de gue­rra y de la idea de la fal­sa ilu­sión, de co­mo te­ne­mos que crear nues­tras pro­pias mi­to­lo­gías, nues­tras pro­pias his­to­rias pa­ra ex­pli­car aque­llo de lo que no es­ta­mos or­gu­llo­sos. B. P.: Lue­go pa­ga­mos el pre­cio. GQ: ¿Có­mo ha­ces pa­ra no en­ga­ñar­te a ti mis­mo? Me preo­cu­pa es­to… B. P.: No tie­nes por qué preo­cu­par­te [ri­sas]. El au­to­en­ga­ño nun­ca te va a de­jar ir. Te vas a lle­var un tor­ta­zo en la ca­ra. Los hu­ma­nos cons­trui­mos tram­pas en la men­te pa­ra huir de to­do. So­mos de­ma­sia­do lis­tos pa­ra nues­tro bien. GQ: Va­le, pe­ro si exis­tie­sen dia­po­si­ti­vas so­bre to­dos los peo­res mo­men­tos de tu vi­da no que­rrías que na­die las vie­ra. La ma­ne­ra en la que has vi­vi­do tú du­ran­te años ha he­cho que esas imá­ge­nes sean de dominio pú­bli­co. B. P: Pe­ro muy po­co se co­rres­pon­de con la reali­dad y yo ha­go to­do lo que pue­do por no ha­cer­le ca­so. Sim­ple­men­te lo de­jo ir. Siem­pre me con­cen­tro en el lar­go pla­zo. Es­pe­ro que ahí fue­ra mis in­ten­cio­nes y mi tra­ba­jo ha­blen por sí mis­mos. Pe­ro sí, al mis­mo tiem­po es una ré­mo­ra que sal­gan cier­tas co­sas a la luz que han si­do ma­lin­ter­pre­ta­das. Me preo­cu­pa es­pe­cial­men­te por mis hi­jos, que se ven su­je­tos a ello, y por có­mo lo in­ter­pre­tan sus ami­gos. No es al­go que se tra­te con delicadeza o com­pren­sión ya que la me­ta es ven­der. Lo más sen­sa­cio­na­lis­ta ven­de más y eso es a lo que se ve­rán su­je­tos y me due­le. Me preo­cu­pa más en mi si­tua­ción las dia­po­si­ti­vas que se pre­sen­ten de mis hi­jos. Quie­ro ase­gu­rar­me de que sean equi­li­bra­das. GQ: ¿Có­mo le en­cuen­tras un sen­ti­do a lo que ha pa­sa­do en los úl­ti­mos me­ses y si­gues ade­lan­te? B. P.: La fa­mi­lia es lo pri­me­ro. Las per­so­nas en su le­cho de muer­te no ha­blan so­bre los Os­car que han ob­te­ni­do. Ha­blan so­bre sus se­res que­ri­dos o so­bre sus arre­pen­ti­mien­tos. Ese pa­re­ce el me­nú. Lo di­go co­mo al­guien que ha vis­to có­mo su tra­ba­jo lo en­gu­lle to­do. Los ni­ños son muy de­li­ca­dos y lo ab­sor­ben to­do. Ne­ce­si­tan que al­guien les co­ja de la mano y les ex­pli­que las co­sas. Ne­ce­si­tan que les es­cu­chen. Cuan­do me de­jo lle­var por el tra­ba­jo, no es­cu­cho. Quie­ro me­jo­rar es­to. GQ: Cuan­do for­mas una fa­mi­lia, con­si­de­ro que in­ten­tas que sea una com­bi­na­ción de lo me­jor de la que ya has te­ni­do y a la vez dar­les aque­llo que tú no tu­vis­te… B. P.: In­ten­to ex­pli­car­les es­to con la es­pe­ran­za de que lo ab­sor­ban y ad­quie­ra sig­ni­fi­ca­do pa­ra ellos al­gún día. Has­ta en es­te si­tio les im­por­ta una mier­da ese bus­to que hay ahí o aque­lla luz. Les da igual esa in­crus­ta­ción, pe­ro al­gún día les im­por­ta­rá. Es­pe­ro que sí. El mun­do tam­bién es di­fe­ren­te aho­ra mis­mo. Sa­be­mos más y es­ta­mos más cen­tra­dos en la psi­co­lo­gía. Ven­go de un lu­gar don­de es un signo de for­ta­le­za cuan­do te ha­ces da­ño no ha­blar de ello. Sim­ple­men­te se­gui­mos ade­lan­te. Lo ma­lo es que ha­ce­mos lo mis­mo con nues­tras emo­cio­nes. Soy muy len­to en lo que se re­fie­re a ha­cer in­ven­ta­rio de mis emo­cio­nes. Se me da mu­cho me­jor cu­brir­las. Cre­cí con una figura pa­ter­na de ima­gen in­fa­li­ble y po­de­ro­sa, por lo que nun­ca lle­gué a co­no­cer al hom­bre real, con sus du­das y pro­ble­mas. Dar­me cuenta de ello du­ran­te nues­tro di­vor­cio ha si­do co­mo un so­pa­po: ten­go que ser al­go más pa­ra ellos y se lo de­bo de­mos­trar. Has­ta aho­ra no he si­do muy bueno en es­to. GQ: ¿Sa­bes ya cuán­do te co­rres­pon­de te­ner a ti a los ni­ños? B. P.: Sí. Es­ta­mos tra­ba­jan­do en ello aho­ra mis­mo. GQ: Tie­ne que ser mu­cho más du­ro cuan­do ni si­quie­ra sa­bes cuán­do los pue­des te­ner… B. P.: Fue así du­ran­te un tiem­po. Es­tu­ve real­men­te en­ca­de­na­do al sis­te­ma cuan­do se hi­zo aque­lla lla­ma­da a los Ser­vi­cios So­cia­les. Des­pués de to­do aque­llo he­mos es­ta­do in­ten­tan­do arre­glar la si­tua­ción. Am­bos lo es­ta­mos ha­cien­do lo me­jor que sa­be­mos. Es­cu­ché a un abo­ga­do de­cir: "Na­die ga­na en el juz­ga­do, só­lo es una cues­tión de quién sa­le más he­ri­do". Pa­re­ce que eso es cier­to, ya que pa­sas un año cen­tra­do en cons­truir un ca­so pa­ra pro­bar por qué tú es­tás en lo cier­to y la otra par­te no lo es­tá, y la reali­dad es que só­lo es una in­ver­sión pa­ra ge­ne­rar odio. Me nie­go a eso. Afor­tu­na­da­men­te mi

"LOS NI­ÑOS SON MUY DE­LI­CA­DOS Y LO AB­SOR­BEN TO­DO. NE­CE­SI­TAN QUE AL­GUIEN LES CO­JA DE LA MANO Y LES EX­PLI­QUE LAS CO­SAS. NE­CE­SI­TAN QUE LES ES­CU­CHEN"

com­pa­ñe­ra en to­do es­to coin­ci­de. Es muy, muy des­con­cer­tan­te pa­ra los ni­ños que de re­pen­te te arran­quen a tu fa­mi­lia. GQ: Eso es lo que te iba a pre­gun­tar… B. P.: Si le en­con­tra­mos un sen­ti­do a es­to, lo te­ne­mos que ha­cer con delicadeza y ca­ri­ño, cons­tru­yen­do to­do en torno a ello. GQ: ¿Có­mo se lo cuen­tas a los ni­ños?

B. P.: Hay mu­cho que con­tar­les, por­que se tra­ta de com­pren­der el fu­tu­ro, de com­pren­der el mo­men­to ac­tual y de com­pren­der có­mo he­mos lle­ga­do aquí, y eso trae asun­tos del pa­sa­do de los que no ha­bía­mos ha­bla­do. Así que nues­tro fo­co de aten­ción es que to­dos sal­ga­mos de es­to más fuer­tes y me­jo­res. No pue­de ha­ber otro re­sul­ta­do. GQ: Es­to no es siem­pre lo ha­bi­tual. Si hu­bie­rais aca­ba­do en el juz­ga­do, ha­bría si­do una pe­sa­di­lla es­pec­ta­cu­lar. B. P.: Es­pec­ta­cu­lar. Lo veo en to­das par­tes. Esa ani­mo­si­dad y ga­nas de des­truir al otro. Si vas al juz­ga­do sa­len a la luz co­sas co­mo in­fi­de­li­da­des y se con­vier­te en al­go que no tie­ne que ver con lo que real­men­te im­por­ta. Es ho­rri­ble. Una de mis pe­lí­cu­las fa­vo­ri­tas cuan­do se es­tre­nó fue Po­zos de am­bi­ción y no po­día lle­gar a una con­clu­sión pa­ra ex­pli­car por qué me gus­tó tan­to. Sim­ple­men­te me en­can­tó, y no só­lo de­bi­do al in­men­so ta­len­to de Paul Tho­mas An­der­son y Da­niel Day Le­wis. A la ma­ña­na si­guien­te de ver­la me le­van­té y me di cuenta de que la pe­lí­cu­la en­te­ra es­ta­ba de­di­ca­da a un hom­bre y al odio que sien­te. Me pa­re­ció tan au­daz de­di­car un fil­me a es­to… Cuan­do lo veo en la vi­da real me pa­re­ce en­fer­mi­zo. He vis­to que le ha pa­sa­do a ami­gos míos. He vis­to có­mo uno de los es­po­sos rehu­ye com­ple­ta­men­te su res­pon­sa­bi­li­dad y com­pi­te con el otro, que­rien­do des­truir­le. Mal­gas­tan años con ese odio. Yo no quie­ro vi­vir así. GQ: ¿Hay al­go que en las úl­ti­mas se­ma­nas te ha­ya pro­du­ci­do una ale­gría in­men­sa? ¿Sien­tes eso aho­ra mis­mo? B. P.: Es al­go muy es­qui­vo. Es­ta se­ma­na ha si­do más du­ra de lo nor­mal por cier­tas co­sas que han sur­gi­do, pe­ro veo ale­gría cuan­do mi­ro por la ven­ta­na y veo la si­lue­ta de las pal­me­ras o la ex­pre­sión en la ca­ra de al­guno de mis hi­jos, o cuan­do en­cuen­tro al­gún mo­men­to de fe­li­ci­dad cuan­do tra­ba­jo con el ba­rro. Es­tá en to­das par­tes, só­lo hay que en­con­trar­la. Es la risa de la mu­jer afri­ca­na de la que ha­bla­ba an­tes. Pa­ra ha­cer R&B tie­nes que sen­tir pe­na. Eso sal­drá en mi li­bro. GQ: ¿Vas a es­cri­bir un li­bro? B. P.: ¡No! Es­cri­bir es un tra­ba­jo de­ma­sia­do ar­duo pa­ra mí. GQ: Pe­ro, al mis­mo tiem­po, ¿no te preo­cu­pa lo que otros es­cri­ban de ti? B. P.: ¿Qué fue lo que di­jo Chur­chill? La historia se­rá be­ne­vo­len­te con­mi­go. Lo sé por­que yo mis­mo la es­cri­bi­ré. No me preo­cu­pa real­men­te pro­te­ger la na­rra­ti­va. Es ahí cuan­do me vuel­vo al­go pe­si­mis­ta, pen­san­do que to­do se des­va­ne­ce de to­das for­mas. Pe­ro sé que las per­so­nas que me quie­ren, me co­no­cen. Eso bas­ta pa­ra mí. GQ: ¿Re­cuer­das tus sue­ños? B. P.: Sí. Ha­ce unos me­ses te­nía unos sue­ños ate­rra­do­res y, cuan­do me des­per­ta­ba, me pre­gun­ta­ba: ¿Qué pue­do

"ES­TOY JO­DI­DA­MEN­TE EN ME­DIO DE TO­DO Y NO ME QUIE­RO ESCABULLIR. SÓ­LO QUIE­RO PO­NER­ME DE PIE CON LA CA­MI­SA ABIER­TA, EN­CA­JAR LOS GOL­PES Y VER QUÉ PA­SA"

sa­car de es­to? ¿Qué pue­do apren­der? Aque­llo aca­bó. Aho­ra he es­ta­do te­nien­do mo­men­tos de ale­gría, y me des­pier­to y me doy cuenta de que só­lo era un sue­ño y me de­pri­mo por unos ins­tan­tes. Só­lo son mo­men­tos de ale­gría por­que soy cons­cien­te de que aho­ra es­toy en me­dio de to­do es­to, no al prin­ci­pio ni al fi­nal. Ese es el ca­pí­tu­lo don­de es­toy aho­ra. Es­toy jo­di­da­men­te en me­dio de to­do y no me quie­ro escabullir. Só­lo quie­ro po­ner­me de pie con la ca­mi­sa abier­ta, en­ca­jar los gol­pes y ver qué pa­sa. GQ: Ob­via­men­te tam­bién se ex­pe­ri­men­ta una tris­te­za increíble. Es co­mo una muer­te… B. P.: Sí. GQ: Es un pro­ce­so… B. P.: Sí, creo que pa­ra to­do el mun­do. Pa­ra los ni­ños, pa­ra mí, des­de lue­go. GQ: ¿Hay un de­seo de…? B. P.: El pri­mer de­seo es ad­he­rir­se a al­go. GQ: ¿Y lue­go? B. P.: Lue­go vie­ne un cli­ché: "Si amas a al­guien, déjale li­bre". Aho­ra en­tien­do lo que sig­ni­fi­ca, por­que lo he sen­ti­do. Sig­ni­fi­ca amar sin afán de apro­pia­ción. Sig­ni­fi­ca no es­pe­rar na­da a cam­bio. Sue­na bien cuan­do lo ves es­cri­to o cuan­do Sting can­ta so­bre ello, pe­ro no es lo mis­mo has­ta que… GQ: Has­ta que lo vi­ves. B. P.: Has­ta que lo vi­ves. Por eso nun­ca he en­ten­di­do cre­cer en el cris­tia­nis­mo y sus no ha­gas es­to, no ha­gas lo otro. Tra­ta so­bre lo que no de­bes ha­cer y me pre­gun­to có­mo sa­be­mos quié­nes so­mos y lo que fun­cio­na pa­ra no­so­tros si no sa­be­mos dón­de es­tá el lí­mi­te, si no sa­be­mos dón­de es­tá la ra­ya. Tie­nes que tras­pa­sar­la pa­ra sa­ber dón­de es­tá. GQ: Ha­blan­do de fron­te­ras, pa­ra ha­cer es­ta se­sión es­tu­vis­te en tres par­ques na­cio­na­les en una se­ma­na... B. P.: Sí, fue ge­nial. Ryan [Mcginley, el fo­tó­gra­fo] nos hi­zo sal­tar en los pan­ta­nos de los Everglades, co­mo si fué­ra­mos cai­ma­nes. Yo pen­sa­ba, si lo ha­cen en el pro­gra­ma Aven­tu­ra en pe­lo­tas, yo tam­bién pue­do. Pe­ro te­nía­mos a un vie­jo va­que­ro con una va­ra con una aga­rra­de­ra que no me de­cía de­ma­sia­do. Él se dio pri­me­ro un pa­seo y, si a él no se lo co­mie­ron, en teo­ría a mí tam­po­co de­bían mor­der­me. Al me­nos eso era lo que dic­ta­ba la ló­gi­ca, pe­ro me di­jo: "Cuan­do lle­gas a mi edad, nun­ca de­jas pa­sar un ba­ño, nun­ca te fías de un pe­do y nun­ca des­per­di­cias una erec­ción". GQ: Lue­go fuis­teis a Whi­te Sands. B. P.: Nun­ca he vis­to na­da pa­re­ci­do. Las du­nas son es­cul­tu­ra­les, mo­der­nas, sim­ples y vas­tas, y tie­nen for­mas in­creí­bles. Ver­las tan blan­cas y re­fle­jar tan­ta luz… El cie­lo es más os­cu­ro que el sue­lo. Es un si­tio ex­tra­ño y pre­cio­so. GQ: ¿El ter­ce­ro cuál fue? B. P.: Fui­mos a Carlsbad Caverns. Si va­mos a ha­cer una se­sión de fotos, es me­jor ha­cer al­go así, tra­ba­jar con un ar­tis­ta y ver qué es lo que se lo ocu­rre. Siem­pre re­sul­ta más in­tere­san­te. GQ: Des­pués de to­do es­to, ¿te sien­tes al­go cons­tre­ñi­do co­mo ac­tor? B. P.: No, no pien­so ya en mí mis­mo co­mo un ac­tor. Lla­ma muy po­co mi aten­ción. Sien­to las pe­lí­cu­las co­mo una en­tra­da ba­ra­ta, co­mo una ma­ne­ra de lle­gar a esos sen­ti­mien­tos tan du­ros. Ya no fun­cio­nan igual, es­pe­cial­men­te des­pués de ser pa­dre. GQ: En un grá­fi­co cir­cu­lar, ¿cuán­to ocu­pa­ría la ac­tua­ción? B. P.: La ac­tua­ción se­ría una por­ción muy pe­que­ña. GQ: ¿Te ves a ti mis­mo co­mo una per­so­na de éxi­to? B. P.: Me gus­ta­ría só­lo cam­biar mi nom­bre. GQ: ¿Con­ver­tir­te en otra per­so­na?

B. P.: Co­mo P. Diddy. Po­dría ser Puffy aho­ra o, ¿có­mo es? ¿Snoop? ¿Lion? Só­lo sen­tí que Brad era un nom­bre equi­vo­ca­do y aho­ra sien­to que soy el pu­to Brad. GQ: ¿Qué otro nom­bre te hu­bie­ras pues­to?

B. P.: Nin­guno. Cuan­do lle­ga el éxi­to des­de fue­ra, lo que más he dis­fru­ta­do es cuan­do me ha lle­va­do al au­to­des­cu­bri­mien­to, pe­ro cuan­do se vuel­ve re­pe­ti­ti­vo o abu­rri­do, es co­mo la muer­te. GQ: Mien­tras ha­blas, te pa­sas mu­cho el de­do gor­do por el res­to de la mano. Só­lo es una ob­ser­va­ción… B. P.: No sé. Soy una per­so­na tác­til. Me gus­ta to­car las co­sas. GQ: Sí. En el co­le­gio fuis­te vo­ta­do co­mo el chi­co que muy pro­ba­ble­men­te… B. P.: Te aca­ba­rá to­can­do [ri­sas]. No sé, qui­zá ten­ga que ver con el an­he­lo de sen­tir. He pa­sa­do de­ma­sia­do tiem­po evi­tan­do los sen­ti­mien­tos y cons­tru­yen­do es­truc­tu­ras en torno a ellos. Ya no me que­da tiem­po pa­ra eso. GQ: ¿Ac­tuar si­gue sien­do emo­cio­nan­te pa­ra ti? B. P.: Di­ría que en los mo­men­tos có­mi­cos, cuan­do to­mas ries­gos. Pue­do mi­rar a to­dos los hits que he he­cho y mi pe­lí­cu­la fa­vo­ri­ta fue la que me­nos éxi­to tu­vo: El ase­si­na­to de Jes­se Ja­mes por el co­bar­de Ro­bert Ford. Si creo que al­go me­re­ce la pe­na, en­ton­ces se­gui­rá me­re­cien­do la pe­na cuan­do pa­se el tiem­po. Hay mo­men­tos en los que me vuel­vo muy cí­ni­co. Em­pleo mu­cho tiem­po en el di­se­ño y en es­ta locura por la es­cul­tu­ra que me ha da­do y lue­go to­do aca­ba en el ba­rro, y hay días en los que me pre­gun­to por el pro­pó­si­to de to­do. Así que yo tam­bién pa­so por ese ci­clo, ¿sa­bes? ¿Cuál es el pro­pó­si­to? GQ: Esa es una gran pre­gun­ta.

B. P.: Yo sé cuál es el pro­pó­si­to. Es co­mu­ni­car­se, es co­nec­tar. Con­si­de­ro que to­dos so­mos cé­lu­las en un so­lo cuer­po, to­dos so­mos par­te de la mis­ma cons­truc­ción. Aun­que al­gu­nos sea­mos can­ce­rí­ge­nos. El sen­ti­do es ayu­dar­nos los unos a los otros. GQ: ¿Que pla­nes hay en tu agen­da? B. P.: Es­toy an­sio­so por ir al ta­ller de es­cul­tu­ra. Creo que fue Pi­cas­so el que ha­bló del mo­men­to en el que la pin­tu­ra lle­ga al lien­zo y se ha­ce ar­te. Yo aho­ra vi­vo las emo­cio­nes a flor de piel, pe­ro trans­mi­tir esa emo­ción al ba­rro… To­da­vía no he si­do ca­paz si­quie­ra de ras­car la su­per­fi­cie y no sé lo que va a ve­nir. Aho­ra mis­mo sé que los tra­ba­jos ma­nua­les son al­go po­si­ti­vo pa­ra mí, el he­cho de com­pren­der có­mo los ma­te­ria­les se ex­pan­den y tam­bién sus li­mi­ta­cio­nes. Ten­go que em­pe­zar des­de aba­jo, ten­go que ba­rrer mi sue­lo, ten­go que em­pa­que­tar mis co­sas por la no­che, ¿sa­bes? GQ: Pa­re­ce otra me­tá­fo­ra. B. P.: Aho­ra mis­mo de­bo cla­var mis pro­pios cla­vos.

"ES UN CLI­CHÉ: 'SI AMAS A AL­GUIEN, DÉJALE MAR­CHAR'. AHO­RA EN­TIEN­DO LO QUE SIG­NI­FI­CA DE VER­DAD, POR­QUE LO HE SEN­TI­DO. SUE­NA BO­NI­TO, PE­RO NO ES LO MIS­MO HAS­TA QUE NO LO VI­VES"

FO­TO­GRA­FÍAS RYAN MCGINLEY

Tra­je Ca­na­li Ca­mi­sa Pal Zi­le­ri Ga­fas de sol Et­nia

Ca­za­do­ra Ds­qua­red2 Ca­mi­se­ta Mis­so­ni

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