Tío y fi­gu­ra

To­ni Na­dal po­dría ser –só­lo– el tío y en­tre­na­dor de Ra­fa. En cam­bio, se ha con­ver­ti­do en un coach res­pe­ta­do que es la nue­va ima­gen de La­vaz­za.

GQ (Spain) - - Planta E Gq Tiva - POR HÉC­TOR IZ­QUIER­DO

Cual­quier afi­cio­na­do al de­por­te rey es ca­paz de sol­tar de ca­rre­ri­lla los nom­bres de diez en­tre­na­do­res de fút­bol: Guar­dio­la, Zi­da­ne, Mou­rin­ho, Lo­pe­te­gui… Quien más y quien me­nos co­no­ce tam­bién, al me­nos, a unos cuan­tos de baloncesto (La­so, Aí­to, Obra­do­vic…); y has­ta de ba­lon­mano (¿co­mo era? Ta­lant Dujs­he… al­go). Pe­ro tú, que no te pier­des un Ro­land Ga­rros y sue­ñas por la no­che con ove­ji­tas que pas­tan en la hier­ba del All En­gland Club, di­nos a cal­zón qui­ta­do, sin mi­rar en Goo­gle: ¿cuán­tos en­tre­na­do­res de tenis se­rías ca­paz de ci­tar de me­mo­ria?

To­ni Na­dal (Ma­na­cor, 1961) se ha ga­na­do por de­re­cho pro­pio ser el pri­me­ro –y úni­co– de tu lis­ta. En un de­por­te en el que los téc­ni­cos de los ju­ga­do­res, por lo ge­ne­ral, es­tán re­le­ga­dos a la os­cu­ri­dad de la gra­da, el ma­llor­quín ha si­do ca­paz de bri­llar no só­lo co­mo pre­pa­ra­dor sino tam­bién co­mo coach, psi­có­lo­go de­por­ti­vo y ex­per­to en desa­rro­llo per­so­nal.

A él hay que atri­buir­le, si no los éxi­tos de su so­brino, al me­nos sí el mé­ri­to de ha­ber con­ver­ti­do a un ni­ño con ta­len­to pa­ra ju­gar al tenis en una su­per­es­tre­lla mun­dial. Es, asi­mis­mo, un co­mu­ni­ca­dor na­to, lo que le ha va­li­do el pa­tro­ci­nio per­so­nal de nu­me­ro­sas mar­cas, co­mo la ca­fe­te­ra La­vaz­za. Pe­ro no le ve­rás nun­ca col­gán­do­se és­ta u otras me­da­llas en el pe­cho. La hu­mil­dad es la primera lec­ción –y di­vi­sa– de To­ni. "Yo ten­go unos prin­ci­pios muy cla­ros", nos cuen­ta en una pau­sa de su aje­trea­da agen­da du­ran­te el tor­neo de Ro­land Ga­rros. "Creo que pa­ra que una per­so­na se sien­ta es­pe­cial se tie­ne que dar una con­di­ción in­dis­pen­sa­ble, que es que sea es­pe­cial­men­te ton­ta. En la vi­da ca­si na­die tie­ne ra­zo­nes su­fi­cien­tes co­mo pa­ra sen­tir­se es­pe­cial. Ra­fael, por ejem­plo, ha­ce una ac­ti­vi­dad muy bien, que es ju­gar al tenis, y lo ha he­cho du­ran­te mu­cho tiem­po, pe­ro ¿cuán­tas ac­ti­vi­da­des sa­be ha­cer un ser hu­mano? ¿1.000, 2.000? Él ha­ce una muy bien. ¿Es ra­zón eso pa­ra sen­tir­se es­pe­cial o pa­ra te­ner un ego de­ma­sia­do ele­va­do?".

El he­cho de ha­ber cre­ci­do con su pu­pi­lo le ha per­mi­ti­do a To­ni in­cul­car es­tos y otros prin­ci­pios de un mo­do muy or­gá­ni­co. "La nues­tra ha si­do una re­la­ción nor­mal, co­mo la de cual­quier fa­mi­liar, y ha ido cam­bian­do con el tiem­po, igual que cam­bia la mía con mis hi­jos en mi fa­ce­ta de pa­dre", nos ase­gu­ra To­ni. "Las re­la­cio­nes evo­lu­cio­nan en fun­ción de los años. De una ma­ne­ra na­tu­ral, cuan­do uno es pe­que­ño, lo que tie­ne que ha­cer es de­jar­se guiar por una per­so­na ma­yor;

y, cuan­do uno ya es adul­to, lo que tie­ne que ha­cer es es­cu­char pa­ra des­pués to­mar sus pro­pias de­ci­sio­nes".

"Pa­ra mí fue fá­cil guiar la ca­rre­ra de Ra­fael, por­que te­nía una con­di­ción muy bue­na que es sa­ber es­cu­char", si­gue To­ni. "Era un chi­co muy obe­dien­te de pe­que­ño, lo cual es un signo de in­te­li­gen­cia. Cuan­do uno en­tien­de la obe­dien­cia, sa­be de­jar­se guiar. En es­te sen­ti­do fue fá­cil:

yo to­ma­ba las de­ci­sio­nes y las de­ci­sio­nes que yo to­ma­ba iban a mi­sa. Evi­den­te­men­te, aho­ra que ya es ma­yor, ya no ten­go que to­mar­las yo, las tie­ne que to­mar él. Es­cu­cha mis con­se­jos, por su­pues­to, pe­ro lue­go me ha­ce ca­so o no se­gún su cri­te­rio".

Co­mo men­tor, aña­de, nun­ca ha con­tem­pla­do la du­re­za co­mo un fin, sino co­mo un me­dio. "En­tien­do que cuan­do tú quie­res al­can­zar al­go di­fí­cil no te que­da más re­me­dio que ha­cer sa­cri­fi­cios, tra­ba­jar du­ra­men­te con mu­cha exi­gen­cia, pe­ro siem­pre in­ten­tan­do que la exi­gen­cia tien­da ha­cia la au­to­exi­gen­cia. El que tie­ne que ser exi­gen­te es el de­por­tis­ta con­si­go mis­mo".

¿Y có­mo se ha en­fren­ta­do a los años ma­los, a los me­ses de le­sio­nes in­ter­mi­na­bles y su­fri­mien­to? "Nun­ca he es­pe­ra­do que la vi­da me son­rie­ra de ore­ja a ore­ja ni que fue­ra a ir to­do siem­pre bien. Creo que era Que­ve­do el que de­cía que quien espere que to­do es­té a su gus­to se lle­va­rá mu­chos dis­gus­tos. Yo creo que uno en la vi­da no de­be es­pe­rar que las co­sas va­yan a ir cons­tan­te­men­te bien, por­que exis­te la adversidad y hay que con­tar con ella. Hay que afron­tar­la con na­tu­ra­li­dad y na­da más. Ni me he sor­pren­di­do cuan­do las co­sas iban bien ni he apren­di­do es­pe­cial­men­te cuan­do iban mal. Las co­sas no son de co­lor de rosa pa­ra na­die". Pa­la­bra de To­ni Na­dal. 73 tí­tu­los ATP (en­tre ellos, 15 Grand Slams) ava­lan su mé­to­do.

“Ra­fael era un chi­co obe­dien­te de pe­que­ño, lo cual es un signo de in­te­li­gen­cia, por­que sa­bía de­jar­se guiar en las de­ci­sio­nes”

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