MÚ­SI­CA

El vue­lo en so­li­ta­rio del hi­jí­si­mo Ki­ki Mo­ren­te.

GQ (Spain) - - Sumario -

Su pa­dre, el gran En­ri­que Mo­ren­te, una en­ci­clo­pe­dia del fla­men­co, un can­taor en­tre la tra­di­ción más pu­ra y la re­vo­lu­ción con mor­te­ros, so­lía de­cir que pa­ra sa­ber si un as­pi­ran­te a to­re­ro iba a ser bueno ha­bía que lle­vár­le a co­mer chu­le­tas, mu­chas chu­le­tas: "Si se las come, tie­ne futuro; pe­ro si no lle­ga a la ter­ce­ra, me­jor que lo de­je, por­que le ha­ce fal­ta ham­bre". Lo con­ta­ba cuan­do ha­bla­ba de su hi­jo. "Aho­ra es­ta­mos en la etapa de ver si se come la ter­ce­ra chu­le­ta…", lo re­ma­ta­ba, en 2010, po­cas se­ma­nas an­tes de fa­lle­cer. Hoy, Ki­ki Mo­ren­te (Gra­na­da, 1989), heredero de la voz po­de­ro­sa de su pa­dre y su me­le­na de león, un chi­co alto, gua­po, con unos ojos azu­les co­lor cie­lo de las mon­ta­ñas de Gra­na­da, de bi­go­te y bar­ba fi­nos de mos­que­te­ro, di­ce que a él le gus­ta co­mer­se "el pla­to en­te­ro". En sep­tiem­bre lan­za su pri­mer dis­co, pa­ra el que aún ba­ra­ja tí­tu­lo. Un ál­bum de fla­men­co, de tra­di­ción, de esen­cia, pa­ra su de­but co­mo can­taor. Con­fie­sa que de pe­que­ño qui­so ser ma­ta­dor de to­ros, des­pués gui­ta­rris­ta y que, al fi­nal, tras ha­ber­le he­cho los co­ros y da­do las pal­mas a su pa­dre y a su her­ma­na Estrella, le bro­tó el cante del estómago, co­mo les sa­le a los Mo­ren­te.

Cre­ció en la me­jor ca­sa del Al­bai­cín, con la Al­ham­bra de pos­tal al otro la­do de las ven­ta­nas, con un es­tu­dio de mú­si­ca en el só­tano y un sa­lón por el que du­ran­te to­da su in­fan­cia des­fi­la­ron ar­tis­tas, es­cri­to­res y to­re­ros. Ve­nía del fla­men­co y ahí te­nía que ir, di­ce, por­que eso es "co­mo el que tra­ba­ja en el cam­po y tie­ne que se­guir con la co­se­cha de su gen­te". Sin em­bar­go, Ki­ki (Jo­sé En­ri­que en el DNI, "aun­que eso sue­na a doc­tor") tu­vo ofer­tas y ten­ta­cio­nes pa­ra ha­ber debutado de otra for­ma, pa­ra ha­ber­se con­ver­ti­do en un pro­duc­to más co­mer­cial, "un Bob Dy­lan es­pa­ñol, un can­tau­tor que to­ca la gui­ta­rra y can­ta"; pe­ro las re­cha­zó. Re­cor­dó un con­se­jo que le dio su pa­dre: to­da ca­sa de­be cons­truir­se por los ci­mien­tos y no por el te­ja­do. Por eso se lan­za al fla­men­co más pu­ro acom­pa­ña­do de enor­mes gui­ta­rris­tas co­mo Pe­pe Ha­bi­chue­la, el eterno com­pin­che de En­ri­que so­bre los es­ce­na­rios. "No quie­ro per­der la opor­tu­ni­dad de po­der se­guir mis prin­ci­pios y de te­ner es­ta car­ta de pre­sen­ta­ción co­mo can­taor, por­que lo de­más siem­pre pue­de ve­nir más ade­lan­te", ex­pli­ca. A par­tir de aquí, el pe­que­ño de los Mo­ren­te, que co­men­zó es­cu­chan­do a Dja­van y a Pe­pe Mar­che­na y hoy al­ter­na en­tre el jazz y el blues, el hip-hop y el reguetón "del bueno"; en­tre Manuel de Fa­lla y Mi­chael Jack­son, sue­ña con ha­cer una ca­rre­ra co­mo la de su pa­dre, em­pe­zan­do "des­de lo más or­to­do­xo y hon­do pa­ra lle­gar a otra ga­la­xia con un cohe­te". An­tes as­pi­ra a cum­plir un ob­je­ti­vo más sen­ci­llo: es­ca­par de Ma­drid y vol­ver a Gra­na­da y al mar. "Es un lu­gar úni­co pa­ra crear ar­te; y no lo di­go só­lo por­que sea mi tie­rra, sino por­que no es lo mis­mo es­tar so­bre el as­fal­to que en­tre oli­vos y jaz­mi­nes". Eso y que, de ca­mino a Gra­na­da, siem­pre tie­ne la opor­tu­ni­dad de pa­rar en Puer­to Lá­pi­ce, Ciu­dad Real, el pue­blo en el que cuan­do Ki­ki era un ni­ño su pa­dre ha­cía un alto pa­ra com­prar­le chu­le­tas.

LLE­GÓ SU HO­RA Ki­ki se ini­ció en el mun­do ar­tís­ti­co acom­pa­ñan­do a su pa­dre y a su her­ma­na Estrella. Aho­ra le to­ca via­jar en so­li­ta­rio.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.