Bri­git­te Bar­dot

ENST TROPEZ Y DIOS CREÓ ALA MU­JER ... EN UNA ES­QUI­NA DE LA COS­TA AZUL

GQ (Spain) - - Firmas -

ten­só el sta­tu quo de la mo­ra­li­dad eu­ro­pea y desafió la de­fi­ni­ción de la be­lle­za hu­ma­na. Bri­git­te Bar­dot (BB) lle­gó a la gran pan­ta­lla en un mo­men­to en el que la cán­di­da exu­be­ran­cia de Ma­rilyn Mon­roe pa­re­cía ser la úl­ti­ma fron­te­ra de la per­fec­ción. Si la es­ta­dou­ni­den­se se com­por­ta­ba co­mo una de esas fal­sí­si­mas ca­ma­re­ras de los di­ners ame­ri­ca­nos, esas que an­tes de pre­gun­tar­te qué vas a to­mar te di­cen có­mo se lla­man y el tiem­po que va a ha­cer ma­ña­na, la fran­ce­sa nun­ca se es­for­zó en agra­dar a na­die. De­rro­cha­ba una ener­gía que, le­jos de per­sua­dir, do­ble­ga­ba. ¿Su mu­ni­ción? Una me­le­na fau­vis­ta y unos ojos en­mar­ca­dos en tra­zos aza­ba­che. Un buen día de­ci­dió de­to­nar una car­ga ató­mi­ca so­bre Saint-tropez y el má­gi­co en­cla­ve de la Cos­ta Azul pa­só a for­mar par­te de sus do­mi­nios. La ra­dia­ción, de­vas­ta­do­ra, to­da­vía si­gue pre­sen­te en sus pla­yas.

Co­rría el año 1956 y la nue­va Ma­rian­ne fran­ce­sa res­pon­día al nom­bre de Bri­git­te Bar­dot (Pa­rís, 1934), la fi­gu­ra ale­gó­ri­ca que per­so­ni­fi­ca­ba los va­lo­res de la re­pú­bli­ca. Con só­lo 22 años y 15 fil­mes a sus es­pal­das, el país ve­cino asis­tió a la for­ja y po­pu­la­ri­za­ción de un sím­bo­lo na­cio­nal cu­yo ideó­lo­go no fue otro que el di­rec­tor Ro­ger Va­dim, a la sa­zón ma­ri­do de nues­tra pro­ta­go­nis­ta. Es­cri­bió pa­ra ella la pe­lí­cu­la Y Dios creó a la mu­jer, una pro­duc­ción con­ce­bi­da con el úni­co fin de ur­dir un mi­to se­xual. En aque­lla cin­ta, Saint-tropez se con­ver­tía en el es­ce­na­rio de un en­re­do amo­ro­so que hoy ha­bría si­do ta­cha­do de in­ge­nuo, pe­ro en ese mo­men­to las in­si­nua­cio­nes de la ac­triz y la ab­so­lu­ta li­ber­tad de su personaje a la ho­ra de re­la­cio­nar­se con los hom­bres desata­ron el es­cán­da­lo y el ce­lo de los cen­so­res. El Va­ti­cano, pun­tual a su ci­ta con la mo­der­ni­dad, la nom­bró "la en­car­na­ción mis­ma del pe­ca­do". Inú­til. El mun­do pe­día más.

'LA MADRAGUE'

A par­tir de ese mo­men­to la vi­da de BB que­da­ría li­ga­da pa­ra siem­pre a Saint-tropez, don­de in­clu­so lle­gó a ad­qui­rir una vi­lla: La Madrague. En­tre 1956 y 1973, año en que se re­ti­ró del ci­ne, la in­tér­pre­te parisina pa­só to­dos y ca­da uno de los ve­ra­nos de su ce­le­bri­dad en aquel rin­cón con vis­tas al Me­di­te­rrá­neo. Mien­tras Eu­ro­pa y Go­dard se ren­dían a sus pies, ro­dó ca­si me­dio cen­te­nar de pe­lí­cu­las, gra­bó una vein­te­na de ál­bu­mes y se di­vor­ció tres ve­ces. "Bar­dot si­gue sus ins­tin­tos. Come cuan­do tie­ne ham­bre y ha­ce el amor cuan­do le ape­te­ce. De­seo y pla­cer son pa­ra ella una cer­te­za ma­yor que las re­glas y los con­ven­cio­na­lis­mos. No cri­ti­ca a na­die. Ha­ce lo que le da la gana y por eso es tan tur­ba­do­ra". Así la de­fi­nió Si­mo­ne de Beau­voir, quien ala­bó su ac­ti­dud pro­vo­ca­do­ra y lle­gó a con­si­de­rar­la un icono fe­mi­nis­ta.

En la dé­ca­da de los 60, el puer­to de Saint-tropez y los jar­di­nes de La Madrague fue­ron tes­ti­gos de sus pa­seos con el ac­tor Jac­ques Cha­rrier, su se­gun­do ma­ri­do y pa­dre de su úni­co hi­jo; con el playboy alemán Gun­ter Sachs, su ter­cer ma­ri­do; o con los can­tan­tes Gil­bert Bé­caud y Ser­ge Gains­bourg, en­tre otros. Es­te úl­ti­mo lle­gó a com­po­ner­le el te­ma más fa­mo­so de su re­per­to­rio, Je t'ai­me... moi non plus (al con­tra­rio de lo que se cree, la can­ción no la es­cri­bió mien­tras pen­sa­ba en Ja­ne Bir­kin, quien apa­re­ce­ría más tar­de). Ni Mon­tecar­lo ni Can­nes pa­re­cían exis­tir ya en la Cos­ta Azul. Só­lo ha­bía un lu­gar en el mun­do.

"De­seo y pla­cer son pa­ra ella una cer­te­za ma­yor que las re­glas y los con­ven­cio­na­lis­mos. Por eso es tan tur­ba­do­ra", di­jo Si­mo­ne de Beau­voir

EL DES­PER­TAR DEL 62

BB vi­vía in­ten­sa­men­te y sin re­mor­di­mien­tos, tal vez por­que pre­fe­ría ol­vi­dar que li­bra­ba una gue­rra: la lu­cha en­tre el de­seo de ser li­bre y las im­po­si­cio­nes de una so­cie­dad ma­chis­ta e hi­pó­cri­ta. La estrella de pe­lí­cu­las co­mo El des­pre­cio, Vi­va Ma­ría! o Ba­bet­te se va a la gue­rra nun­ca se sin­tió có­mo­da en el pa­pel de mu­jer desea­da. Así lo hi­zo sa­ber en Una vi­da pri­va­da, una suer­te de cin­ta au­to­bio­grá­fi­ca di­ri­gi­da por Louis Ma­lle el año en que Fran­cia per­dió Ar­ge­lia y Ma­rilyn pa­só a me­jor vi­da.

En una de las es­ce­nas del fil­me la pro­ta­go­nis­ta coin­ci­de en un as­cen­sor con una lim­pia­do­ra que le can­ta las cua­ren­ta: "Em­pie­zo a es­tar har­ta de ver­la en to­das par­tes, har­ta de sus nú­me­ros. ¿Qué tal si de­ja en paz a esos chi­cos? Dé­je­los vi­vir. ¿No irá a acos­tar­se con to­dos? ¿Qué es us­ted? ¿Una pe­rra? Sí, exac­to. Una zo­rra ca­ren­te de res­pe­to y pu­dor. Le dan mi­llo­nes pa­ra ver­lee en pe­lo­tas, pe­ro esas co­sas se pa­gan. Que­da gen­te bue­na y se lo ha­rán pa­gar, ya lo ve­rá. Na­die le llo­ra­rá. Las pu­tas no gus­tan a na­die, ¿me oye?".

El hu­mi­llan­te ser­món que re­ci­bió en la fic­ción no dis­ta­ba mu­cho de la reali­dad que vi­vía cuan­do sa­lía de su bur­bu­ja. Aque­lla pe­lí­cu­la de­ter­mi­nó el prin­ci­pio del fin del mi­to se­xual. "Siem­pre me he sen­ti­do pri­sio­ne­ra de mi fí­si­co, de mi ima­gen, de mí. Nun­ca he po­di­do lle­var una vi­da nor­mal. No po­día creer que me qui­sie­ran por mi be­lle­za, cuan­do ha­bía mu­je­res mu­cho más gua­pas que yo", con­fe­só al dia­rio fran­cés Le Fi­ga­ro en 2013.

Lo cier­to es que que BB nun­ca qui­so ser otra Ma­rilyn. Ru­bias pe­ro di­fe­ren­tes, am­bas re­pre­sen­ta­ban las dos ca­ras de la mis­ma mo­ne­da. Por un la­do, la fas­ci­na­ción egoís­ta de una so­cie­dad ca­paz de tri­tu­rar a sus mu­sas; y, por otro, la ne­ce­si­dad de la gen­te co­rrien­te de ce­le­brar la be­lle­za fe­me­ni­na co­mo el con­cep­to más su­bli­me. La muer­te de la estrella es­ta­dou­ni­den­se en 1962 le sir­vió pa­ra de­ci­dir que su des­tino se­ría otro bien dis­tin­to. Así des­cri­bió BB su pri­mer y úni­co en­cuen­tro con ella: "Ne­ce­si­ta­ba com­pro­bar mi ma­qui­lla­je y co­rrí has­ta uno de los ca­me­ri­nos. Allí me la en­con­tré. Mien­tras nos re­to­cá­ba­mos, tu­ve la opor­tu­ni­dad de ver­la de cerca. Era co­mo una ni­ña, más mo­na que na­da. Sen­ci­lla­men­te ma­ra­vi­llo­sa. Fres­ca, pu­ra, her­mo­sa. Y, sin em­bar­go, eso es lo que la ma­tó. Creo que las per­so­nas que la ro­dea­ron en vi­da aca­ba­ron des­tru­yén­do­la".

BRI­GIT­TE 2.0

Cuan­do cum­plió 40 años, la chi­ca de la can­ción de Gains­bourg des­co­nec­tó la má­qui­na de los sue­ños y se re­ti­ró dig­na­men­te. Fi­jó su re­si­den­cia en La Madrague y abrió una fun­da­ción de­di­ca­da a la de­fen­sa y pro­tec­ción de los ani­ma­les; un pro­yec­to que hoy, a sus 82 años, si­gue pi­lo­tan­do con éxi­to. En un gi­ro de guión digno de la me­jor pe­lí­cu­la, de­jó de sa­tis­fa­cer pul­sio­nes hu­ma­nas y pu­so su di­ne­ro y su tiem­po al ser­vi­cio del reino ani­mal. ¿Un ata­que de mi­san­tro­pía? Es po­si­ble.

An­tes los ca­ba­lle­ros las pre­fe­rían ru­bias, pe­ro hoy las que­re­mos li­bres. El día que BB em­pren­da su via­je ha­cia la eter­ni­dad el ci­ne se­rá un po­co más tris­te, los go­ri­las se sui­ci­da­rán en ma­na­das nu­me­ro­sí­si­mas y la lim­pia­do­ra de Una vi­da pri­va­da la­men­ta­rá ha­ber di­cho lo que di­jo. Con to­do, el sol de Saint-tropez se­gui­rá bri­llan­do co­mo los me­cho­nes do­ra­dos de su hi­ja pre­di­lec­ta.

"Bar­dot li­bra­ba una gue­rra: la lu­cha ti­tá­ni­ca en­tre el de­seo de ser li­bre y las im­po­si­cio­nes de una so­cie­dad ma­chis­ta e hi­pó­cri­ta"

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