IVÁN FE­RREI­RO, LA FE­LI­CI­DAD DEL 'PLAY'

GQ (Spain) - - Firmas -

Iván jue­ga co­nec­tan­do un ca­ble ro­jo en una mis­te­rio­sa ca­ji­ta de ma­de­ra. Le da a un bo­tón y sue­na al­go que se pa­re­ce a HAL 9000 con si­nu­si­tis. Bus­ca otra com­bi­na­ción. Sa­ca un ca­ble blan­co. Si tu­vie­ra unas ti­je­ras pa­re­ce­ría el hé­roe de una pe­lí­cu­la so­bre la Gue­rra Fría in­ten­tan­do des­ac­ti­var una bom­ba. Con ojos fi­jos y de­dos cui­da­do­sos, prue­ba dis­tin­tas op­cio­nes. Has­ta que son­ríe: ha con­se­gui­do por fin el so­ni­do que que­ría. "Es­toy co­mo lo­co con la mú­si­ca elec­tró­ni­ca", di­ce. No ha­ce fal­ta más que ver la me­sa de su sa­lón en la que se acu­mu­lan ju­gue­tes de nom­bres su­ge­ren­tes. Pe­que­ños pro­di­gios con te­clas co­lor abe­dul con los que se di­vier­te du­ran­te ho­ras.

No es ex­tra­ño que a Iván Fe­rrei­ro, mú­si­co de le­tras ro­tas y voz di­rec­ta, le fas­ci­ne ese uni­ver­so de es­ca­las ul­tra­mo-

der­nas: a él siem­pre le chi­fla­ron la tec­no­lo­gía, el cos­mos, la cien­cia fic­ción, los bo­to­nes y las pan­ta­llas. Su ca­sa es su na­ve no­dri­za, su Dis­co­very par­ti­cu­lar gra­vi­tan­do en las mon­ta­ñas de Pon­te­ve­dra. Un pós­ter de 2001 re­ci­be al vi­si­tan­te. Fren­te a los ven­ta­na­les, un te­les­co­pio; y, al otro la­do, la su­per­no­va ver­de del pai­sa­je. "Aquí ten­go co­lor". Tie­ne co­lor y to­do lo que ne­ce­si­ta: su es­tu­dio, sus gui­ta­rras, su piano, sus in­creí­bles ju­gue­tes mu­si­ca­les, sus li­bros y sus bi­be­lots de La gue­rra de las ga­la­xias. Ah, y una ga­ta ra­ya­da que se acer­ca cu­rio­sa cuan­do se po­ne a to­car.

Di­cen que na­die co­mo él ha­ce can­cio­nes de desamor, de tris­te­za, de nu­bes y tor­men­tas; pe­ro Iván es luminoso, un ful­gor per­ma­nen­te. Res­plan­de­ce más allá de los rin­co­nes te­ne­bro­sos del día a día. Ha apren­di­do que la vi­da tie­ne blan­cos y tie­ne abis­mos ne­grí­si­mos. Por­que ha co­no­ci­do el reino de las som­bras y sa­be de los bo­ca­dos de la os­cu­ri­dad. "Mis can­cio­nes no van lle­nas de luz por­que no hay luz to­do el ra­to. La fe­li­ci­dad vie­ne por un con­tras­te. Es un con­tras­te con to­do lo de­más. De to­das for­mas, yo creo que lle­vo tiem­po ha­cien­do can­cio­nes más ale­gres". Ale­gría es una pa­la­bra que se me­re­ce. Le va.

Iván ha­bla de pa­la­bras con un fer­vor witt­gens­te­niano. De có­mo el len­gua­je nos cons­tru­ye. De por qué los in­gle­ses son tan bue­nos con la mú­si­ca: por­que en lu­gar de to­car di­cen play. Eso es lo que él ha­ce con sus ca­cha­rri­tos elec­tró­ni­cos: ju­gar. Ex­pli­ca có­mo fun­cio­nan con la ale­gría de un ni­ño. Re­pi­te sus nom­bres co­mo el pe­que­ño que ima­gi­na la car­ta a los Re­yes Ma­gos. Re­cuer­da que cuan­do te­nía nue­ve años su ma­yor in­fierno era que le hi­cie­ran apren­der a to­car la gui­ta­rra. Le de­cían que le do­le­rían los de­dos. Que ne­ce­si­ta­ría ho­ras pa­ra arran­car una no­ta. Aho­ra sa­be que sus ar­te­fac­tos de te­cli­tas y so­ni­dos trans­gé­ni­cos son per­fec­tos pa­ra que un cha­val co­mien­ce a amar la mú­si­ca. Por­que la ma­gia sur­ge in­me­dia­ta. Por­que no hay que des­pe­lle­jar­se las ye­mas pa­ra que em­pie­ce la di­ver­sión. "Pa­ra un ni­ño no exis­te el futuro. Ésa es la di­fe­ren­cia con un adul­to". Aun­que Iván pa­re­ce un crío cuan­do se en­re­da con los bo­to­nes y des­apa­re­ce el tiem­po du­ran­te las cin­co ho­ras que pa­sa en­vuel­to en los so­ni­dos que se esfuman sin que se in­mis­cu­ya el tic­tac del re­loj.

Que­da al­go de chi­qui­llo en es­te hom­bre. Só­lo que por el ca­mino ha apren­di­do de to­do. A es­tar en paz. A no juz­gar. A de­jar­se caer cuan­do hay que de­jar­se caer. A dis­fru­tar, tam­bién; y dis­fru­ta co­mo na­die cuan­do sa­le a un es­ce­na­rio. Iván Fe­rrei­ro tie­ne fe en la mú­si­ca. "Hay gen­te que no se da cuen­ta de que la cul­tu­ra mo­la y pue­de sal­var­te el cu­lo; y no es por una cues­tión de pres­ti­gio so­cial: es una cues­tión per­so­nal". Iván es­tá em­pe­ña­do en en­se­ñar­le mú­si­ca a los ado­les­cen­tes, pe­ro des­de el co­ra­zón. "Só­lo tie­nen que sa­ber que cuan­do es­tén ago­bia­dos se pue­den po­ner un dis­co, por­que siem­pre hay un dis­co que es pa­ra ellos", ase­gu­ra.

Sus can­cio­nes han sal­va­do a mu­chos. A mu­chos que las han gri­ta­do y las han llo­ra­do y las han reí­do y las han so­ña­do. Exac­ta­men­te igual que las ha gri­ta­do él y las ha llo­ra­do y las ha reí­do y las ha so­ña­do y las se­gui­rá so­ñan­do en esa ca­sa su­ya que le da nom­bre a un dis­co. La ca­sa don­de ca­da día si­gue dán­do­le al play de la fe­li­ci­dad.

"Na­die co­mo él ha­ce can­cio­nes de desamor y de tris­te­za, pe­ro Iván Fe­rrei­ro es luminoso, un ful­gor per­ma­nen­te"

Cuan­do las gi­ras le dan un res­pi­ro, Iván Fe­rrei­ro ado­ra tras­tear con sus ju­gue­tes mu­si­ca­les en su ca­sa de la cos­ta de Pon­te­ve­dra.

PE­RIO­DIS­TA por Mar­ta Fer­nán­dez se­ño­res pri­mer0

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