TOUR­BI­LLON

GQ (Spain) - - 2017 -

Es el San­cta San­cto­rum de la relojería, lo sa­gra­do en­tre lo sa­gra­do des­de ha­ce más de una dé­ca­da, cuan­do a to­do el mun­do le dio por imi­tar a Franck Mu­ller –maes­tro de las com­pli­ca­cio­nes re­lo­je­ras– y po­ner uno en su vi­da. Lo cier­to es que el tour­bi­llon es ca­si tan an­ti­guo co­mo la tos. Fue pa­ten­ta­do por Abraham Louis Bre­guet en 1801 y es una de las com­pli­ca­cio­nes más apre­cia­das en al­ta relojería (ojo, es­te tér­mino hay que co­lar­lo de vez en cuan­do en la con­ver­sa­ción). Con­sis­te en un me­ca­nis­mo que ha­ce gi­rar el vo­lan­te y el es­ca­pe del re­loj so­bre su eje –nor­mal­men­te una vez por mi­nu­to– pa­ra com­pen­sar el efec­to ne­ga­ti­vo que pro­du­ce la gra­ve­dad en la mar­cha del vo­lan­te. ¿Có­mo te que­das? Lo re­co­no­ce­rás por­que es una pie­za que se si­túa ha­bi­tual­men­te vi­si­ble ba­jo la es­fe­ra (a las 6 ho­ras) y que gi­ra hip­nó­ti­ca­men­te. ¿Pa­ra qué sir­ve un tour­bi­llon en­ton­ces? Pues ade­más de pa­ra en­ca­re­cer con­si­de­ra­ble­men­te el pre­cio del re­loj, pa­ra que és­te sea ul­tra­pre­ci­so.

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